El misterio del no elector

Señor_ J

El ciclo electoral está a punto de empezar. En unas pocas semanas se dará el pistoletazo de salida al mismo con la celebración de las elecciones europeas, que supondrán la primera referencia del futuro que aguarda a nuestros amados partidos políticos nacionales y el último obstáculo antes del anuncio de medidas políticas de hondo calado. Y es que hay tantas cosas desagradables que esperan a que pase el trámite electoral: leyes sobre el aborto, reformas fiscales, otras reformas maravillosas, medidas de contención contra el denominado desafío soberanista con la vista puesta en el esperado 9 de noviembre… Son temas que resultan casi ineludibles para el partido que gobierna  y por mucho que empiece el ciclo, serán abordados, pero el susodicho tendrá como siempre el buen criterio de no hacerlas coincidir con el momento electoral, no fuera cosa que les pasase alguna factura.

Surgen ante nuestros horizontes medidas políticas que están por venir, pero muchas más son las que han quedado atrás y no se puede decir que no hayan tenido consecuencia alguna sobre nuestra cotidianeidad. Secuestrados por esa cosa llamada Troika y recortados a diestro y siniestro, podemos sentirnos lo bastante advertidos del tipo de cosas que pueden seguir viniendo y del pobre papel que en estos momentos desempeñan mayoritariamente los responsables de capitanear los barcos gubernamentales que guían el destino de las comunidades autónomas y de España en su conjunto.

Y ante este escenario, ¿qué va a hacer el elector?

Sabemos algo nada difícil de pronosticar: que la participación va a ser baja, puede que más baja que en los últimos comicios europeos. Hay quien dice, además, que el partido más votado puede ser el del presidente del gobierno. Triste panorama y nada fácil de evitar, porque a pesar de la cada vez mayor decrepitud del sistema y deterioro de la realidad, no parece que surjan reacciones encendidas. Entendería que es el momento de dar un golpe sobre la mesa o de alzar la voz, pero se cumple la premisa de León Felipe: que el español no habla alto. Pero es que incluso carecemos ya de “ese tono levantado del español…defecto, viejo ya, de raza”. Nos diluimos en nuestras particularidades, nos invisibilizamos, nos desligamos de nuestras necesidades y de nuestro deber como ciudadanos y con ello, del interés por las elecciones. Se me ocurren algunos ejemplos al respecto, producto de la realidad que nos envuelve o de la forma como la percibo.

El sr. Enriquez ya hace tiempo que vive en el piso de arriba, inmerso en sus cosas. Su vida gira alrededor de las necesidades de su hogar y hace tiempo que no sigue la política, aunque no se le escapa que todos los políticos son unos chorizos. A Miguel, parado desde hace dos años cuando cerró la empresa de construcción que le tenía contratado, le inquieta no volver a encontrar trabajo, por lo que solo le preocupa de que le encarguen alguna chapuza en negro mientras espera con impaciencia que se reanime la edificación de viviendas y pueda meterse en alguna obra. Concha ya se ha acostumbrado a vivir en Gran Bretaña: tiene un buen trabajo, un buen sueldo y está concentrada en su éxito profesional. Luis está acabando su grado de filología hispánica y todo lo que ha hecho en la vida es estudiar, de modo que ante la perspectiva de no encontrar trabajo, en estos días se está pensando muy detenidamente que máster podría cursar el  año próximo. Al sr. Antón le parece que le han subido muy poco la pensión este año, pero va tirando y hasta echa una mano a sus hijos cuando se lo piden. Confía en que todo se arreglará. Kike tiene claro que todo va fatal y conoce la solución: que todo se venga abajo, pues será entonces cuando se podrá construir un mundo mejor. Entretanto, toca esperar. Silvia está muy inquieta ante el desarrollo de las investigaciones judiciales en curso y los próximos acontecimientos políticos: sabe que Tyrion Lannister puede ser condenado a muerte, mientras que Daenerys Targaryen se juega en estos momentos su proyecto político y la amenaza de Mance Rayder más allá del muro puede desestabilizarlo todo. Este mes de mayo puede ser decisivo, por lo que no piensa olvidarse de su serie preferida de HBO. Herminia es ya bastante mayor, dejó de votar cuando Suarez se retiró de la política y la verdad es que ahora mismo está más pendiente de cómo sobrelleva la separación matrimonial su hija Mercedes. Pedro lo ha dejado con Charo, pero no lo tiene nada claro y su única preocupación en este momento es ver si ella está conectada al WhatsApp: “¿Estará ligando con algún tío?”. Paco se sorprendió el otro día cuando en pleno partido Madrid-Bayern dos amigos comentaban algo de las políticas de la UE para estimular el crecimiento: “Que flipaos”, pensó, “Hostia, ¡gol de Benzema!”. Enrique ha reducido la semana a seis días: en cinco de ellos trabaja más horas que un reloj, el sexto sale hasta las tantas y el séptimo no existe a causa de los destrozos del día anterior, por lo que eso de votar en domingo no le viene bien. Mario es capaz de pasarse de viernes a lunes encerrado en casa: a veces piensa que la vida se le escapa de las manos, pero entre Linux, Diablo III y depurar código de cualquier aplicación, le pasa el tiempo que ni si entera. Carlos está muy feliz porque va a volver a ser padre, pero su trabajo pende de un hilo. Los fines de semana transcurren entre comidas familiares y pasar el tiempo con su mujer y su hija, mientras sus padres le recuerdan que si hubiera hecho oposiciones cuando se lo aconsejaron, viviría mucho más tranquilo. Antonia ha conseguido trabajo los fines de semana y tan solo tiene un día libre cada quince días: se pasa los días de cada día limpiando, para acabar los fines de semana atendiendo una caja registradora de una conocida cadena de hipermercados a la que no le ponen demasiadas pegas para abrir los fines de semana. Y luego está Eugenio, que siempre ha sido pobre y ahora lo es todavía más. Su mujer, Laura, le mantiene a él y a los dos hijos de ambos a base de limpiar escaleras y el trabajo es suyo para echarse algo de comer a la boca y pagar el cuchitril donde viven, porque ya deben dos meses de hipoteca. Le gustaría hacer algo para salir de esa situación, mientras ve como los chavales no solo sacan malas notas sino que muchos días ni siquiera van al instituto, pero simplemente no se ve con fuerzas.

El sr. Enriquez, Miguel, Concha, el sr. Antón, Kike, Silvia, Herminia, Pedro, Paco, Enrique, Mario, Carlos, Antonia, Eugenio o Laura, forman parte del auténtico ganador de las elecciones europeas, la agrupación electoral de abstencionistas. Son aquellos que no logran conectar con la política ni la política con ellos. Sus intereses son otros o sus problemas hacen imposible que le presten la atención debida. Ellos y tantos otros parecidos son los responsables de que el español no hable alto.  Pero también lo son aquellos que votarán a los que siempre han estado ahí o los que votarán a la primera alternativa vacía de contenido que les llame la atención. Porque “el español habla desde el nivel exacto del Hombre” y de ahí parece que, por un motivo u otro, nos cuesta salir, aunque el contexto justifique el romper la baraja y el apostar una vez, ni que sea una sola vez, por los que también han estado ahí siempre y no  han tenido nunca una oportunidad de probar por sí solos que hay otras formas de hacer política.