El misterio de los Reyes Magos

Senyor_J

Pese al nerviosismo existente con Vox y algún que otro accidente desafortunado, las Navidades han transcurrido sin grandes sobresaltos y han culminado como de costumbre con la festividad de Reyes, durante la cual las casas se llenan de enormes cantidades de paquetes envueltos que ponen a prueba la imaginación de los niños, la entrega del resto de familiares y el sistema de distribución de Amazon.Por lo general todo ha ido con normalidad, puesto que incluso en la muy antimonárquica República catalana se han realizado desfiles de pajes y cabalgatas por todo lo ancho y largo de su geografía, quedando reservados los desprecios a los reyes apellidados Borbón. Precisamente ese desprecio es lo que hacía a menudo que algunas familias dieran la espalda a Melchor, Gaspar y Baltasar y que apostasen por entregarse a un ser venido de mundos distintos, un tal Papá Noel, quien, sin embargo, en los últimos años evidencia un claro retroceso en beneficio de los muy reales y muy magos referentes en materia de regalos de nuestro territorio peninsular. Es sorprendente, no obstante, que en medio de esa dura competencia por monopolizar la distribución navideña que existe entre Noel y los reyes, nadie apueste por dotarnos de una visión más liberal de la Navidad y más acorde con el espíritu del capitalismo, reclamando superar esta “diarquía” y que se dé entrada a otros operadores privados.

Pero como no todo puede ser normal, hemos tenido alguna salida de tono, como la del Baltasar de Andoin o la del Gaspar de Santa Fe, que han revelado secretos inconfesables siguiendo la estela que Chiquetete abrió en su día, lo que hace muy oportuna la exigencia de que sus reales majestades firmen contratos de confidencialidad, ya que no parece posible ponerlos bajo el paraguas de la Ley 9/1968 de secretos oficiales, ni aun si esta acaba siendo reformada. Tampoco ha sido muy oportuna la publicación de textos desmitificadores, como el “Ni eran tres ni eran reyes“, con el que el domingo se despachaba la Vanguardia y que merece capítulo aparte.

Empieza su narración señalando que solo uno de los sinópticos, el Evangelio según San Mateo (inmortalizado musicalmente por JS Bach), dedica su atención a los Magos de Oriente y que lo hace sin denominarlos Reyes. En efecto, en dicho evangelio se relata que acuden a Jerusalén para adorar al Rey de los Judíos tras haber visto su estrella y que es allí donde Herodes, tras consultar a los sacerdotes, les informa de que se encuentra en Belén y les encarga de paso, el muy pillo, que cuando lo encuentren le indiquen donde está, que también quiere adorarlo (ya te digo…). De camino para allá, encuentran la estrella que, casualmente, se posa sobre su destino y allí acaban dando con toda la familia y le hacen la famosa ofrenda de oro, incienso y mirra. Sabemos también, según Mateo, que los magos fueron avisados en sueños de que volvieran por otro lado, hecho que causaría gran enfado en Herodes por el plantón y que desencadenaría la matanza de niños en Belén, mientras la familia elegida se ponía de camino a Egipto, donde según Mateo se quedaría hasta la muerte de Herodes.

No está de más recordar también que se cree que este evangelio fue elaborado entre los años 70 y 90, tal vez en el seno de la iglesia judeocristiana de Alejandría, y que es responsable de añadidos a la tradición tan memorables como el posicionamiento de la esposa de Pilatos a favor de la inocencia de Jesús o de aquella frase surgida de la multitud: “Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”, lo que subraya la voluntad del autor de vincular a todo el pueblo judío a la responsabilidad deicida, para regocijo del antisemitismo. Tampoco es irrelevante el hecho de que el evangelio supuestamente más antiguo, el de San Marcos, no aborde la infancia de Jesús, ni que tampoco lo haga el de San Juan, mientras que son Mateo y Lucas los que dan forma a sus elementos característicos. A Lucas, que no habla de magos ni de reyes, le corresponde introducir la adoración de los pastores sin hacer referencia a ninguna marcha repentina a Egipto: Lucas, al octavo día de su nacimiento, lo circuncida y lo manda directo a Jerusalén.

Por lo tanto, comprobamos que en Mateo tenemos las bases legítimas de la leyenda y que todo lo demás (nombres, número, etnia y condición real) se consolidaría con el paso del tiempo. El fallo residiría únicamente en señalar contundentemente que no eran tres, ni eran reyes, sino que lo que sucede es que habría informaciones contradictorias. Respecto al número, aunque la tradición armena sostenga que eran 12 y que hayan sido representados en la Antigüedad siendo 2 o 4, entre otras posibilidades, lo que esto indicaría, si acaso, es que no tenemos claro su número. Y respecto a su condición de reyes, podemos matizarlo todo. Se dice y se comenta que su denominación como “magos” no apela a que hicieran magia, sino a que eran sabios o a que tenían una condición sacerdotal, pero ambas cosas quedan en cuestión cuando son los sacerdotes de Jerusalén y no ellos los que conocen el lugar del nacimiento de Cristo y los que lo revelan. Tampoco es propio de sacerdotes el hacer regalos, sino de embajadores, pero para matizar aun más conviene leer atentamente a Mateo: “… en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén diciendo: ¿Donde está el nacido Rey de los Judíos? Porque vimos su estrella y venimos a adorarle”. Aparentemente lo que el evangelio parece indicar es que Mateo tiene claro quiénes son reyes (Jesús y Herodes) y quiénes no (los magos), pero abre una duda razonable cuando Herodes habla aparte con los magos y se ofrece también a adorar a Jesús. ¿Son solo magos o estaremos ante cuatro reyes -los magos y Herodes- obligados por designio divino a adorar al auténtico Rey de los Judíos, Jesús de Nazaret?

Sucediese lo que sucediese en el siglo I, que por descontado no fue nada de lo que se cuenta en los evangelios, lo que sí que está claro es que 2000 años después los magos han sido capaces de clarificar su número, reafirmar su condición monárquica y establecer sus responsabilidades, en una alianza estrecha con nuestras estructuras de producción y distribución, siendo esto último lo verdaderamente importante y trascendental para nosotros. Y pinta que su labor va para largo.

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