El milagro de Chile

Antesala

Todavía quedan chilenos que se refieren al asalto al Palacio de la Moneda del 11 de septiembre de 1973 mediante el eufemismo de “pronunciamiento nacional”. Para ellos, el golpe de Estado no fue sino la consecuencia natural de un conjunto de políticas erráticas del gobierno de la Unidad Popular que encabezó Allende tras su triunfo en la elección presidencial del 4 de septiembre de 1970. Han pasado más de treinta y cinco años desde que los insurgentes ensangrentaran las calles de Santiago y todavía se escuchan voces, en ocasiones de jóvenes que crecieron en la democracia, que defienden que el derrocamiento de aquel gobierno legítimo fue necesario, que lo que ocurrió fue la única salida posible al caos en el que el gobierno de izquierdas había sumido al pueblo chileno.

 

Allende, que había ganado las elecciones de forma inesperada, con poco más que un tercio de los votos, en un clima de profunda división del electorado, impulsó la denominada “vía chilena al socialismo”, un programa de reformas económicas e institucionales profundas destinado en última instancia a mejorar las condiciones de vida de las clases más desfavorecidas. Ese paquete de medidas se encontró no sólo con el rechazo frontal de la derecha, sino que contribuyó a que la Democracia Cristiana, que había dado su apoyo parlamentario a la elección del presidente, se fuera desmarcando de sus postulados de forma paulatina, en un clima de creciente polarización de la sociedad chilena.

 

En parte por una política económica errática y fundamentalmente por la parálisis del sistema productivo en la que desembocó el clima de escisión civil provocado por la confrontación entre el gobierno y la oposición, la economía entró en una recesión profunda, agudizada por el desabastecimiento, una inflación de tres dígitos y la pérdida de poder adquisitivo de los salarios. En ese escenario, las fuerzas del centro democristiano y de la derecha tradicional pusieron todo su empeño en intentar que las elecciones de marzo de 1973 les otorgaran los dos tercios de los parlamentarios que precisaban para destituir al presidente.

 

No lo consiguieron y de lo que estaba por venir sólo conocemos fragmentos deslavazados, cuyos huecos sólo podemos rellenar con la imaginación. Aunque es posible que no dispongamos de la suficiente como para concebir el horror por el que pasaron los secuestrados por el ejército y el cuerpo de carabineros. Resulta estremecedor ver las imágenes del documental “La batalla de Chile” que muestran a un sonriente Víctor Jara enarbolando una pancarta en apoyo del gobierno de la Unidad Popular, ajeno a la suerte que correría días después cuando, debilitado por el hambre, le destrozarían las manos, le cortarían la lengua y lo arrastrarían por el Estadio Nacional, instantes antes de acribillarle a balazos. Es éste uno de los episodios más conocidos de la represión que sucedió al derrocamiento de Allende, pero a éste le acompañaron un número indeterminado de personas desaparecidas, de torturados, de mujeres violadas, de exiliados y de familias que aún hoy se preguntan por la suerte de los suyos, sin que los culpables hayan purgado su culpa.

 

Estando el dictador próximo a morir, muchos años después, se descubrió que, durante su mandato, se había estado apropiando de ingentes cantidades de recursos pertenecientes al pueblo chileno, manteniéndolas a buen recaudo en cuentas bancarias de los países que le apoyaron a perpetrar el golpe, así como en otros paraísos bancarios. Aunque quizás resulte más dramático que, sólo entonces, una parte de la sociedad de Chile se mostrara decepcionada con el personaje más siniestro de su historia. Es en este aspecto en el que se manifiesta con mayor claridad la degradación moral de esa parte de la derecha chilena que se muestra desengañada al descubrir un ladrón en la persona a la que habían dado su apoyo en su calidad de genocida. Lo que subyace a ese razonamiento es que las atrocidades que siguieron al golpe están justificadas por haber servido a una buena causa, al denominado “milagro de Chile”, según la expresión acuñada por Milton Fiedman para referirse al espectacular desarrollo económico del país tras las medidas de reforma adoptadas después del golpe de estado.

 

Tras la caída del gobierno de Allende, la dirección de la economía quedó en manos de los “Chicago Boys”, titulados en la Universidad Católica de Chile y doctorados por la de Chicago, que pusieron en práctica las tesis del propio Milton Friedman, quien llegó a personarse ante el mismo Pinochet para convencerle de la conveniencia de adoptar las políticas promovidas por sus discípulos. La batería de reformas consistió en una liberalización generalizada de la economía, la apertura al mercado exterior y unas políticas fiscal y monetaria restrictivas, siguiendo el guión de la más pura ortodoxia monetarista de la década de los setenta.

 

Quizás merezca la pena hacer un esfuerzo de deshumanización de las circunstancias que rodearon la adopción de estas medidas, olvidarnos por un instante de los muertos y torturados y hacer un análisis aséptico del efecto de las reformas, para tratar de entender ese milagro de Chile por el que se derramó tanta sangre. Como consecuencia de la política económica adoptada por los jóvenes economistas de Chicago, el Producto Interior experimentó un crecimiento sin parangón, la inflación cayo a niveles sostenibles, se redujeron los tipos de interés, se estabilizó el tipo de cambio y se redujeron los déficit fiscal y exterior. Todos estos éxitos constituyen el núcleo del caso de estudio del desarrollo económico chileno de finales de los setenta que se enseña en los cursos introductorios de las facultades de economía de todo el mundo.

 

Pero, junto a este milagro, los salarios reales cayeron a casi la mitad del valor del año 1973, las condiciones laborales se deterioraron hasta alcanzar niveles de principios de siglo, mientras la tasa de paro se multiplicaba por cuatro. El tránsito a las Administradoras de Fondos de Pensiones no hizo sino agravar la presión sobre los segmentos de la población con menor capacidad de ahorro. Resulta particularmente esclarecedor evaluar la evolución de la distribución de la renta en la región para tomar la verdadera medida del impacto de las reformas sobre el conjunto de la población. La evolución temporal de los índices de Gini, tanto el de ingreso como el de riqueza, muestran el camino emprendido por la sociedad chilena durante la dictadura militar, que pasó de ser uno de los países más igualitarios de Latinoamérica a encabezar las listas de los más desiguales. La escasa movilidad social, fomentada por el elevado coste de la educación superior y la degradación generalizada de la enseñanza básica pública, refleja la ausencia total de la igualdad de oportunidades que explica la persistencia de los efectos de las políticas del gobierno de Pinochet sobre las clases más desfavorecidas. A diferencia de otras sociedades, principalmente de Europa occidental, en las que el desarrollo económico permitió expandir la clase media, el crecimiento de la economía chilena no hizo sino incrementar la brecha entre las clases acomodadas y las populares. Y veinte años de democracia en Chile no han servido para revertir una situación que está enquistada en una sociedad tan dual como tantas otras en Latinoamérica.

 

Quizás sea un error ponerse a la altura de los que transan muertos por variables macroeconómicas. Quizás no valga la pena tratar de explicarles que no hay una sola variable contable que justifique el asesinato de un inocente. Pero podemos hacerles saber que en las comunas de la periferia de Santiago, que en el campo chileno, que las comunidades indígenas, que los desprotegidos, en definitiva, que son millones, aún aguardan su parte de ese milagro chileno del que se jactó Milton Friedman. Y, en una hermosa plaza liberada, detenernos a llorar por los ausentes.