El mantra

Jon Salaberría 

Son lo mismo, son lo mismo, son lo mismo…  y así, de forma insistente, sin interrupciones argumentales, sin mayores abundamientos históricos ni fácticos. Sin matices. Tan taxativo y catedralicio, tan inatacable e irrebatible, tan irracional en algunos momentos y expresiones: es el mensaje estrella de la campaña electoral de esta primavera europea de 2014, precursora de la catarata que nos espera en 2015,  y quién sabe si antes de la misma, de algún adelanto electoral. Partido Popular y Partido Socialista Obrero Español, los dos brazos simétricos del bipartidismo, son esencialmente iguales y, salvas diferencias estéticas, representan un modo idéntico de comprender lo político y lo social en este viejo continente que se asoma, en plena crisis, a un proceso electoral que supondrá, dando la confianza a una u otra gran formación (y su análogos continentales, Socialistas & Demócratas, por un lado, y Populares, por otro), un mantenimiento del statu quo. La inevitable traducción de la contienda europea a niveles internos, de cercanía, los que interesan (seamos realistas), se refuerza con un argumento de peso más. Por una operación política inminente que será el corolario de todo este proceso: la gran coalición, tan cierta como inevitable, a no ser que se produzca, desde ya, la derrota del malvado bipartidismo. PSOE, PP, la misma… es.

 Lo que hasta hace poco menos de tres semanas era una especulación, una maldad, un presentimiento, un motivo de discusión las más veces de escasa o nula seriedad, sobre todos en redes sociales, se ha convertido, a través de la carta de naturaleza que le han otorgado Izquierda Unida (en el arranque de campaña)  y el mismo Partido Popular (con alusiones a la necesidad, más o menos justificada, de acuerdos de gobernabilidad entre ambas formaciones), en el tema estrella de la campaña electoral. La desafortunada irrupción en el debate de las valoraciones del ex presidente del Gobierno, Felipe González (*), tan inoportunas por el momento como interpretadas parcialmente en el contexto global de la entrevista, y las más inoportunas todavía salidas de tono de Pepe Bono, refuerzan esta situación de campaña que el Partido Socialista debe revertir. Desde la izquierda alternativa no lo pondrán fácil: han mordido la presa, conscientes de que la de por sí precaria situación de los socialistas, que no acaban de remontar en las encuestas a pesar de deterioro notable de los populares, tiene la consecuente de un opíparo granero de votos que suponga el despegue definitivo del proyecto federal de IU y la entrada de algunas de las formaciones de nuevo cuño en el espectro parlamentario (de momento) europeo. Desde el partido del gobierno, especular con la posibilidad de un gobierno de concentración nacional socialistas-populares, les supone una útil estrategia de movilización-desmovilización: la movilización de una parte notable de electorado centrista, motivado por la responsable y patriótica posición de su formación por motivos de interés general; desmovilización inmediata de un sector igualmente amplio de electorado socialista que, ante la duda y ante la poca confianza que pueden seguir generándole las opciones a la izquierda, permanecerán en las filas de los abstencionistas. Ello facilitaría, y mucho, las opciones de la lista de Miguel Arias Cañete de cara al 25 de mayo. Un candidato de circunstancias, de última hora, de imagen aceptable entre su grey más fiel pero discreta a nivel social, podría estar a punto de obtener una victoria que, aún pírrica, sería la convalidación, previa a 2015, de tres años de políticas de ajuste que han tenido (y tienen) un coste alto en términos de dolor social. La justificación de exigencia de posibles esfuerzos adicionales.

 El Partido Socialista se ha convertido, de modo incluso involuntario, en el centro de la campaña electoral. Es el adversario a batir por aquellos (populares) que saben que, con un escenario más o menos polarizado, serán el núcleo fundamental de la alternativa política a su gestión. Es el adversario a batir por quienes creen que su crecimiento sólo lo será a través de la persistente decadencia de la socialdemocracia política que representan, aunque en el esfuerzo de demostrar que son lo mismo, la genuina derecha se les cuela, risueña, por la gatera. Esta condición de adversario común que supone la paradoja sin precedentes de ser la formación a batir a pesar de no ser la que ostenta las responsabilidades de gobierno (gobierna el PP, recorta servicios el PP, enajena derechos individuales y colectivos el PP … atacamos al PSOE), motiva un esfuerzo adicional para los y las socialistas de este país: a la presentación de una oferta electoral se une la necesidad de reforzarla, negando la posibilidad de acuerdos de gobernabilidad futuros con el PSOE, por un lado, así como reforzando gruesas líneas diferenciadoras de su identidad. A lo primero han dedicado ya un buen tiempo tanto Elena Valenciano (candidata) y Alfredo P. Rubalcaba (secretario general), como algunos de los candidatos in pectore a las futuras Primarias Abiertas, destacando por su contundencia un siempre interesante Eduardo Madina. A lo segundo se ha dedicado, incluso, una página web específica, www.nosomoslomismo.es

 En estos días, he sido testigo, como todos y todas, de algunas situaciones lamentables. Incluso he sentido la hostilidad de algunas personas de izquierda a las que tengo estima y con las que comparto muchas más preocupaciones que matices nos diferencian, siempre desde la cordialidad. Las exageraciones y los sofismas han circulado con total libertad en las discusiones, tomando cuerpo de verdades irrebatibles. Los aciertos que forman el activo de la gestión socialista de dos etapas históricas de la vida democrática de nuestro país, la de la modernización y el desarrollo entre 1983 y 1996, con Felipe González, y la de la extensión de derechos civiles y extensión del Estado de bienestar entre 2004 y 2011, con José Luis Rodríguez Zapatero, a pesar de los innegables errores, han sido ninguneados. Los derechos sociales que se defienden por algunos en las calles parecen haber surgido por generación espontánea. No niego sentir un profundo malestar por ello. Lo fácil es dejarse llevar por el agravio o por el victimismo, pero estoy convencido de que no es lo más práctico.

 Creo que, sin duda, tras el parón obligado de la campaña tras el asesinato de la presidenta de la Diputación de León, Isabel Carrasco, el sprint final de campaña de los hombres y mujeres del PSOE, debe huir del esfuerzo de autojustificación. Una pequeña ayuda la va a servir, en este sentido, la moción de censura en Extremadura. Una imprevista operación, de antemano condenada al fracaso por la falta de apoyo parlamentario, pero que permitirá pagar con la misma moneda a una IU que se va a posicionar junto a un PP al que permitió acceder al poder con una polémica (y soberana) abstención, pero al que ha permitido también recortes presupuestarios en materias sociales que jamás habría permitido al Partido Socialista. No permitiremos, donde nuestro voto sea decisivo, gobiernos del Partido Popular ni por activa ni por pasiva (Cayo Lara, 2011, dixit). Alejados de este esfuerzo adicional, el Partido Socialista podrá centrar la labor final de campaña en hacer visible la alternativa: exponer sin sombra de duda un programa europeo, preámbulo de la oferta que vendrá en España ya en los próximos meses, centrada en la recuperación de los espacios públicos jibarizados por las políticas de austeridad; en la construcción de una nueva fiscalidad, progresiva y con un especial interés en el combate del fraude fiscal; en la virtualidad real de políticas de estímulo de la economía desde la base (PYMES y autónomos); de recuperación de la calidad y universalidad de los servicios públicos; de insistir en la necesidad imperiosa de recuperar los desarrollos del Estado de bienestar (especialmente, dependencia) fulminados por los ajustes. Defender, en definitiva, un visión de radicalidad democrática de la construcción del edificio europeo: transformar la vieja Europa burocrática y de elits en la auténtica Europa de los Ciudadanos/as que es seña de identidad de la socialdemocracia, el modelo político que supuso históricamente, en palabras de Antonio Muñoz Molina, “logros reales para las clases trabajadoras en Alemania y en el Norte de Europa desde principios del siglo XX, la mezcla de dinamismo económico, solidez del Estado, libertades plenas y protección social que hace más grata la vida para más gente. Una parte de eso lo hemos tenido nosotros y ahora estamos en peligro de perderlo” (2012). No, nos somos lo mismo, aunque el mantra, repetido, produzca el inicial efecto de darle virtualidad real. Ello, por supuesto, dejando espacio a la autocrítica y a la consciencia sobre los propios errores, tanto formales como sustantivos. Ese es el matiz definitivo: siempre estaremos en la senda posibilista de la rectificación. Los que militan en la ortodoxia del modelo de la austeridad, lo que militan en el de la demagogia y el populismo, no. 

(*) No quiero terminar sin aportar mi opinión personal sobre las apreciaciones del ex presidente Felipe González Márquez en torno a la posibilidad de un gobierno de amplia coalición entre populares y socialistas, si España lo necesita. La inmediatez de los medios, la espectacularidad de los titulares ad hoc, y la perspicacia de una incisiva e inteligente profesional como Ana Pastor provocaron la onda expansiva de un titular absolutamente parcial en el contexto de la entrevista completa a uno de los más grandes estadistas europeos del siglo XX. Entrevista en la que matizó que no se dan las circunstancias actualmente para una gran coalición, pero, a insistencia de la periodista, convirtió un planteamiento patriótico en el titular justificativo de la campaña del mantra. Inoportuno, sin duda, en plena contienda y con la que cae. Sospechoso, para nada. Me quedo, en cualquier caso, con la opinión de una persona muy querida, Eduardo Sotillos: “Tiene gracia, maldita la gracia, que quienes más han cuestionado siempre que Felipe González sea otra cosa que un jarrón chino en el PSOE, sean los que hoy utilicen sus palabras, inoportunas por el efecto que debió prever, como auto de fe empeñándose en ignorar la respuesta contundente de quienes hoy ostentan las máximas responsabilidades en el Partido. Y de la mayoría de los socialistas, creo advertir. Tiene gracia, maldita la gracia, que coincidan en esa estrategia políticos del PP y de IU. Y yo no seré quien diga que son lo mismo. Ni aunque se empeñen”.