El mal que se gesta en las redes

Carlos Hidalgo 

Estos días se está hablando mucho de la influencia de las redes sociales en la política. Cuando éstas surgieron, muchos pensábamos que iban a mejorar la vida pública. Espacios de encuentro, de debates, de contraste de de ideas. Sin embargo, más de una década después, estamos viendo cómo las redes están envenenando nuestra vida política, en lugar de ayudarnos a buscar una democracia más activa y más perfecta, que dirían los estadounidenses.

 Para quien no me leyera la semana pasada, estuve hablando de la supuesta influencia rusa en la crisis catalana y mi tesis es que los rusos sí que pretenden influir, pero que no está claro que sean capaces de hacerlo de una manera determinante. Sin embargo, el veneno para la sociedad del que hablaba antes no viene de tramas gubernamentales o de intentos privados de manipulación de las redes (como la parte EICO de la Trama Púnica). Viene de nosotros y de nosotras mismos.

 ¿Habéis oído hablar del “Gamergate”? El “Gamergate” es un movimiento neomachista que surgió en comunidades de usuarios de videojuegos. Empezó con la falsa acusación a una programadora de videojuegos, Zoe Quinn, a la que se acusó de acostarse con un periodista del sector para mejorar las críticas de uno de sus juegos. Esa acusación hizo efecto de bola de nieve y hordas de jóvenes jugadores empezaron a denunciar y a rechazar cualquier posible influencia de las mujeres en el mundo de los videojuegos, llegando a casos de amenazas de muerte, publicidad de datos personales o boicot de publicaciones y de productos.

 El que sería el estratega jefe de Trump, el ultraderechista Steve Bannon, vio el potencial del “Gamergate” y empezó a darle espacio en su publicación, Breitbart. Además, encargó a uno de sus empleados, Milo Yiannopoulos, que mantuviera vivo ese movimiento y empezara a vender ahí alguno de sus mensajes. Asi, el “Gamergate” pasó a rechazar también a los llamados “SJW” (luchadores por la justicia social), es decir: personas que defendían la diversidad o tenían reivindicaciones de izquierda.

 El “Gamergate” sigue vivo aún hoy. Siguen persiguiendo a las mujeres y sus webs y espacios en las redes de reunión son un hervidero teorías de la conspiración y de mensajes de odio ultraderechista. Y sus integrantes son en su mayoría hombres jóvenes. Muy jóvenes, de hecho. Además, la cosa no se ha quedado en los Estados Unidos. En España, el resto de Europa o América Latina también está presente y siguen haciendo proselitismo.  

Mientras los adultos que no jugamos videojuegos y que no pisamos ciertos sitios de las redes estamos tranquilos, resulta que nuestras hijas sufren acosos brutales por parte de nuestros hijos, que pretenden borrarlas de los videojuegos y de la vida pública. Mientras pensamos que había cosas en las que no se podía volver atrás, resulta que en las redes sociales se gestan los pasos previos a la involución que no podemos ver.

Esto no es tanto culpa de la existencia de las redes, sino de la inexistencia de “civilización” en ellas. Cómo bien dijo un escritor británico, las redes son una plaza pública donde no hay policía a la que acudir mientras te agreden.  

Además, los propietarios de las redes sociales -que no dejan de ser espacios privados- hacen la vista gorda todo lo que puede, ya que les supondría tener que crear programas y puestos de trabajo dedicados a proteger a sus usuarios (algo muy caro) y a meterse en el delicado campo de minas de la dualidad libertad de expresión/censura.  

Por otro lado, el veneno y el odio en las redes también dan muchos “clicks”, los “clicks” son publicidad y la publicidad son ingresos, así que no hay mucha prisa por abordarlo de manera decidida. Pero a largo plazo este mismo odio estanca las redes y las deja como pozos negros, sitios estancados donde unos pocos siguen intercambiando insultos y consignas mientras la gente normal calla o se da de baja. Por eso Reddit está estancado, por eso Twitter se está marchitando y por eso participamos cada vez menos en Facebook.

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