El impulso autoritario

Frans van den Broek

Las elecciones de anteayer en Finlandia no hacen sino coronar una tendencia que ha venido expresándose en la política europea desde hace ya algún tiempo: la del autoritarismo, aunada al que suele ser un fenómeno concomitante, el nacionalismo. En verdad, estos impulsos psicosociales jamás han dejado de estar presentes en la comunidad europea (o mundial, para tal caso), quizá porque pertenecen a la naturaleza humana, no con dichos nombres u organizados de esta manera, pero metamorfoseándose según lo demanden las circunstancias. No podríamos hablar de nacionalismo en sociedades organizadas tribalmente, ni de autoritarismo en grupos que no han conocido otras formas de distribución del poder, pero siempre es posible discernir tendencias hacia la imposición de la conformidad y la homogeneidad en las sociedades humanas. Europa, sin duda, no es excepción y baste la historia del siglo veinte para recordarlo, por lo que la emergencia de partidos de corte nacionalista y autoritario puede ser desconcertante o desagradable, pero no puede constituir del todo una sorpresa.

El triunfo del partido de los Auténticos Finlandeses, en un país con una larga tradición de coaliciones y compromisos políticos, incluso con su detestado vecino, la Unión Soviética o Rusia, constituye un desarrollo inquietante, pero es más una reedición exacerbada de viejos modos que una novedad en su panorama político. La historia de Finlandia es en buena medida la historia de su nacionalismo, pues Finlandia ganó la independencia solo con la revolución soviética, cuando Rusia tenía otras cosas que atender antes que preocuparse de seguir subyugando al que hasta entonces había sido su ducado por un poco más de un siglo. Anteriormente, Finlandia había pertenecido a Suecia, por lo que el sentimiento más arraigado entre la población era el de servilismo para con otro estado, el que empezó a contrarrestar el nacionalismo que surgió en Europa en el siglo diecinueve, del cual su épica nacional, el Kalevala, es un ejemplo literario y las sinfonías de Sibelius, un poco más tarde, expresiones musicales. Pero al independizarse se desencadenó una brutal guerra civil entre rojos y blancos, análoga a la que devastó el imperio ruso, pero con resultado contrario, pues en Finlandia ganaron los blancos, de la mano del controvertido Mannerheim (quien pertenecía a la élite sueca, por cierto, y debió aprender, mal según dicen, el finlandés pasados los cincuenta para entenderse con sus tropas). Años de consolidación y crecimiento económico siguieron a la guerra civil, pero la invasión soviética del 39, la guerra de invierno y la de continuación –al lado de los alemanes, aunque no bajo su mando- descalabraron de nuevo la economía y la obligaron a asumir después una posición ambigua con relación a la Unión Soviética en medio de la guerra fría, a la vez parte del bloque occidental, pero en términos de negociación política y comercial con los soviéticos, lo que se llamó justamente “finlandización”, no siempre para deleite de los propios finlandeses.

Lo que importa resaltar aquí es que Finlandia, dentro del panorama europeo, ha tenido siempre una posición delicada, con el gigante ruso al lado y los centros de poder en el continente un tanto olvidadizos de sus necesidades específicas, lo que ha creado en el finlandés una actitud ambivalente con relación a Europa. De un lado, su carácter práctico –y algo sufrido y fatalista, diríase- han hecho al finlandés proclive a la negociación, con el mismísimo Belcebú, si fuera necesario, pero de otro lado, se ha sentido siempre un tanto al margen de sus decisiones y algo menospreciado o al menos mirado desde arriba. A nadie se le olvida que Europa no reaccionó a tiempo ni de manera adecuada cuando Stalin decidió atacarla y luego se vio en la situación de tener que aliarse con Alemania para recuperar sus territorios perdidos a Rusia, decisión que le ha valido la condena expresa o tácita del resto de la Europa aliada, aunque el tema prefiera no tocarse y se barra debajo del tapete con condescendencia, prefiriéndose recordar su acto final de guerra con los nazis, quienes partieron de Finlandia con su habitual política de tierra quemada. Desde entonces, Finlandia –quien, valga decirlo, pagó hace poco hasta el último centavo de su deuda de guerra con Rusia- ha debido reconstituir su orgullo nacional con enorme esfuerzo y pericia económica, hasta convertirse en un país próspero y democrático. Pero no sin heridas o resentimientos. El finlandés, con razón o sin ella, tiene demasiado fresco el recuerdo de haber sido tratado de manera servil, y hasta hace muy poco los suecos, por ejemplo, consideraban a los finlandeses como lo harían los suizos a los españoles durante los años cincuenta, esto es, como europeos poco sofisticados y más bien palurdos. Hoy por hoy, son los sueco-parlantes quienes se quejan de la continua política de finlandización de Finlandia, pues el país ha ido desdeñando cada vez más el aprendizaje del sueco y su presencia en los asuntos públicos, quizá como reacción al susodicho menosprecio por parte de los suecos.

Nada de lo anterior lo escribo con el ánimo de justificar el voto por los Auténticos Finlandeses, sino en un peregrino intento de explicarlo en parte. Si el nacionalismo extremo no tuvo demasiada cabida en la política del país hasta ahora no es porque hubiera desaparecido del espíritu colectivo, sino porque otras fuerzas políticas supieron domeñarlo y asimilarlo de formas más benignas. Por lo demás, el tiempo posterior a la segunda guerra mundial exigía otras prioridades, entre las cuales la integración económica y política con los centros de poder europeos era una de las más importantes. Pero como le ha ocurrido a los partidos tradicionales en muchas partes, su prestigio se vio marrado por sucesivas crisis económicas y por casos de corrupción y favoritismo que han de haber aparecido a los ojos del común de los finlandeses como la súbita aparición de sátrapas latinoamericanos en medio de los bosques y las tundras. Comparados con las hazañas de estos últimos, los casos de corrupción en Finlandia son ejercicios de bisoños aficionados, pero son casos que tienen lugar en un país que no es infrecuente encontrar en las listas de organizaciones como Transparency International en las primeras posiciones. Corrupción hay en todas partes, pero en Finlandia dichas partes casi siempre eran lejanas o del otro lado de la frontera. La autoimagen del finlandés es precisamente la contraria a la que le arrojan en la cara estos escándalos y tendría que haber sido natural para los partidos tradicionales esperar un revolcón como el que les dieron los votantes el domingo. Pero otra característica del habitante de Finlandia, reconocida por ellos mismos, es la tozudez más encarnizada, lo que contribuyó a que no supieran como reaccionar a este incómodo y desaprensivo intruso  en su política. Se olvidaron que el votante esquiva los discursos vagos, y prefiere los apodícticos, por lo que se inclinaron por los fáciles y agrios mensajes de los Auténticos Finlandeses.

Por último, no se debe olvidar que Finlandia es un país con una gran homogeneidad racial y cultural, si bien con una importante minoría sueco-parlante, perfectamente integrada y con acceso histórico al poder. Es sólo en los últimos veinte años que Finlandia ha recibido flujos de extranjeros considerables, en términos de su propia historia, pues en comparación con los recibidos por los grandes países de Europa, como Francia o Alemania, los números de extranjeros son muy reducidos. Pero por lo visto no son los números los que importan, sino su impacto en la mentalidad nacional, que percibe a los extranjeros de los países más desfavorecidos, Somalia por ejemplo, como aprovechándose de la generosidad estatal sin devolver el favor esforzándose por la integración. (Dicho sea de paso, habría que preguntarse hasta qué punto un somalí de nivel cultural bajo o deficiente está en posibilidades de aprender la endemoniada lengua finlandesa y trabajar, condiciones indispensables para su integración; pero este es otro tema). Además, no debe desdeñarse la cada vez más importante presencia de rusos en el país, sobre todo de quienes vienen a comprar casas, invertir en empresas finlandeses o blanquear su dinero. El problema de la drogadicción se ha agravado en Finlandia, y no pocos finlandeses ven a los extranjeros asociados también a este problema. En suma, sea cual fuere la situación particular de los extranjeros residiendo en el país, Finlandia ha empezado a ver a sus inmigrantes como un problema, no como una necesaria infusión de fuerza de trabajo o como un enriquecimiento de su algo insular cultura. Y de esto se ha aprovechado el partido de marras, con un discurso autoritario y nacionalista anodino y resentido, pero efectivo. Que ha acoplado a la creciente suspicacia de los finlandeses con relación a Europa y los malcriados vecinos del sur, quienes no saben gobernar sus haciendas y después estiran la mano para que se las rellenen. Súmese a esto una serie de medidas tomadas en Bruselas que los finlandeses no supieron si recibir con risas o con lágrimas, muchas de ellas tomadas sin el más mínimo de conocimiento de las circunstancias atinentes, siguiendo un patrón conocido en los tejemanejes de la Unión. La lista de estas decisiones es larga y de seguro que es controvertida, pudiéndose disputar las razones que han hecho a los finlandeses quejarse de ellas. Lo que es seguro es que sus políticos no han sabido despejar las suspicacias y entroncar su discurso con el más largo panorama europeo, o lo han hecho, como dije, de modo vago, ideológico o supralunar.

Sólo queda esperar que el ejercicio de la democracia atempere los ánimos de los Auténticos Finlandeses y no los lleve por la senda del resentimiento y la intolerancia. Después de todo, si Finlandia pudo contener a la Unión Soviética de puro coraje, o Sisu (la intraducible palabra finlandesa que encapsula lo que de mejor creen tener los finlandeses), bien pueden contener los desvaríos nacionalistas de quien, a pesar de todo, vehicula su rechazo a la política tradicional.