El Imperio en su laberinto

GCO

“Conmoción y pavorâ€? fue el fantasmagórico y teatral nombre con el que comenzó, hace casi cuatro años – el martes se cumplirán- , la primera operación de la Guerra de Iraq. Fue antes de que expirara el plazo del ultimátum. Estados Unidos bombardeaba Bagdad con el fin de matar, en una “operación quirúrgicaâ€?, a Saddam Hussein. Aquello fracasó y la guerra siguió su rumbo. La historia la juzgará como uno de los errores estratégicos más torpes, ciegos y graves realizados en la región. A cuatro años vista, todo lo que se puede decir hoy es que lo cosechado es, precisamente, lo anunciado a bombo y platillo aquél 20 de marzo de 2003. Iraq vive un infierno, un continuo y permanente estado de conmoción y pavor.

La evolución del conflicto mezcla la más interminable lista de variables y hoy no se puede hablar de una guerra, sino, más bien, de las mil y una guerras de la guerra: Guerra de ocupación, aquella librada para conquistar un territorio y que se ha mostrado como un tremendo fiasco; guerra inter-comunitaria, aquella que mantiene a distintas comunidades religiosas y raciales (sunníes, chiíes y kurdos) luchando entre sí; guerra intestina en cada una de las religiones por el control del poder, y guerra, porque no, de influencias, la que mantiene el Imperio con otros países, algunos, como Irán, reconvertidos en renacidas subpotencias regionales. En definitiva, una macro guerra civil, a múltiples bandas, que Estados Unidos ha tardado años en reconocer, y que está alentada por la lucha geoestratégica.

El primer gran error cometido por Estados Unidos, y no es baladí, fue el desmantelamiento de las instituciones de Iraq. La disolución del Partido Baaz fue un punto de inflexión para el imparable desarrollo de éste disparate. En ese partido vieron los norteamericanos el gran escollo para instaurar un Iraq más amigable, y acabaron con él. Sin instituciones, y sin la experiencia propia un ejército de ocupación extranjero poco podría conseguir.

Washington nunca ha sabido qué quería hacer con Iraq una vez ocupado, más allá de extraer su petróleo. A lo largo de estos cuatro años han surgido todo tipo de “grandes demonios� en los que Estados Unidos creía ver, con su caída, el golpe de gracia necesario para desmotivar a una insurgencia más que molesta. Primero fue Saddam Hussein, el As de picas de la baraja. La primera resistencia activa estaba formada por fieles seguidores del ex dictador. Capturado Saddam, surgió otro actor inesperado: Las comunidades chiíes, las supuestas aliadas del Imperio en la invasión, se revelaron con especial fiereza. Surgieron las milicias Al-Mahdi de Múqtada As Sadr, que plantaron cara y demostraron que serían un actor, imposible de controlar, pero imposible de ignorar. Su influencia hizo impensable construir un Iraq sin contar con Múqtada, pese a que es uno de los enemigos más incontrolables para Estados Unidos.

Pero también, los acontecimientos diarios – atentados y ataques continuos de violencia sunní, la otra gran comunidad- mostraban que existía otro de esos “grandes demoniosâ€?: Su nombre era Abú Musab al Zarqawi. La guerra de Iraq convirtió a este ex “árabe afganoâ€? – como se denomina a los que lucharon en Afganistán durante los 80- en “el gran mártirâ€? del Yihad Iraquí. No falta quien dice que antes era poco más que un conspirador y un delincuente común. Comenzó su primeras batallas en una empresa en solitario, pero pronto se sumó a la diabólica empresa de Bin Landen, Al Qaeda, que le lanzó una OPA hostil y le dio nombre, caché y categoría entre sus hermanos más radicales. Todo esto sucedía en Iraq, uno de los países árabes tradicionalmente más laicos, donde el islamismo y yihadismo tenía menos capacidad de penetración. Estados Unidos buscaba a Al Zarqawi más muerto que vivo, y lo consiguió en junio de 2006. Pero su alumno más aventajado, Abu Hamza Al Muhayir, actual director de la “siniestra empresaâ€?, ha demostrado ser un fiel sucesor al “maestroâ€?. Incluso, si apuramos, más sanguinario.

En estos cuatro años han surgido otras variables: Los gobiernos son inestables y artificiales. Ni siquiera las comunidades, como la chií, están unidas. Entre ellas hay grandes rencillas, y las luchas de influencia entre los líderes chiíes como Al Hakim, As Sistaní o Múqtada, hacen imposible una unidad de criterio sobre el que construir. Se sumó además, la Guerra Civil entre sunníes y chiíes, cuyo origen podemos establecer en el atentado contra la Mezquita de Samarra de febrero del año pasado, es cada día mayor y más virulenta. La población sale a buscar trabajo y a comprar sin saber si regresará ésa noche a casa. Ninguno de los planes de seguridad iraquíes o norteamericanos son capaces de establecer la más mínima sensación de seguridad. Todos los aliados se han ido retirando de Iraq, y los autores intelectuales del disparate, como Londres y Washington, buscan también la manera de salir del laberinto cuanto antes sin pensar ya en hacerlo de una manera honrosa.

La revista Foreing Policy responde con mucho criterio a la gran pregunta:¿ Quién gana la guerra de Iraq? Y es curioso, pero en tercer lugar sitúa a Al Qaeda. La red Bin Laden ha encontrado en Iraq no sólo una causa de propaganda, sino también un territorio de entrenamiento. Muy probablemente, los próximos grandes líderes de Al Qaeda sean llamados “Los Iraquíes�, aquellos yihadistas de cualquier país que encontraron en Iraq un terreno abonado para el entrenamiento, preparación y experiencia militar suficiente que permita organizar otra red parecida a la de los “�rabes Afganos�. Lo que la guerra de Afganistán del 2001 les quitó, se lo devolvió la de Iraq. Pero en esa lista, Foreing Policy establece como primer beneficiado a Irán. Y es que, no en vano, el régimen de los Ayatollahs ha logrado, gracias a Iraq, cobrar una influencia que antes no habría tenido. Con Estados Unidos empantanado en su ciénaga, el régimen iraní se atreve a jugar con el programa nuclear, a influir en Líbano, a amenazar a Israel, a sabiendas de que el Imperio no puede asumir otra invasión.

Pero además, la influencia iraní es fundamental en Iraq. Su capacidad para mediar con algunos de los líderes chiíes y controlar la entrada y salida de combatientes y armas de la insurgencia por la frontera es especialmente necesaria para Estados Unidos. Por eso Washington se plantea una “mesa de negociaciones� con Irán sobre el problema iraquí. Después de treinta años de régimen de los Ayatollahs, y de años de embargo y ataques mutuos, la guerra de Iraq puede sentar juntos a iraníes y norteamericanos. Algo impensable hace no más de 4 años. Sólo un enorme fiasco, una situación desesperada consecuencia de un gravísimo error, sería capaz de algo así. Un desastre, precedido de grandes mentiras utilizadas como excusas para justificarlo. Para éste viaje no necesitábamos tantas alforjas.