El hundimiento

Barañain

 

“Estamos decidiendo quién va a capitanear el bote salvavidas, cuando lo importante es que se está hundiendo el barco”.  Un dirigente de IU resumía así ante un periodista (El País 25/XI/1999) el debate y las tensiones existentes en el seno de IU tras proclamar Gaspar Llamazares su decisión de postularse como sucesor de Julio Anguita (el “falangista-leninista” en ácida definición de Santiago Carrillo) al frente de la organización.

 

Nueve años después, el extravagante desarrollo del último cónclave federal de Izquierda Unida, con su asombrosa incapacidad de salir del mismo al menos con un líder común tras la renuncia de Llamazares, ha venido a confirmar hasta qué punto es irremediable el hundimiento del proyecto político que quiso representar IU en nuestro país. Tan evidente resulta que lo más llamativo del eco alcanzado por esa última asamblea federal de IU es, en mi opinión,  lo poco que ese chusco desenlace  ha sorprendido al personal. Tanto entre la opinión pública en general como entre las propias bases de la federación de izquierda. Cuando escribo esto, desconocemos aún quien y con qué propuestas liderará esa mini jaula de grillos que tan poco honor hace a su propio nombre. Pero, ¿importa ya a alguien ese detalle?

 

Y si nadie se esperaba mucho más de esa asamblea es porque el hundimiento no es algo desencadenado de un modo repentino ni mucho menos achacable al liderazgo de Llamazares, por vacilante que haya sido. La vía de agua se abrió casi desde el principio y los escasos y muy relativos éxitos electorales conseguidos no fueron nunca puntos de inflexión que preludiaran una recuperación política, que nunca existió, sino meros reflejos fugaces de dificultades transitorias por las que pasaba el partido socialista de las que obtenía un beneficio colateral IU.

 

Aún a riesgo de abusar del símil náutico, cabe preguntarse si, en el fondo, el proyecto no estaba lastrado desde su génesis por un pecado original que hacía improbable su éxito: se trataba de proyectar una nueva izquierda sobre los restos del naufragio estrepitoso del Partido Comunista de España (y del movimiento comunista internacional en general), a la vez que sus promotores se negaban a reconocer la evidencia de ese fracaso histórico y, sobre todo, a  sacar las consecuencias políticas e ideológicas pertinentes de tal acontecimiento.  Pero con los restos de un naufragio sólo pueden levantarse  chabolas o cobertizos, nada más.

 

Dicho de otro modo, cabe cuestionar que realmente desde el PCE se llegaran a tomar en serio ese proyecto, entendido como algo realmente novedoso, que para tener un mínimo crédito debía construirse, sobre todo, con mimbres nuevos y responder con enfoques modernos a una realidad que había dejado obsoletos los esquemas de análisis e intervención del comunismo. Más bien parece –visto el balance del proyecto-, que los supervivientes del PCE  sólo lo interiorizaron como un instrumento necesario para la supervivencia de lo que quedaba de su aparato, acaso pasajero, pero siempre supeditado a sus criterios y necesidades. En mi opinión, lo sustancial para entender la triste trayectoria de IU no es que la sociedad española, supuestamente acogotada por un sistema político bipartidista, no haya dado una mínima oportunidad a IU; es que su principal impulsor, el PCE, nunca ha confiado en IU como proyecto con vida propia. 

 

Recordemos el comienzo. Izquierda Unida se constituyó como coalición electoral el 29 de abril de 1986. Se hizo a todo correr, toda vez que el adelantamiento de las elecciones generales de 1986 pilló al PCE con el paso cambiado, en pleno intento de recuperación de la moral de los comunistas, muy decaída desde que las primeras elecciones democráticas les situaran en su auténtica dimensión política que nada tenía que ver con la imagen ganada en la resistencia antifranquista y, sobre todo, desde que el vendaval del cambio socialista de 1982 les dejara literalmente desarbolados, a la intemperie. La posibilidad de recuperarse, de tener futuro político,  se vislumbró al abrigo de las  movilizaciones sociales contra la integración de España en la OTAN. Articular políticamente en su favor ese variopinto conglomerado  de grupos y colectivos, juveniles en su mayoría, fue la ilusión acariciada por un PCE que dirigía entonces Gerardo Iglesias. El adelanto electoral frustró esa política y el PCE, aparcando cualquier experimento político, se limitó a perfilar, en cuestión de semanas, una coalición a partir de los frágiles ingredientes de lo que había sido la “Plataforma Cívica por la salida de la OTAN”.

 

La partida de nacimiento de Izquierda Unida ya es reveladora del espíritu con qué se constituía: como una mera operación de marketing electoral, para dar una apariencia de pluralidad que disimulara entre un mar de siglas imposibles la continuidad del viejo PCE. Junto a este partido y al ya agonizante PSUC, se presentaron ante la sociedad española el PCPE,  partido descaradamente prosoviético (¡en 1986!), el minúsculo “PASOC” –grupito de exmilitantes socialistas desairados-, la fantasmal “Federación Progresista” integrada casi exclusivamente por el muy “fantasma” Ramón Tamames, la vetusta y virtual “Izquierda Republicana”, el “Partido Carlista” (¡sí, los carlistas!), la extravagante secta conocida como “Partido Humanista” y un grupo de notables independientes, la mayoría de ellos antiguos militantes comunistas purgados por Santiago Carrillo. Esa era la oferta de la izquierda “transformadora” que pretendía disputar la hegemonía al PSOE. Viejos trucos y, sobre todo, viejos discursos incapaces de conectar con las nuevas generaciones de una España pujante, revitalizada, inmersa en una rapidísima evolución hacia formas de vida, parámetros socio-económicos y valores culturales propios de las sociedades más desarrolladas de la Europa a la que por fin nos incorporábamos. Pretender afrontar las realidades nuevas sin desprenderse de los viejos clichés, tal ha sido el imposible dilema que ha acompañado la trayectoria de IU desde ese momento fundacional.

 

Y parece que no se quiere salir de ese dilema. Más de dos décadas después, ni siquiera la evidencia de un fracaso tan continuado como el de IU sirve de estímulo para arrumbar los discursos huecos. En estos días pasados, a propósito de la asamblea de IU,  hemos podido leer unos cuantos artículos de gentes –profesores universitarios en su mayoría, todo hay que decirlo-, que aparentaban no haber perdido esa extraña fe. Gente que, sin el más mínimo esfuerzo por argumentarlo,  aseguraba enfáticamente que existe un espacio político a la izquierda del PSOE y  que todo consiste en acertar a representarlo adecuadamente. O sea, que si el proyecto de IU ha fracasado –cosa que ya es difícil de obviar-, no hay que sacar conclusiones rotundas  de ello sino, simplemente, intentarlo de nuevo. No he conseguido leer, como digo, argumento alguno a favor de ese supuesto espacio político. (Hablo, claro está, de un espacio o una “oferta” política  que sea viable e interesante para las gentes progresistas;  por supuesto, hay muchas opciones para seguir “realizándose” personalmente  en la contestación más o menos anti-sistema, aunque ello sirva para poco más que afianzar a los poderes conservadores y el narcisismo de cada cual, pero no es a ese tipo de propuestas políticas a las que me refiero).

 

Y en realidad, si tiene o no sentido un proyecto político a la izquierda de la socialdemocracia es quizá la primera pregunta clave a hacerse. Ese el gran debate pendiente, no sólo en España, el que se abrió hace casi un siglo en Europa cuando el leninismo rompió el movimiento socialista internacional y el que procedería retomar y acaso cerrar. La segunda, para el caso de que fuera afirmativa la respuesta primera, lo que está por ver,  sería la de cómo definir – en base a qué supuestos ideológicos, con qué objetivos políticos, con qué instrumentos organizativos-, esa supuestamente necesaria oferta política diferenciada.

 

Sin embargo, en ese mundo sigue rehuyéndose ese debate crucial. En su lugar, siguen invocándose lemas y consignas en torno a una pretendida “lógica anticapitalista” que nunca acaba de concretarse.  Buscando desesperadamente nuevos “sujetos políticos revolucionarios”. Confundiendo sus deseos con la realidad. 

Cuando para cualquier observador razonable lo que amenazaba a IU en puertas de su última asamblea era, lisa y llanamente, el riesgo de extinción, de sus dirigentes se podían escuchar cosas tan fantasiosas como las que aparentaba creerse Josep Joan Nuet, el único senador con que cuenta IU, quien hace poco  escribía en “Mundo Obrero”, órgano de expresión del PCE, lo siguiente:  “(…) No es que crea que toda la izquierda española está en IU, pero sí estoy convencido que IU debe tener un papel clave, (…) seria un error de bulto que enfrentásemos el debate desde el derrotismo, desde la renuncia soberana al proyecto que IU representa, ya que entonces la reconstrucción de una izquierda anticapitalista posiblemente seria dificilísima o imposible, y tenemos ejemplos por desgracia en Europa y en otros lugares del mundo donde la izquierda que nosotros representamos ha desaparecido en la practica”. Esa realista constatación del naufragio comunista generalizado no le impide dejarse arrastrar por la jerga: “…En la medida de la fortaleza de las fuerzas transformadoras y entre ellas el papel clave de los comunistas, se establecerá con claridad la perspectiva socialista que pretende acabar con el sistema capitalista”. Y del entusiasmo profético al delirio:  “… por ello en España, en Europa y a nivel internacional, fenómenos políticos como el de Izquierda Unida son tan interesantes. Independientemente de los resultados electorales a veces desde fuera se observan mejor nuestras potencialidades de lo que nosotros creemos, se tiene mas confianza en nosotros que nosotros mismos”.  Va a ser eso. Seguro.