“El héroe discreto” de M. Vargas Llosa

Frans van den Broek

Es difícil juzgar la obra de quien se ha leído tantas veces sin prejuicios, preconcepciones o expectativas, o sin el concurso de teorías acumuladas durante los estudios o las lecturas al azar. Esta debiera ser, sin embargo, la manera de leer todo libro, como si fuera el primero de un autor desconocido y del cual se sabe poco o nada. Pensar en esto me produce nostalgia por aquella prístina época adolescente o juvenil, cuando uno se acercaba a los libros sin ideas preconcebidas y los juzgaba de acuerdo a su valor para uno en aquel momento. Pero he aquí la paradoja, o la maldición, de la lectura, que mejora en cuanto más leemos, a la vez que nos llenamos de pre-juicios, de interpretaciones y de expectativas. Recuperar el ojo inocente de antaño es imposible, pero cierta intencionalidad hacia recuperarlo podría ayudarnos a leer con más frescura y menos imposición interpretativa.

Pues bien, algo de aquello pude experimentar al leer el último libro de Vargas Llosa, ya que ha sido el primer libro que he leído por completo en formato digital, con ambiguos resultados. De un lado, me gustan los libros de papel, su presencia material, su textura, su olor, las sensaciones al manipularlos y tenerlos al lado. De otro, haber leído el libro en mi tableta o teléfono obró de alguna manera para hacerme sentir como si leyera a un desconocido, como si tuviera no una obra de Vargas Llosa, sino la de algún intruso que usa su nombre y, a la manera del Quijote, continúa su obra de modo subrepticio y alevoso. A lo que contribuyó el que la nueva novela sea nueva en argumentos, pero repetición en personajes y lugares.

Así leída, Vargas Llosa tendría que verse obligado, como Cervantes, a demandar y desenmascarar al intruso, no tanto por usurpar sus personajes, cuanto por poner en desmedro la calidad general de su obra. Se adivinará al punto que la novela publicada no es, en mi inocente opinión, una de sus mejores, aunque tampoco crea que sea una de las peores. Dije antes que el haberla leído de forma digital me ayudó tal vez a ser un tanto más imparcial, pero no de todo, por supuesto, habida cuenta de las referencias de la novela a otras novelas publicadas con anterioridad. Y una de las referencias es a una de las novelas que sí considero una de las peores, “Los cuadernos de don Rigoberto”, pues tal personaje vuelve a protagonizar esta novela, junto a otros ya conocidos, como el sargento Lituma o la esposa e hijos de don Rigoberto. La trama consiste en un par de hilos narrativos, situados en Lima, donde Rigoberto y su familia viven, y en Piura, donde el héroe discreto del título tiene su residencia. Rigoberto está a punto de jubilarse de forma adelantada, para gozar de una vida dedicada al arte, el placer elevado, los viajes. Pero justo antes de hacerlo, su jefe le confiesa un secreto y le pide un favor: se va a casar con su empleada y le pide que sea testigo. Esta decisión ocasiona un escándalo, del que Rigoberto no se librará. En otra parte del Perú, en la cálida Piura, Felícito Yanaqué, empresario de transportes que se ha hecho a sí mismo con trabajo duro y honesto, recibe un anónimo pidiéndole dinero para proteger su empresa, un chantaje como hay tantos en el Perú. Este incidente pone en movimiento el segundo hilo narrativo. A la vez, el hijo de Rigoberto tiene encuentros misteriosos con una persona mayor que aparece en los lugares más inopinados, y Felícito tiene una amante, lo que abre otras líneas narrativas en la novela. Al final, las líneas se entrecruzan de manera.

El resto hay que dejarlo al lector, pues la novela mantiene la intriga del mismo haciendo uso de técnicas empleadas con anterioridad por Vargas Llosa, como la de la investigación policíaca del chantaje o incitando la curiosidad por las consecuencias del matrimonio del jefe de Rigoberto. Con ello, el entretenimiento es seguro; menos segura, no obstante, es la plena satisfacción del lector, por motivos cuya revelación arruinaría la experiencia lectora, por lo que me abstengo de hacerlo. Algunas observaciones generales son posibles, empero. ¿Por qué vuelve Vargas Llosa a dichos personajes? Es difícil decirlo, cuando el personaje principal, el del título, es nuevo y se sostiene por sí mismo, y no requería del soporte de viejos conocidos del autor. Rigoberto ha sido ya protagonista de una novela floja, y lo sigue siendo en esta, con historias cuyo interés se me escapa, como no fuera el de exhortarnos a disfrutar la vida, aunque se tenga 60 u 80 años y las convenciones sociales lo denuesten, al menos cuando alguien decide casarse con una mujer décadas más joven. Pero ¿a quién diablos le puede importar que un vejete se case con su sirvienta o que Rigoberto, un burgués de la clase media limeña, tenga fantasías sexuales y le excite que su mujer tenga encuentros sexuales con su sirvienta? Más interesante sería, como hizo el mismo Vargas Llosa en su “Conversación en La Catedral”, indagar por la vida íntima de las sirvientas, su pasado o la razón misma de su existencia en una sociedad que aunque cambiante no ha dejado de ser pacata, racista e injusta. Ciertamente es más fácil dedicarse a cuentitos sexuales cuando se tienen millones en el banco y la vida asegurada. ¿Y a qué vienen las disquisiciones teológicas de Fonchito, su hijo, y a quién puede importarles?

Mucho más logrado es el personaje de Felícito, si bien su tesitura ética nos lo presente un tanto monolítico. Con él, Vargas Llosa plantea la necesidad ciudadana de oponerse a la corrupción y al crimen, cualesquiera sean las consecuencias, pues el no hacerlo mantiene la corrupción e incluso la alienta. Jamás lejos de la mente del autor, los temas de la libertad y el libre mercado están encarnados en este personaje simpático y noble, que se ha levantado desde la más dura pobreza hasta erigir una empresa de transportes y se niega a rendirse ante los chantajistas. Su padre, un pobre yanacón sin educación, se ha roto el lomo para darle una educación y asegurarse de que a su hijo no le toque el mismo destino que a él mismo, por lo que, a pesar de su parquedad emocional y su rigidez, Felícito lo adora y lo recuerda con devoción. Lo que le dijera su padre al morir se ha convertido en su insignia personal: un hombre no se debe nunca dejar pisotear por nadie. Y menos por chantajistas y ladrones.

Solo por Felícito, la novela alcanza un nivel reconocible en su obra, y tal vez los pasajes correspondientes a Lituma no desmerezcan sus previas apariciones desde la Casa Verde. El resto no vale mucho la pena, a mi parecer. Pero incluso Felícito, aunque ejemplar, nos hace preguntarnos por todos aquellos peruanos que, aun rompiéndose el lomo, quedan atrapados en una sociedad que no se pone a pensar mucho antes de aplastarlos sin piedad con su urgencia económica y sus cuotas de crecimiento. Es verdad que necesitamos todos más Felícitos, pero tal vez los Rodrigos de hoy en día no tengan demasiado interés por crear las condiciones para que surjan más cada día. Con todo, la novela, como dije, entretiene, pero podrá arrumarse sin peligro, una vez leída, en el rincón de las novelas que es probable que no se releerá jamás.