El Hastío de la Nación

LBNL

¿Siguieron el debate ayer? Yo no. No pude por motivos profesionales pero, francamente, tampoco tenía demasiadas ganas. Por ahorrarme disgustos básicamente. Luego estuve leyendo por aquí y por acá lo que unos y otros dijeron y, honestamente, me alegré bastante de habérmelo perdido. ¿Cómo se come que Rajoy proponga penas más duras para la corrupción antes de dar una explicación coherente y mínimamente consistente sobre la permanencia de Bárcenas en la nómina de su partido hasta unas pocas semanas? En cualquier país mínimamente democrático, alguien en su partido habría tenido que comerse el marrón para proteger al jefe por haber apostado públicamente por la inocencia del tesorero imputado en el mayor caso de corrupción institucionalizado de nuestra historia democrática y por haber maniobrado clandestinamente para mantenerle en el redil. Nadie lo ha hecho y el Presidente del Gobierno parece haber interpretado que puede capear el temporal al albur de su mayoría absoluta y el control mayoritario del que dispone en las Comunidades Autónomas y Ayuntamientos.

Es una pésima noticia para nuestro país porque incluso si llegara a funcionar su estrategia, persistirá nuestro descrédito internacional en un momento en el que necesitamos desesperadamente el apoyo de nuestros socios europeos y, además, la parálisis institucional que nos aqueja internamente no cesará. Nuestro estado de la nación es todavía más desastroso teniendo en cuenta la incapacidad del PSOE para situarse como una alternativa atractiva por su frescura, sus propuestas y su manera de presentarlas a la sociedad.

Si por lo menos la acción del Gobierno estuviera siendo eficaz… pero tampoco. Rajoy engañó al pueblo con su programa electoral. Prometió todo lo contrario de lo que está haciendo pero es que, además, lo que está haciendo no está sirviendo para arreglar los problemas que nos aquejan. En su descargo cabe aducir que tiene las manos muy atadas dada la necesidad imperiosa de seguir el dictado de los organismos internacionales que alimentan el pulmón artificial que nos permite seguir respirando, económicamente hablando. Pero ni las contraproducentes recetas supuestamente milagrosas que nos imponen contradicen su ideario económico, ni se le oye protestar contra las mismas. O bien es un ignorante que persiste en el error de pensar que la austeridad es una fórmula apropiada para salir de un escenario de grave recesión aquejado de poderosas tensiones deflacionistas,  o bien es cómplice de una operación ideológica de largo plazo para desmantelar el estado del bienestar, que sería el presunto responsable de nuestros males actuales, en interés de los poderes fácticos más pudientes.

En este plano tampoco destaca el PSOE por sus propuestas alternativas. Sí, rebajar los recortes, prorrogar los 400 euros para los parados sin asistencia alguna, obstaculizar los desahucios de familias en situación de extrema necesidad, no privatizar la sanidad, oposición al copago sanitario… ¡Qué menos! A los socialdemócratas se nos supone por naturaleza cuando menos falta de entusiasmo para asestar golpes a los menos favorecidos. ¿Pero qué proponemos para salir de la crisis aparte de brindis al sol al estilo de una mayor progresividad fiscal y del sempiterno mayor rigor contra el fraude fiscal,  nunca puesto en práctica, sin embargo, cuando gobernábamos?

No hace falta escuchar a los líderes de Izquierda Unida y UPyD para tener la certeza de que aquéllos se apuntarán a la defensa del estatu quo y éstos a la denuncia de todo lo que no funciona sin siquiera apuntar a fórmulas que pudieran remediar la situación. Y sin embargo, las encuestas les prometen grandes mejoras en sus cuotas respectivas de poder, lo cual es natural dada la lamentable situación de los dos partidos mayoritarios. Pero no ayuda en términos de concebir alguna esperanza de empezar a ver la luz al final del largo túnel.

Pero volvamos al Gobierno, que es en definitiva quien tiene el mandato y el deber de sacarnos del agujero. Al parecer, el Presidente se ha atrevido a afirmar que hemos dejado atrás la senda del desastre. Al menos hay que reconocerle arrojo porque todo el mundo sabe que el rescate total que dice y quizás piensa haber conseguido evitar, sigue ahí, agazapado, a la vuelta de la esquina, esperando al infausto momento en el que los mercados decidan descubrir (porque ya lo saben) que la reducción del déficit público es meramente cosmética, y se decidan colectivamente a castigar la separación artificial de ingentes partidas presupuestarias al más puro estilo de la Bankia de Rato. Porque la diferencia entre ingresos y gastos públicos sigue siendo abismal: los recortes en los gastos sociales apenas compensan el incremento en el coste de servicio de la creciente deuda pública. Y al final el Estado tendrá que hacer frente al coste de la conversión de la deuda privada a deuda del Estado, por más que el rescate financiero de momento deje el coste del “banco malo” fuera de la por tanto artificiosa cifra del 7% anunciada por Rajoy.

En fin, nada nuevo bajo el sol o más bien, bajo la persistente neblina que nos agobia sin que, y eso es posiblemente lo peor, se atisbe ninguna solución creíble. Rubalcaba no tiene edad ni ideas ni método para articularla. Izquierda Unida es lo que es, defensa a ultranza frente a las pretensiones del gran capital, pero ni una sola idea practicable. UPyD ofrece demagogia, bonita e incluso atractiva, pero igualmente inviable, aunque sólo fuera por la falta de estructuras y cuadros para ponerla en práctica. Y el partido que nos gobierna, no sólo se empeña en recetas a las que ya están renunciando sus más firmes adalides, incluidos David Cameron y el FMI, por poner sólo dos ejemplos, sino que carece de la más mínima legitimidad para demandar cualquier sacrificio por parte de la ciudadanía, atrincherado como está en la falsedad y en la indignidad democrática.

Apañados estamos.