El halo del pasado: “Purga” de Sofi Oksanen

Frans van den Broek

De vez en cuando -quizá debiera añadir, muy de vez en cuando- cae en nuestras manos alguna novela que ejerce sobre uno el efecto que supongo tendría un enamoramiento decimonónico: el de una absorción arrobada en otra intimidad que nos desvela. No todo es luces en esta inmersión empática, al contrario, mientras más uno se adentra en los espacios interiores del otro, más zonas de oscuridad y azoramiento se descubren, más rincones enmohecidos u olvidados, más signos de una humanidad lacerada por las aristas del mundo. Este es el caso de la excelente novela que quisiera comentar en estas líneas, “Purga”, de la escritora finlandesa Sofi Oksanen, que ha tenido la acogida que se merece entre los lectores y la crítica internacional. Convertirse en un éxito de ventas no es una garantía de calidad, huelga decirlo, pero en este caso corresponde sin duda a la hechizante naturaleza del libro, que es más intensa cuanto más inesperada.

Quizá sea la mejor manera de leer los libros, con la menor información previa posible. El libro me llegó por simple recomendación casual de alguien finlandés, y dado mi interés por el país y su literatura, decidí adquirirlo. El inicio del libro no auspicia lo que sigue, pues comienza con una anciana persiguiendo una mosca en su casa de la Estonia rural. Pero la calibración dramática del libro es de naturaleza gradual y lo que comienza como la inocente vida cotidiana de una anciana estonia termina con asesinatos e informes del servicio secreto soviético. En el decurso de la novela se ha desenvuelto la historia de una familia estonia desde los años treinta del siglo pasado hasta la caída del muro y el desordenado cambio de régimen político, una historia que es la de buena parte de Europa del Este también, la de Rusia, y la de nuestro pasado europeo inmediato. Los hechos narrativos se desencadenan cuando Aliide Truu, la treja anciana a que nos referimos, recibe de pronto la visita de una muchacha joven, a la que descubre tirada en su jardín, desharrapada y confusa. Allide, quien vive sola en su granja de Estonia , sospecha que se trata de un truco para entrar en su casa y robarle. Pero la visita resulta ser mucho más inesperada de lo que Allide hubiera pensado. La novela se traslada con precisión técnica y fluidez narrativa en el espacio y el tiempo, desde los años mozos de Aliide y su hermana Ingel, hasta el abandono y soledad del año 92, que es cuando llega la extraña muchacha, y desde la Estonia rural donde vive Allide hasta Vladivostok en Rusia y a los inframundos de Berlín. La estructura temporal y espacial no es continua, pues los capítulos se alternan en diferentes épocas y lugares, revelando cada vez más del pasado de Aliide, su hermana Ingel y su esposo Hans Pekk, a quien Allide había amado siempre en secreto. En la segunda guerra mundial Hans se alía al ejército alemán y parte a luchar con ellos a Finlandia en contra del ejército soviético, pero luego viene la paulatina derrota de Alemania en la guerra y la invasión de Estonia por la Unión Soviética, tras lo cual Hans tiene que esconderse. Los padres de Ingel y Aliide desaparecen, y luego ellas mismas son interrogadas varias veces para que revelen el paradero de Hans Pekk (oculto en una cuartito hecho adrede o en los bosques cercanos). No lo hacen, pero el precio que han de pagar es terrible. Paralelamente, la novela va desvelando el destino de la muchacha, Zara, quien habla estonio con acento ruso. En verdad, proviene de Rusia, pero ha caído en manos de una mafia de proxenetas en Berlín, engañada por una amiga que la seduce a emigrar, de los que se ha escapado para ir en busca de Aliide. La razón es que Aliide es su tía abuela, ya que Ingel había sido deportada a Siberia durante los primeros años de ocupación rusa, y Aliide no sabía nada más de ella o de su hija, Linda, madre de Zara, aunque haya contribuido a su deportación para intentar quedarse con Hans. Aliide, para salvarse, se había casado con un comunista convencido, Martin, con quien acaba viviendo en la casa familiar, de la que todos los demás han partido. El resto de la trama se lo dejo al posible lector.

La novela está escrita en un tono desapegado, casi clínico -que imagino el finlandés, lengua aglutinante y desprovista de preposiciones y otros estorbos, acentuará-, pero se transparentan la amargura y la melancolía de los protagonistas principales, sobre todo de Aliide y Zara, ambas condenadas por momentos distintos de una historia brutal, casi demónica. Oksanen tiene, sin embargo, un ojo certero para el detalle y lo administra con mesura evocativa: el libro refleja la vida rural de Estonia a través de los años por medio de los hechos históricos, pero también a través de los objetos, de las costumbres, de las recetas y largos procedimientos culinarios o agropecuarios. El efecto caleidoscópico concede al libro además una cualidad poética cuasi simbolista, por la articulación conjunta de episodios de alta carga emotiva y rememoraciones lánguidas y nostálgicas. Oksanen demuestra un conocimiento íntimo y seguro de su tema, producto de la investigación y la experiencia personal: su familia materna es estonia, y puedo imaginar que esta circunstancia no ha sido ajena a la ejecución de esta obra. A pesar de su tono directo y económico –ò precisamente por ello- la novela está transida de compasión por sus personajes y, a través de ellos, por la historia de aquella parte medio olvidada de Europa. Hace muy poco, aquellos países vivían todavía bajo un régimen dictatorial que obligó a muchos al silencio y a no pocos a la traición y la cobardía.. En los países bálticos no pocos habitantes se aliaron con los nazis y otros tantos con los comunistas, mientras que la mayoría sobrevivía en el temor y la incertidumbre. Poco pudo o quiso hacer la comunidad internacional para salvarlos de su destino, ya que se vio obligada a sacrificar a países enteros en aras del esfuerzo bélico contra el Eje, para lo cual la Unión Soviética debía seguir como aliado. El espíritu nacionalista se mantuvo, no obstante, más fuerte que la opresión tiránica del comunismo, y resurgió más tarde, no siempre con generosidad o decencia. Tiempos de confusión siguieron al retorno a la independencia y al desplome del imperio soviético,

Muchos han querido olvidar episodios tan difíciles de la historia nacional en dichos países, pero es imposible enterrar el pasado por completo, porque hay demasiados cadáveres bajo la tierra. Oksanen se vale de Aliide y Zara para entretejer las historias de Estonia y Rusia en la segunda mitad del siglo veinte, pero sería injusto considerar su novela como dependiente tan sólo de la historia o de cualquier tesis ideológica. Como toda gran novelista, Oksanen ahonda en los sinuosos motivos de la traición, en las angustias y desvaríos del amor, en los sacrificios y pérdidas en tiempos de penuria. Y lo hace de manera equilibrada, carente de sentimentalismo, en la vena de los grandes exploradores de la conciencia y del mal, pero sin simplificaciones o concesiones moralistas. Lo hace, en suma, con maestría propia de una escritora madura y en posesión de recursos narrativos complejos y sutiles. Esperemos que ponga dicha capacidad en la elaboración de muchas novelas más.