El gran cambio en los equilibrios de la política española

Senyor_J

Aunque los titulares parecían querer engañarnos y los discursos pretendían hacer pasar por mayoría absoluta lo que era una mayoría insuficiente para gobernar, la realidad no ha tardado en imponerse. La victoria socialista en las elecciones andaluzas se ha producido dando paso a un escenario de gobernabilidad compleja, especialmente en este momento del ciclo, cuando los partidos no quieren comprometerse con otras fuerzas políticas para llegar a la siguiente etapa electoral de la mejor manera posible. Es por ello que la constitución del Parlamento andaluz y el proceso de investidura de la presidencia de la Junta se asemeja más a una ascensión a la cumbre de una montaña que al paseo militar con el que los victoriosos soñaban.

No obstante, más allá de los intereses y voluntades subyacentes que puedan existir entre los partidos implicados, sobresale con fuerza la impresión de que existe una evidente ausencia de inclinación al acercamiento de posturas y al establecimiento de acuerdos políticamente relevantes para cada parte. Estaríamos, pues, ante eso que llamamos falta de cultura de coalición. La misma falta de cultura de coalición que, cruzada con los intereses particulares de la presidenta, propició el adelantamiento de las elecciones andaluzas, pasando de un escenario en que dos fuerzas más o menos acostumbradas a pactar entre ellas solo tenían que seguir cumpliendo su programa, a otro en que los actores con los que salen los números son mucho más reticentes.

Pero no hemos venido aquí a hablar de Andalucía, sino a subrayar que la situación andaluza es un anticipo de lo que espera en otros lugares tras las elecciones municipales y autonómicas y, finalmente, las generales. El escenario que viene no se asemejará en absoluto al que se nos presenta en la notable -aunque naif- serie danesa Borgen: un espacio, el de Dinamarca,  en el que es habitual el multipartidismo y donde, por lo tanto, las coaliciones son la norma y se establecen de manera natural en función de la ubicación de cada partido en el arco ideológico, salvo en determinadas situaciones de crisis. Y ello no es posible, sobre todo, por la vocación mayoritaria de los partidos habituales, demasiado acostumbrados a presentar el resultado electoral en términos de ganadores y perdedores, a no reconocer la necesidad de incluir propuestas programáticas de otro para cerrar un acuerdo o incluso a canjear política por recursos, que tanto pueden ser puestos en el gobierno como cargos de confianza y otras dádivas.

Son precisamente ese tipo de lógicas las que más pervierten la imagen del papel de la coalición en el conjunto de la  obra de gobierno, ya que sin la inclusión de una serie de medidas relevantes que pongan en evidencia el papel del partido coaligado y que sean consecuencia del acuerdo, es imposible que la labor del mismo no quede en la más absoluta opacidad y que la ciudadanía premie su paso por el gobierno. Y si no que le pregunten a Izquierda Unida de Andalucía. Pero aun hay más: será ciertamente difícil establecer coaliciones en función del arco ideológico cuando, por un lado, los nuevos partidos surgen como alternativa regeneradora de unos partidos tradicionales inmersos en malas prácticas, y por el otro, cuando lo hacen renunciando a ubicarse en el eje izquierda-derecha y proclamándose superadores del mismo. Por todo ello, resulta natural que los nuevos partidos no tengan ninguna disposición a ponerle las cosas fáciles a los viejos y que deseen remarcar su perfil en cada acuerdo. Evitar correr la misma suerte que han corrido los anteriores partidos con aspiración de bisagra, como pueden ser IU o UPyD, ha de ser su gran objetivo y mientras la tensión electoral esté viva, todo va a ser tremendamente complicado.

Pero lo más importante a destacar es que lo mejor aún está por venir. Nos acercamos a unas elecciones autonómicas y municipales en que la adjudicación de escaños y concejales puede generar escenarios donde lo vivido en Andalucía se multiplique por mil. Algunas fortalezas acostumbradas a gobernar cómodamente con pactos fáciles o mayorías absolutas están a punto de caer. Madrid y Barcelona, sin ir más lejos, son dos ciudades donde el golpe al tablero va a ser importante y donde las fichas que conocíamos pueden salir volando. El retroceso del PP y CiU respectivamente en ambos consistorios es inevitable y la apertura de un escenario con nuevos actores y una importante dispersión de voto entre diferentes opciones también.

En el caso concreto de Madrid, habrá que ver como se acaban repartiendo los porcentajes de voto, pero nada augura un escenario similar al andaluz, con un PP o un PSOE convertidos en  fuerzas de peso claramente superior sobre el resto. Más bien cabe esperar un escenario de importante reparto del voto, sin que sea fácil establecer todavía cuál será el orden final de los partidos más votados. En cuanto a Barcelona, la candidatura “Barcelona En Comú” que encabeza Ada Colau, va a generar sin duda un espacio institucional muy amplio, en el que resulta más que posible que supere al PSC y en el que no parece descabellado que a medida que avance la campaña ello le convierta en la lista más votada. Lo consiga o no, el escenario más plausible en este momento tal vez sería que BeC y CiU aglutinen el mayor número de votos, que el PSC luche por mantenerse a rueda de ambos -e igual lo consigue porque su maquinaria electoral en Barcelona es importante- y que ya por debajo vengan otras opciones como ERC, Cs, PP,  quien sabe si la CUP…  Dos consistorios, en definitiva, sin un ganador claro y con la necesidad de llegar a acuerdos complejos. Porque, aunque el PP ganase en Madrid y salieran ciertos números, ¿se atreverá Ciudadanos a comprometerse con ellos, a pesar de todo lo que hay ahí metido? ¿Qué opciones de pacto tendrá Ada Colau para traducir en acción institucional sus propuestas de cambio municipal? ¿Qué hará Trias si no le cuadran los números para formar un consistorio independentista, como parece previsible? Son muchas las preguntas que surgen ante unos escenarios imaginables que la fragmentación y volatilidad del voto pueden hacer posible.

Y en el ámbito autonómico no es para menos: Madrid, Valencia, Asturias, Navarra… Los cambios en la composición de las cortes valencianas van a ser drásticos y la formulación de una alternativa política en el centro de la podredumbre popular, salvo que algún partido dé la sorpresa, va a necesitar del concurso de varias organizaciones. Territorio en el que existirán además las mismas dificultades para Ciudadanos de optar por apoyar al Partido Popular. No es muy diferente tampoco el caso de la Comunidad de Madrid, pero yo creo que no es necesario alargarse más. Hemos venido hoy aquí para declarar que parece que se impondrá la necesidad de un cursillo acelerado de cultura de coalición que permita abordar todo este escenario que viene en los próximos meses. No es malo que así sea, porque lo malo es lo que tenemos ahora, pero parece que requerirá un importante cambio en las mentalidades de los partidos, especialmente de los más grandes.