El Gran Bonetón

Frans van den Broek

Una de las experiencias más peculiares de mi vida me ocurrió en posición horizontal. No, no me refiero a lo que constituye sin duda una de las fuentes de experiencias peculiares más buscada, el goce amoroso -aunque no es raro que se convierta en lo contrario, en experiencia rutinaria y expeditiva, pero esto es otro cantar-, sino a algo que me ocurrió nada más despertar de un sueño que no recuerdo si fue por la noche o por la tarde. El hecho al que me refiero es el siguiente: nada más despertar escuché música, muy cerca, como un radio a volumen suave, cuyo origen traté de buscar en la mesa de noche o en la habitación. No había nadie alrededor ni nada que pudiera dar cuenta de lo que escuchaba, pero el sonido lo sentía claramente fuera de mi cabeza, como cercano a mi oído. Se trataba, para más señas, de música salsa, con los metales completos tronando la melodía, la percusión a todo ritmo, las cuerdas bien armonizadas, una verdadera orquesta de salsa tocando un tema que jamás había escuchado. Esto último es crucial para lo que quiero comentar: entre mis muchos defectos no se cuenta el de no poder recordar una melodía o canción escuchada con anterioridad. Es más, no es incomún que una melodía escuchada solo una vez permanezca en mi memoria para siempre, no sé por qué. Hay quien recuerda números de placas de automóviles o los nombres de todos los soldados de su división. Mi caso es mucho más humilde: si he escuchado una canción, puedo reconocerla la próxima vez que la oiga, en común con muchos mortales, me imagino. Pues bien, la bendita melodía que estaba sonando con fruición y misterio a unos centímetros de mi cabeza no la había escuchado jamás y no sonaba nada mal. Quiero decir, sonaba como una canción salsa en toda regla, como escuchada en un CD, con todos sus instrumentos bien arreglados, sus inflexiones, sus tumbos y sus bajos. Podría ser que la hubiera escuchado subliminalmente y grabado en mi memoria sin ser consciente de ello. Tengo la completa seguridad, sin embargo, de que la canción era nueva, compuesta por mi cerebro, pues tampoco la he vuelto a escuchar jamás. Pero si esto es así, ¿quién demonios la había compuesto? ¿De dónde venía? ¿Quién era el sujeto autorial, el creador de dicho tema?

Debo añadir, para tranquilidad del lector más que la mía, pues todavía no estoy muy convencido, que dicha experiencia no fue el primer síntoma de una incipiente esquizofrenia, como me temí en aquel momento, al descubrir que la melodía, aunque escuchada como proveniente del exterior, la estaba produciendo alguna región de mi cerebro de la que no era consciente. Consulté incluso el tema con un psiquiatra amigo de la familia y me aseguró que no era una experiencia inusual, aunque no quise seguir preguntando sobre si no era inusual para locos como el que escribe o para la población en general, pero me enteré al menos que era un fenómeno del que se tenía noticia en la ciencia y que tenía que ver con trucos del cerebro en ciertas circunstancias. Muchos años más tarde leí el libro de Oliver Sacks, Musicofilia, y quedé un poco más tranquilizado: mi experiencia, aunque extraña, valía tres cuartos, y en relación a lo que cuenta aquel libro equivalía a comparar un ratoncito con una ballena azul. Hay gente que escucha una melodía todo el tiempo sin poder deshacerse de ella. Lo que no me quedó claro en aquel libro es si las melodías que se escuchan son desconocidas o no. Hasta dónde puedo recordarlo, se refería a melodías conocidas de antemano, clásicas o populares. El fenómeno de la creatividad extra-consciente sí que es tratado y es el que me intriga e intrigará hasta que no escuche más melodía que la armonía de las esferas. ¿Quién compone dichas melodías que se imponen a nuestra conciencia como llegadas de otra parte?

Sé que me adentro en terreno hollado por las mejores mentes de la filosofía, la ciencia o la literatura, por lo que ya casi nadie puede decir algo nuevo al respecto y mal haría en intentarlo, pero tan solo me propongo comunicar mi perenne perplejidad. La canción de salsa en cuestión me intrigó siempre, pues jamás he sido un practicante de música salsa, no la he compuesto jamás y tampoco es que la busque o escuche en otros momentos que no sean las fiestas o las reuniones. De haber escuchado música de trova, por ejemplo, lo habría entendido mejor, pues entonces tocaba dicha música con frecuencia, pero ¿música salsa? Por lo visto hay una parte de mi cerebro, o la había, que tiene otros gustos que los míos y que puede componer canciones con facilidad, orquestadas y todo. ¿Es dicha parte de mi cerebro también parte de lo que comúnmente llamo mi yo? Incluso cuando uno crea conscientemente, como al escribir estas líneas, ¿de dónde vienen realmente las palabras y frases? ¿Solo del ejercicio de mi yo consciente y racional?

Aquí es donde cada teoría sobre la naturaleza del yo o de la conciencia dará una respuesta diferente. La conciencia humana, dijo alguna vez el filósofo D. Dennet, es el último misterio que sobrevive, y quizá tenga razón: mientras más lo estudiamos, más misterioso se vuelve. El psicoanálisis nos habituó a pensar en el individuo como compuesto de distintas capas de operación mental, siendo el inconsciente responsable en buena parte de nuestra creatividad. Si bien el énfasis en las motivaciones sexuales del inconsciente era exagerado y obsesivo, la idea del inconsciente ha resistido bien el avance de la ciencia psicológica, en el sentido de la aceptación de un universo psíquico operando fundamentalmente por debajo del nivel consciente. Es más, la aparición de instrumentos de medición tan fascinantes como las imágenes de resonancia magnética le ha permitido a la ciencia observar el perturbador fenómeno de decisiones tomadas por nuestro cerebro antes de que nos demos cuenta de ello. ¿Quién está decidiendo entonces? ¿Una entidad independiente llamada cerebro, que muchas veces hasta circunvala nuestros valores, nuestros gustos, nuestras tendencias, todo aquello que llamamos nuestra personalidad, nuestra identidad individual?

Claro está, si se admite que el yo es dual o tripartito, podemos acomodar estos fenómenos como pertenecientes a las operaciones del inconsciente, el que estaría encargado de mucho más de lo que a menudo estamos dispuestos a aceptar. Pero no deja de ser inquietante que nuestro cerebro tome decisiones que luego solo ilusoriamente creemos haber tomado nosotros de modo consciente. Mientras uno se dedica a la creación, esta particularidad de nuestra psique es más bien bienvenida y se ha reconocido desde antaño, como inspiración, posesión divina, manía creativa, intervención de las musas. La parte racional operaría en conjunto, eligiendo las opciones que el inconsciente propone, corrigiendo, frenando la irracionalidad hasta hacerla inteligible. Pero incluso en dicho caso permanece la pregunta de quién es el que compone las obras, si en buena medida eluden el control racional.

Además, el contenido inconsciente no es visto de la misma manera en las distintas concepciones de la psique humana. Hay quienes creen que todo contenido inconsciente es producto de la experiencia individual y de la experiencia acumulada de la especie -en forma de instintos o comportamientos heredados- y buscarán por tanto su significado en dichas esferas: el psicoanálisis, como se sabe, suele holgarse en este tipo de interpretación, y casi no hay objeto largo y peludo que no refiera al falo, ni asesinato que no remede el deseo edípico primordial. Otros, sin embargo, como hizo Jung, han expandido el horizonte de interpretación hasta considerar el inconsciente una especie de reino ontológico superior, de arquetipos universales que se encarnan en la experiencia creadora o mística. Carlyle, famosamente, dijo que toda obra era en el fondo obra del Espíritu. Y como comentara Borges más tarde, no era esa la primera vez que el Espíritu decía lo mismo. Con lo que el problema de la autoría en lugar de solucionarse se difiere al pleroma metafísico o a lo absoluto.

Teorías aparte, jamás me ha quedado claro quién fue el autor de dicha pieza de salsa que perturbó uno de los despertares de mi vida. Hubiera sido interesante transcribir dicha canción y compararla luego con las existentes, pero no fue posible, no solo porque no escribo música, sino porque el fenómeno no duró mucho, tal vez veinte segundos o algo así. El caso es que hay alguien en mi cerebro capaz de componer como Willy Colón o Rubén Blades y que no ha vuelto a despertar jamás. Tal vez debiera haberlo incitado a ello, estudiando música y yéndome a Nueva York, pero ya es demasiado tarde. Supongo, además, que hay muchos yos nadando por allí en mis océanos inconscientes, y es probable que el salsero ya se haya ahogado a estas alturas. La perplejidad que esta experiencia y mis lecturas han alimentado me lleva a sospechar que el yo es una de esas ilusiones de las que es imposible librarse, por razones prácticas y evolutivas, pero que elude, como un arco iris eidético, toda solución final. O una especie de Gran Bonetón, como en el juego infantil donde a toda pregunta sobre quién tiene tal color u objeto, se responde: El Gran Bonetón. Pero nunca es el gran bonetón el que lo tiene y el juego continúa hasta que solo quede un participante, más por astucia que por derecho, como hace el cerebro tantas veces con nosotros. Y me pregunto qué estará haciendo el salsero en estos momentos. ¿Jugando al Gran Bonetón? ¿Pero con quién? Vaya uno a saberlo.