El futuro de Europa está al caer

LBNL

El miércoles pasado, el Presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, presentó en el Parlamento Europeo (texto del discurso en inglés) el Libro Blanco (¿qué es un libro Blanco?) de la Comisión sobre el futuro de la Unión Europea. En España la noticia tuvo menos impacto del debido – entre otras cosas porque coincidió con el anuncio de que, por fin, Luis Enrique dejará el banquillo del Barça a final de temporada; ante todo, las prioridades claras – pero oiremos hablar bastante de las cinco opciones propuestas en las próximas semanas y, especialmente, a partir de la Cumbre que se celebrará en Roma – a 27, es decir, sin el Reino Unido – para celebrar el 60 aniversario del Tratado original que sentó las bases de lo que, tras innumerables evoluciones y amplicaciones, hoy es la Unión Europea. La Comisión se ha limitado a identificar cinco escenarios para que los Estados Miembros asuman su responsabilidad y decidan. Ya basta de quejarse de que Bruselas impone o no hace lo suficiente. Ya basta de vender en casa que Bruselas no cumple su papel. A mojarse tocan, y después, cuando las cosas estén claras, que nadie se queje de que no se le ha tenido en cuenta.

Las cinco opciones contempladas se pueden resumir como: a) seguir desarollando políticas y el mercado único como hasta ahora, con problemas, bloqueos y éxitos, que la mayor parte de las veces podrían haberse conseguido en menos tiempo y con menos esfuerzo; b) centrarse principalmente en el mercado único y dejar de desarrollar las políticas que exceden su ámbito estricto, como por ejemplo, el espacio de justicia e interior europeos; c) oficializar la geometría variable por la que, sobre la base del mercado único, las diferentes políticas se desarrollaran solo y para los que decidan sumarse a ellas; d) profundizar en el mercado único y en algunas políticas cuya regulación a escala europea presenta un alto valor añadido, abandonando paulatinamente las demás; y e) hacer mucho más conjuntamente, es decir, avanzar – a 27 – decisivamente hacia una integración mucho mayor en todas las áreas.

La quinta opción sería la preferida por los “federalistas”, con independencia de que desembocara en una verdadera federación europea, lo que, en el mejor de los casos, sólo llegaría dentro de bastante tiempo. Pero incluso los más “integracionistas” – y desde luego los que trabajan en temas de la Unión Europea desde dentro – saben que es un escenario ilusorio a 27. Reino Unido bloqueaba – desde el referendum su pragmatismo habitual se ha traducido en una flexilibidad sin precedentes en un montón de temas que llevaba bloqueando desde hacía décadas – muchas cosas pero en casi ninguna lo hacía en solitario. Somos millones los que reclamamos a Europa una política inmigratoria sensata y solidaria pero los cuatro de Visegrado – Hungría, Polonia, Chequia y Eslovaquia – torpedean cualquier avance significativo y seguirán haciéndolo, desde la ignorancia y el miedo al diferente y la cortedad de miras que supone no tener en cuenta el envejecimiento generalizado de la población europea, que si es una amenaza muy real a nuestro sistema de vida. En política exterior, el guirigay es todavía mayor. Grecia y Chipre comparten yacimientos de gas con Israel y Egipto y se atreven a bloquear cualquier crítica a sus nuevos socios, con independencia de lo que hagan. O Hungría invita a Putin a darse un garbeo por Budapest pese a las sanciones contra Rusia por la agresión a Ucrania.

Pero incluso en aquellas áreas en las que finalmente hay consenso, la discusión previa es interminable y el parto definitivo es, además de tardío, un engendro deudor de la interminable lista de concesiones que han debido hacerse por el camino para que la cosa no quedara en un aborto más. En paralelo, por aquello de corregir el déficit democrático, la Comisión Europea ya no opera como solía: una torre de marfil tecnócrata que proponía con auténtica libertad e independencia. Ya no. Ahora la Comisión solo se atreve a hacer propuestas o bien porque hay una extrema necesidad – por ejemplo la crisis del euro o la de los refugiados – o a raiz de una petición poderosa, por parte de los países más grandes o de los grandes de un sector económico determinado. No es del todo exácto pero casi porque, cuando se atreve a proponer con independencia, hay tantas fases previas – consulta a los sectores interesados (stakeholders), debate con la sociedad civil… – y posteriores – informes preceptivos de los Comités Económico y Social y de las Regiones, aprobación por parte del Consejo y del Parlamento y diálogo entre las tres instituciones para consensuar la posición final – que la medida a adoptar acaba pareciéndose bien poco a la originalmente propuesta.

La Comisión Juncker ha decidido poner todas las cartas sobre la mesa. Para la Comisión es evidente que sería muy conveniente para todos completar el mercado único – son innumerables las barreras que todavía persisten en muchísimos sectores económicos – y desarrollar decididamente muchas otras políticas no económicas que son esenciales para el buen funcionamiento y la protección de la sociedad y los ciudadanos europeos – pensemos solo en inmigración, terrorismo, medio ambiente…

Pero sólo será posible hacerlo si hay un compromiso político por parte de todos. Y ese compromiso, hoy por hoy no existe. Y sin embargo, los que más se oponen a que Europa desarrolle las políticas no exclusivamente económicas, suelen ser los mismos que se oponen también a que los que sí quieren, lo hagan en petit comité – las denominadas cooperaciones reforzadas – dejándoles fuera. Es sencillo: – Oiga, yo no quiero que Vd me legisle sobre esto pero tampoco quiero que avancen Vds por su cuenta, me quede fuera y tenga que pagar el precio. El perro del hortelano, en resumidas cuentas.

Las cooperaciones reforzadas se han ido imponiendo en la práctica, siguiendo diferentes modelos. Antes del euro vino Schengen, que originariamente fue un Tratado al margen de la Unión Europea entre algunos de sus miembros. Algunos no querían entrar – Reino Unido – y otros no podían – por carecer de las capacidades técnicas y administrativas para asegurar sus fronteras al mismo nivel que los demás. El modelo de viajar sin pasaporte fue tan exitoso que finalmente se integró en el entramado de la Unión. El euro nació ya dentro pero limitado a quienes pudieran cumplir las condiciones y, de nuevo, boicoteado por algunos. Hay muchas otras áreas en las que participan todos menos algunos – por ejemplo, Dinamarca no participa en la Agencia Europea de Defensa – generalmente como consecuencia de las concesiones hechas tras un referendum perdido, luego repetido.

Tradicionalmente Bruselas se ha opuesto a las cooperaciones reforzadas porque, al estar pilotadas por los Estados Miembros que querían desarrollarlas, han solido debilitar el componente supracional y el papel de la Comisión y el Parlamento, sin los cuales, al final, los países no consiguen ponerse de acuerdo en cuanto surge un conflicto. Y siempre surgen.

Las cooperaciones reforzadas ahora ya están incluidas en los Tratados y, por ejemplo, varios países están desarrollando un remedo de Tasa Tobin. Pero hay condiciones rígidas para lanzarlas – un mínimo de países, por ejemplo – y se entiende que son la excepción, que solo opera cuando se ha intentado avanzar en conjunto y no ha sido posible.

La tercera opción de las propuestas en el Libro Blanco invertiría la carga de la prueba, si se me permite decirlo así. Si la Comisión propone algo y varios están de acuerdo, avanzarían ellos solos sin que los demás pudieran bloquearles. Es la opción que prefieren Alemania, Francia y hasta cierto punto también Italia y España, cuyos líderes se reunen hoy en Versalles para preparar la Cumbre de Roma del próximo día 25.

La primera y segunda opciones serían un desastre. La primera – seguir como estamos – porque las circunstancias son excepcionales – la salida de Reino Unido tras una negociación que será brutal y traumática, el impredecible Trump y la cada dia más agresiva Rusia, que intenta interferir en el funcionamiento interno de las democracias europeas a base de financiación a los extremistas y espiando y robando información cibernéticamente (creánme, se de lo que hablo). La segunda podría funcionar – de hecho todo sería más sencillo si la Unión pasara a ser una mera unión aduanera – pero supondría un fracaso completo del proyecto político original, que muchos no están dispuestos a aceptar. De la quinta ya he dicho que podría ser la mejor – desde luego la preferida por muchos – pero no factible, al menos sin antes doblegar las crecientes resistencias de un montón de países pequeños, medianos todo lo más, y de reciente incorporación, que han perdido el miedo a tirar del veto cada vez que les parece conveniente.

Tengo que confesar que la cuarta opción no la comprendo sino como una variación de la primera: seguimos como estamos pero acordamos algunas áreas adicionales que estamos de acuerdo en desarrollar.

A la Comisión Europea se le ha criticado que no haya apostado por una opción y lidere. Juncker, tras un par de décadas sentado en el Consejo Europeo como Primer Ministro de Luxemburgo, es bastante más hábil. Queremos la quinta opción y no queda otra que optar por la tercera. Pero la Comisión no puede renunciar a que todo el continente avance al mismo tiempo proponiendo una Europa a la carta, o a dos o más velocidades. Es tácticamente mucho más hábil dejar que los Estados Miembros se retraten y luego tirar por la única vía posible. Especialmente después de que los cuatro grandes ofrezcan a los demás la quinta opción y en vista de que la rechazan, opten por la tercera, sabiendo que en la gran mayoría de asuntos, también entrarán Bélgica, Portugal, Luxemburgo, Austria y muchos de los demás, Grecia y Chipre incluidos.

Los Cuatro de Visegrado – los centro europeos ya citados – tendrán que optar. De momento su reacción ha sido de lo más absurda. Han pedido más Europa en un par de temas “urgentes”, como la inmigración. Pues bien, la tendrán pero no en las condiciones a las que se han acostumbrado. Si como todo parece indicar, en Roma los 27 optan por oficializar la geometría variable como método, se van a seguir encontrando con los mismos problemas en aquellas áreas en las que quieran participar. Los demás no estamos de acuerdo con una política migratoria que discrimine positivamente a los blancos y cristianos y estigmatice a todos aquellos que no gocen de al menos uan de estas dos condiciones. Los demás compartimos los valores de la Revolución francesa y no los de Donald Trump y sus secuaces (ver mi artículo del lunes pasado) y no estamos dispuestos a hacer concesiones fundamentales. Como tampoco se le van a hacer a la cada día más perdida Theresa May, que va a conseguir sacar a Reino Unido del mercado único pese a las terribles consecuencias que ello va a tener sobre la economía de su país y la del resto de Europa, los Cuatro de Visegrado incluidos. Bruselas defiende a sus expatriados en Reino Unido con casi el mismo ahinco con el que exige que todos gestionen la inmigración por igual. O compras los principios, o no los compras, pero no se venden solo para los tuyos y los que son como tú.

Al menos no hasta que gane Le Pen. La cosa no variará demasiado si gana Wilders en Holanda porque, incluso si lo hace, que sería una catástrofe, no gobernará. Pero sin Francia o con una Francia presidida por Le Pen, sólo será viable la segunda opción: una unión aduanera pura y sencilla.

Pero tampoco va a ser Presidenta de Francia y en las próximas semanas Europa dará un paso decisivo para su futuro, un futuro que va a ser menos cartesiano de lo acostumbrado pero mucho más intenso, al menos para los que compartimos los valores esenciales de la ilustración europea, y los demás acabarán entrando, o pasando frio ahí fuera: a ver cuando tardan Polonia y Hungría a venir con rabo entre las piernas a pedir apoyo frente a Rusia. Especialmente si Trump sigue desgastando a la OTAN.