¿El fin de una época?

José D. Roselló

Pocos dudan ya de que la crisis que atravesamos en este momento no es meramente económica. Su duración y profundidad van conformando un entorno social en el que cada vez son más frecuentes los indicios de que nos enfrentaremos en breve a un cambio en el paradigma político. Incluso, en una acepción amplia del término, a un cambio institucional. Por ponerle una etiqueta a este proceso, podríamos hablar, aunque no sea la primera vez que se utilice este término, del fin de la sociedad de la Transición. 

Es evidente que en el período de los últimos 70 primeros 80, España era un país más pobre y atrasado de lo que es hoy. Eran mayores sus desigualdades sociales y abundaban las incertidumbres. Sin embargo, con la debida cautela que da el hablar de cosas elusivas como “espíritus de la época”  y tratando de no caer en mitificaciones,  la parte abrumadoramente mayoritaria de la sociedad parecía compartir al menos dos cosas muy básicas: aspiraciones a mejorar y esperanza en el futuro.

También se aprecian algunas características transversales cuando se examina el discurso de los políticos de entonces. El primero y más importante es  el mismo papel central de la política, que se situaba en vanguardia y constituía un polo de atracción, pero hay más. Por ejemplo, siempre parece primar un  toque de prudencia y moderación; ya sea por el miedo a un enfrentamiento civil, por cálculo o por pura y simple responsabilidad cívica, parecen cuidarse algo más maneras y contenidos -algo menos en el nacionalismo vasco-. Una de las consecuencias de ello es que la mayor parte del discurso es en positivo, es decir, se proponen metas y medios, en lugar de en negativo, centrándose en la crítica a los defectos del adversario. Otra característica muy generalizada es la mención constante de Europa, como ejemplo, como objetivo y como anhelo. En cuanto a los líderes del momento, usando de nuevo no el más aprehensible de los conceptos, se aprecia una cierta “gravitas”, sustancia y profundidad en contenidos de mayor recorrido.

Algo muy similar puede decirse de los medios de comunicación; puede que como reflejo de esa sociedad, puede que por propia elección, no había tanto escándalo y tanto toque a rebato como se aprecia ahora, sobre todo en los medios más afines a la derecha.

El instrumento institucional en el que cristalizan gran parte de estas aspiraciones es, cómo no, la Constitución del 78. Ya se sabe, monarquía como símbolo, estado de las autonomías, sistema electoral proporcional corregido, estado social del derecho etc. En tanto que herramienta institucional, estaba hecha como punto de encuentro y, esencialmente, para durar, siendo el resumen de cómo la sociedad española se veía y de cómo la sociedad española quería ser.

A día de hoy la mayor parte de las características citadas han desparecido del mapa.

Aunque el país es hoy más rico e infinitamente mejor dotado de infraestructuras y mecanismo de igualación, la situación es mala. La gente no sabe si se podrá mantener, cómo salir y, lo más desolador, parece haber una percepción generalizada de que el futuro a medio y largo plazo no va a ser mejor. No estamos hablando de la recuperación de tasas de crecimiento económico y de empleo, sino de esa idea de que los hijos y los nietos no van a vivir en un mundo mejor que el de los padres. Ni rastro de ilusión social -si tal concepto existe-; en el mejor de los casos, resignación, en el peor de los casos encono y enfrentamiento cruzado, buscando culpables para ajustarles las cuentas sin tener una idea clara de que, una vez hecho esto, en su lugar qué.

Afortunadamente y esto es mucho,  sin violencia.

Qué decir que no se haya dicho ya, o esté en la calle, de la política. En un proceso largo, que no es privativo de España ni mucho menos, ésta ha perdido su papel central y vertebrador, también ha perdido perfiles y matices… El hecho es que los mensajes se desdibujan y aparecen desustanciados, o en forma de eslóganes excesivamente simples. “Todos son iguales”, “dicen la frasecita de turno” son impresiones bastante extendidas.  Quizás esto es un proceso típico de las democracias consolidadas y de cuando las cosas van razonablemente bien.

Lo que no es tan claro que sea inevitable es el manejo cada vez mayor del discurso en negativo. “Los otros son peores”. Más aun si este discurso es crispado y altisonante, muchas veces descalificatorio e incluso cruel. Esto tiene consecuencias inmediatas, quema puentes que luego no son fáciles de reconstruir. Muchas veces se han percibido acciones o líneas argumentales rayanas en la irresponsabilidad. Este tipo de discurso se asentó en la política española de la mano del ascenso de José María Aznar, quien supo explotarlo y manejarlo como nadie hasta ese momento, y se ha convertido en un recurso al que se recurre con excesiva frecuencia, sin reparar en el deterioro que provoca. Algo parecido ocurre con el discurso independentista, muy basado como fundamento en una anatemización esencial  de algo como suma de todos los males y con lo que hay que acabar.

Los dos factores anteriores han producido dos tipos de líderes. Cuando no crispan y tratan de concitar adhesiones, el perfil es algo insípido y liviano. Cuando optan por galvanizar a la base, tenemos este prototipo de líder pegador hasta con el lucero del alba. Confundiendo profundidad con decir barbaridades de lo que sea o de quien sea.

No han sido ajenos a estas dinámicas los medios de comunicación. La extraña relación de concupiscencia entre política, prensa, poderes financieros y lectores siempre producirá episodios poco edificantes; encontrar el equilibrio es difícil pero eso no exime de buscarlo. Otra cosa es alistarse y alinearse al servicio de unos determinados intereses, en esto sobre todo la prensa de la derecha se ha arrastrado a unos niveles impresionantes.

La consecuencia de todo ello es esa célebre desafección por los políticos, a día de hoy últimos culpables de todas las cosas. De ser los más estúpidos y también los más taimados, de ser responsables de todo, pero también irresponsables por estar en manos de los intereses financieros, de ser profesionales o de ser unos amateurs sin mucha idea.

Por extensión, los partidos; por extensión el sistema electoral; y por extensión de la extensión, la forma de estado, el estado de las autonomías, el Rey, la misma monarquía o porque no somos independientes. Acabamos, como cuando en el fútbol se traba un partido, echándole la culpa al árbitro, al césped o a la norma del fuera de juego. La consecuencia de la desafección es estar en un tris de sumir a España en un proceso de crisis institucional sin precedentes en un cuestionamiento hasta la médula de la pura conformación de lo que somos y, lo que es peor, sin un propósito claro y sin unos objetivos, sin la deseable reflexión que deben llevar a estas cosas.

Quizás una de las críticas que más se echan de menos a la situación que ahora vivimos es una que incluya a nosotros, los ciudadanos. Nosotros escogimos a estos políticos, nosotros decidimos creer cosas como que se nos pueden dar más y mejores servicios con menos impuestos, nosotros nos hipotecamos o aplaudimos a los que se hipotecaban, nosotros decidimos muchas veces no saber, no mirar, no implicarnos, jalear conductas discutibles o taparlas.

Puede que la Constitución deba revisarse, y con ese propósito se puede enmendar o añadir. Por ejemplo, no tiene sentido la preeminencia masculina en la sucesión de la corona, y pueden estar desactualizadas otras cosas y ser necesario dar cabida a alguna. No es tanto el qué se se pude tocar, sino el por qué y el cómo.

Cuando se hace por un amplio acuerdo y tras una reflexión adecuada, muestra un país que evoluciona. Cuando se hace por la puerta de atrás con nocturnidad y alevosía, o sólo porque nos sentirnos frustrados, muestra una sociedad que convulsiona.

Todos podemos haber cometido errores en el pasado, no nos equivoquemos tratando de condonarlos con errores presentes, o futuros.