El fardo de la historia

Frans van den Broek

Una de las teorías psicológicas que explican el origen de los prejuicios postula que la representación que nos hacemos de la historia puede contribuir a originar o mantener las ideas preconcebidas que nos hacemos de otros pueblos. Hace falta enfatizar aquí el concepto de representación, ya que no se trata tanto de lo que haya ocurrido de verdad en el pasado, sino de la manera en que nos lo figuramos, guiados por diversas fuentes e influencias. El pasado, incluso el personal, es a menudo objeto de interpretación, y más aún si este pasado se alía con la tendencia cuasi-religiosa del nacionalismo. Si en nuestra vida personal muchas veces recordamos el recuerdo de un recuerdo, en las historias nacionales obramos con mitos, fabricaciones, estereotipos, simplificaciones y narraciones sesgadas. No es pues sorpresivo que dichas narraciones den origen a prejuicios y que dichos prejuicios, en el peor de los casos, lleguen a la discriminación o a la guerra.

Algo así está pasando entre Rusia y Ucrania, por supuesto, si bien muchos actores saben bien lo que hacen y más que prejuicios, dan muestra de oportunismo, irresponsabilidad y ansias de poder. Pero podrán los dirigentes saber más de lo que dicen, y actuar bajo imperativos políticos, el pueblo, quienes somos azuzados por dichos cuentos, nos creemos las historias y nos llenamos de ardor nacionalista o de odio guerrero. Rusia, en este triste entuerto, blande la historia del pasado reciente y arguye, no sin cierta razón, que Crimea siempre fue parte de Rusia, o en todo caso, de la Unión Soviética, y que fue regalada por un dictador medio borrachín y excéntrico, como Kruschev, a otro Soviet hermano, en parte en reparación por las atrocidades cometidas en el pasado. Jamás habría sido la intención, sin embargo, perder la península para el dominio soviético (o zarista o ruso, qué más da), cosa que ocurriría si Ucrania se acerca más a Europa y a la OTAN. Por lo tanto, ha llegado el tiempo de recuperarla y de llevarla bajo el cálido abrigo de la Madre Rusia. De otro lado, ¿quiénes son esos ucranios que recibieron a Hitler con brazos abiertos para decirle a Rusia qué podía hacer o no? El ex–presidente, por corrupto que fuera, ha sido depuesto, a la larga, por decreto de la calle, y dichos precedentes solo traen miseria y confusión. Es Rusia la que respeta el orden al aceptar el referéndum y asistir a la población de Crimea a lograr lo que quiere. Además, -según me han dicho varios rusos-, escuchar su lengua da risa. Parece ruso, pero suena ridículo, y ¿quién toma en serio a quien habla mal?

Los ucranios, por su parte, jamás han olvidado que Stalin causó la muerte por inanición de millones de personas en su país, donde se llegó al canibalismo para sobrevivir. Llegados los ejércitos germanos durante la segunda guerra mundial, es verdad que fueron recibidos con flores, pero esto solo lo hizo parte de la población y no por mucho tiempo. Ucrania sufrió lo suyo durante la guerra y más aún al ser oprimida por el yugo soviético. Y Crimea es, por tanto, Ucrania, aunque se las haya regalado un dictador. Cambiar de régimen tras protestas callejeras es algo que Occidente acepta, por lo visto, si atendemos a su reacción a la primavera árabe, y, después de todo,  acepta, por lo visto, si atendemos a su reacción a la primavera árabe, y Yanukovich era un déspota y un cleptómano. Rusia ha sido siempre un vecino abusivo y cruel, al que no hay que escuchar, pues está dispuesto siempre a meterle a uno el cuchillo por la espalda.

Estas historias son mitos, por supuesto, no en la medida en que no contienen nada de verdad, sino en cuanto simplifican una realidad compleja y hasta cierto punto inentendible. Pero los seres humanos tendemos a las historias simples y poco es lo que se puede hacer para cambiarlas cuando la educación, los medios de comunicación, las historias orales que siguen circulando, la misma organización material de la sociedad, los monumentos, las instituciones, todo, en suma, las mantienen en su lugar y las nutren cuando es necesario, como ahora. Es un hecho que en cualquier situación de conflicto los prejuicios arrecian y los viejos mitos renacen del polvo (si es que estuvieron olvidados alguna vez), como también lo predicen teorías de la psicología social de distinto cuño, además de la que enfatiza la historia, arriba mencionada.

Y en este panorama, ¿qué hace el resto del mundo? Lo de siempre, claro está, un concierto de gestos más o menos vacíos, por las razones que fuera –de electorado, de principios, de estrategia- que son inevitables, pero que más obstaculizan que ayudan. Las verdaderas negociaciones se llevarán a cabo, si acaso, a escondidas del gran público y entre cuatro paredes, y con zanahorias y palos de por medio. Todo el resto es un circo mediático de poca monta, aunque a primera vista parezca que ejerce algún efecto. Es difícil disuadir a quien está plenamente convencido de que tiene la razón, y en este caso, como en casi todos, ambos lo están. Poco ha ayudado, por cierto, que los poderes occidentales se apresuraran a reconocer y ayudar al gobierno de Kiev, en su afán de apartarlo de la esfera de influencia rusa. A fin de cuentas, el gobierno de Yanukovich habrá sido una desgracia, pero bien pudieron tratar de influir en el mismo tiempo atrás, y no solo cuando decide darles la espalda. Entretanto, y mientras hubiera negocio que hacer, todo era como antes, ya que después de todo, Yanukovich había sido elegido democráticamente. Pero no se tranquiliza al oso ruso metiéndole los dedos en la nariz ni pisándole los talones. El nuevo gobierno de Ucrania tampoco es precisamente una cofradía de santos o idealistas revolucionarios. Es, como muchos gobiernos post-soviéticos, una mezcla de vivarachos y de nobles, de gente decente y de espantapájaros, de corruptos y de abnegados. La revolución contó incluso entre sus filas con la impagable ayuda de nacionalistas neo-nazis, aquellos que se hubieran unido a la Wehrmacht para guerrear contra Stalin o para exterminar judíos.

En Occidente existe la tendencia a idealizar a quienes dicen luchar por la libertad, la justicia y la fraternidad, sobre todo cuando se trata de países que se considera inferiores en desarrollo económico y político, y que se supone sometidos a gobiernos opresivos. Pasó con Cuba, por ejemplo, y lo sigue pasando en buena medida entre algunos intelectuales trasnochados. No faltaron europeos que apoyaron cuanta revolución se cocinara en Sudamérica, bajo la simple premisa de que había de ser buena si contrariaba el orden semi-feudal de dichos países  o su eterno caudillaje. Tuve la ocasión de hablar en España con quienes consideraban la insurgencia de Sendero Luminoso justificada y merecedora de ayuda. Acaba de pasar con la primavera árabe. En Siria la confusión es tal que quizá no quepa bandos que idealizar, pero me temo que está pasando ahora mismo con Ucrania. Pero, volviendo a la representación histórica, ¿qué creen que contiene la representación de la historia para los rusos con respecto a la Unión Europea y América? Pues podrá dicha representación ignorar muchas cosas, pero jamás olvidará que Alemania causó una guerra que llevó a la muerte a veinte millones de personas en la Unión Soviética. No olvida que Europa se estuvo destripando una a otra no hace mucho, lo que en términos históricos –más aún en términos de la memoria- no es sino un parpadeo y un soplido. No olvida que a la Unión Soviética se le prometió el oro y el moro cuando se deshizo, pero muchas de dichas promesas jamás se cumplieron y se la dejó a su suerte. ¿Que la OTAN no se expandiría? Pues ya llegará hasta Ucrania llegado el momento. ¿Y qué hay de las incontables veces que América apoyó gobiernos dictatoriales, satrapías, gobiernos abusivos, y que depuso a los que no le gustaba?  ¿Suponen quienes ahora levantan el indignado dedo de la moral que el pueblo ruso (o el ucranio, si se presta), van a olvidar dichos acontecimientos?

Lo justo sería que Crimea permaneciera en Ucrania y que solo tras negociaciones con un gobierno legítimo pudiera tal vez reintegrarse en Rusia. Pero esta no es la manera en que los sentimientos nacionalistas o políticos ejercen su influencia. Restregarle las narices a Rusia con el argumento moralista es completamente comprensible, pero por entero inoperante. Al menos mientras siga en manos de un Zar que ha sabido comprender astutamente que un pueblo donde la autocracia ha existido por siglos no se hace democrático en un par de elecciones, o en un par de décadas. Quizá Occidente debiera comprender esto también para mejor uso y más astutas negociaciones. De lo contrario, seguirá como sigue: a la saga de los hechos y viviendo de cuentos.