El factor K en Letonia

Lobisón 

Letonia no es un país que provoque curiosidad en la opinión pública española, y por ejemplo los lectores de El País puede que a estas alturas no sepan que en él han tenido lugar este domingo elecciones legislativas. Lo más llamativo es que el partido más votado ha resultado ser Armonía, un partido considerado prorruso y que ha obtenido el 25% de los votos, mientras que el partido Unidad de la primera ministra, Laimdota Straujuma, ha quedado tercero, después de la Unión de Verdes y Campesinos.

En realidad esto no debería de ser llamativo, teniendo en cuenta que la minoría de origen ruso representa un 30% de la población. Lo realmente singular es que más de la mitad de estos letones de origen ruso son no ciudadanos y carecen del derecho al voto. Y, sobre todo, llama la atención la casi absoluta seguridad de que gobernará una coalición de los demás partidos con el fin fundamental de mantener fuera del gobierno al partido prorruso.

En Italia, hasta que la hecatombe de Tangentopoli con la operación mani pulitte acabó en 1992 con el sistema de partidos de la posguerra, se hablaba del factor K para explicar la principal regla no escrita del sistema político italiano: el Partido Comunista no podía entrar en el gobierno. Enrico Berlinguer, el secretario general del PCI entre 1972 y 1984, lanzó la política de compromiso histórico con el propósito de acabar con esa regla no escrita, pero no lo logró, pese a haber obtenido en 1976 los mejores resultados de su historia.

Existen razones para pensar que la colusión de los demás partidos, encabezados por la DC, para cerrar el paso al PCI, fue el caldo de cultivo en el que prosperó Tangentopoli. En ese y en otros sentidos se diría que poner cerco sanitario a un partido tiene siempre riesgos, aunque sea inevitable la tentación de hacerlo cuando ese partido aparece como una amenaza a la democracia. En el caso de Armonía, sin embargo, esa amenaza, fácil de justificar a la vista del expansionismo de Putin, puede ser más bien imaginaria teniendo en cuenta que la negación de la ciudadanía a los descendientes de rusos comenzó en tiempos de Yeltsin.

Por eso la pregunta inevitable se refiere al origen de ese 10% de votantes en los que Armonía ha superado el peso de los descendientes de rusos con derecho a voto. Cabe imaginar que se trata de un voto de protesta contra una situación económica que, pese a estar creciendo con fuerza y haber permitido la incorporación de Letonia al euro, mantiene una alta tasa de paro, que ha llevado a dejar el país a una parte importante de su población, y un bajo nivel de vida por la media europea. En suma, el voto a Armonía puede ser en buena medida un voto de protesta sin mucha relación con el medio siglo de ocupación rusa de Letonia.