El experimento de Milgram

David Rodríguez

En el año 1961 el psicólogo norteamericano Stanley Milgram inició un experimento revolucionario sobre la obediencia a la autoridad que iba a deparar unas conclusiones muy impactantes. La investigación tuvo lugar en la Universidad de Yale, y comenzaba reclutando una serie de voluntarios, a los que se informaba de que iban a participar en un estudio acerca de la memoria. En realidad se trataba de un engaño, pues los sujetos del experimento eran ellos mismos.

Explicado a grandes rasgos, el método aplicado por Milgram incluía la participación de tres personas: el científico, que conducía el juego; el maestro, que debía plantear una serie de preguntas sobre grupos relacionados de palabras que previamente debía leer en voz alta; y el alumno, que trataba de memorizar esos términos para luego responder correctamente a las cuestiones sugeridas. Los papeles de profesor y estudiante se escogían por sorteo, pero en realidad éste estaba trucado, y al participante en la investigación se le asignaba siempre el papel de maestro. El alumno, por su parte, era un actor que estaba de acuerdo con el científico que dirigía la sesión.

Tras la asignación de estos roles, el alumno se ubicaba tras una mampara, atado en una silla que proporcionaba descargas eléctricas. En caso de error al contestar una pregunta, el profesor debía accionar una palanca para proporcionar esas descargas como castigo. Las mismas estaban graduadas en orden creciente, desde un nivel bajo de 15 voltios hasta la cifra de 450 voltios. Obviamente, no existían tales descargas, pero ese punto era desconocido por el interrogador. Conforme se iba incrementando la intensidad de los shocks, se iban escuchando los gritos grabados del actor, que en cierto momento clamaba por el fin del experimento, posteriormente aullaba de agonía y finalmente se producía un silencio absoluto previo a las últimas descargas. El maestro, además, poseía un cuadro de mandos en el que esos últimos shocks estaban catalogados de ‘peligrosos’ e incluso ‘XXX’. El papel del científico era el de invitar a continuar el juego cuando el profesor presentaba sus dudas, mediante diversas exhortaciones, desde la más aséptica del tipo ‘siga usted’ hasta la más imperativa del tipo ‘usted debe continuar’. En el caso de que el profesor se negara a seguir tras esta última sugestión, el experimento finalizaba.

Antes de proceder a la investigación, Milgram encuestó a diversos psicólogos sobre el resultado previsto de la misma. Hubo unanimidad en el sentido de que únicamente algunos sujetos sádicos llegarían a aplicar la descarga máxima de 450 voltios. Pero el resultado fue escalofriante: el 65% de los participantes llegó hasta el final. El desconcierto fue absoluto, y durante años los expertos han tratado de explicar semejante conducta.

Este experimento ha sido repetido en diversas ocasiones, pero el resultado ha permanecido prácticamente inalterable. Una de las versiones más conocidas ha sido la recreada por un equipo francés de investigadores, que ha planteado el método de Milgram en formato de concurso televisivo con público incluido. La presentadora del programa representaba a la autoridad. El resultado fue todavía peor: el 80% de los concursantes que ejercían de maestros llegó a aplicar la descarga máxima, en este caso de 460 voltios, y lo hizo sin haber ningún tipo de premio en juego. El documental sobre esta investigación se titula ‘El juego de la muerte’ y puede encontrarse libremente en la red traducido al castellano. Aunque algunas conclusiones acerca de los motivos de la conducta de los concursantes son controvertidas, el documento gráfico es sin duda muy revelador.

No trataré aquí de discutir sobre las razones psiquiátricas o psicológicas que se hallan detrás de la actitud de las personas que aplicaron la tortura de las descargas eléctricas. Entendidos hay en la materia y de hecho llevan tiempo polemizando acerca del asunto. Lo que quiero, para concluir este artículo, es realizar una reflexión sobre los efectos sociales del experimento.

Esta obediencia ciega a la autoridad no se ha detectado en regímenes reconocidos abiertamente como dictatoriales, sino en aclamadas democracias occidentales de larga trayectoria histórica. Tampoco se ha cumplido que las personas que aplicaban las descargas fueran unos sádicos, tal como pronosticaban los expertos. La cuestión es que la sumisión ante órdenes tan abyectas debería ser incompatible con los valores democráticos y de respeto a los derechos humanos. Investigaciones como la de Milgram ponen de manifiesto que todavía estamos lejos de compartir unos valores éticos que permitan construir una sociedad razonable. Aunque tal vez debamos preguntarnos si estamos yendo más allá de un experimento y en el mundo actual hay mucha gente que está padeciendo cada día las consecuencias del silencio sumiso de otros. O incluso puede estar pasando que en determinados casos estén coincidiendo los maestros con los alumnos. En todo caso, el asunto merece una profunda reflexión social.