El estilo Rufián

Senyor_J

Vestir con traje o lucir una corbata son convenciones creadas alrededor del lenguaje no verbal. La gente espera que las usemos para transmitir una imagen de seriedad en lo laboral y de día especial en las bodas, por citar un par de ejemplos. Las convenciones dan fe de nuestra capacidad de generar códigos compartidos y de generar cultura, pero también de sucumbir ante las representaciones que nos formamos alrededor de lo que llevamos puesto. Como recordaba Marvin Harris, las prácticas culturales tienen una razón material de ser, pero es evidente que se declinan en una diversidad de acciones que ajenas a dicha razón. Así, un aspecto trajeado puede ser clave en la seducción de un cliente de cierto estrato social, pero es una práctica absurda y gratuita el que en algunos trabajos se vuelva del todo inadmisible el no ir trajeado, aunque solo tengan que verte tus compañeros de trabajo, o el que no se admitan otras formas de expresar elegancia y seriedad que podrían ser igualmente eficaces.

Es así como ese ser humano dominado por una mente orientada al pensamiento simbólico se vuelve esclavo de sus propias representaciones en cualquier ámbito, también en el del lenguje. El lenguaje es, ante todo, una forma de expresarse y como tal, refleja tanto contenidos como continentes. Permite, por un lado, decir cosas, pero también, por el otro, dibujar una forma de decir las cosas. Como seres atrapados en lo simbólico, las formas importan, aunque en los mecanismos de comunicación cotidianos lo esencial sea el contenido. Luego está ese mundo llamado arte o más concretamente literatura donde las formas tienen un protagonismo esencial, pero esa es otra historia: en lo cotidiano nuestro lenguaje no es en absoluto artístico y aun menos en un mundo donde las capacidades oratorias no son mayores que en épocas pasadas. Ello no impide, no obstante, que juguemos con lenguaje o que lo utilicemos como una arma arrojadiza y, en tal caso, las formas cobran cierta relevancia, pero sin dejar de ser el contenido de lo que queremos transmitir lo único verdaderamente importante.

Teniendo en cuenta todo ello, hago notar que de un tiempo a esta parte ronda por el Congreso de los Diputados un personaje del que por lo general no gustan las formas ni su lenguaje. Se trata de Gabriel Rufián, el diputado de Esquerra Republicana. No son pocos los articulistas que dedican líneas y más líneas a deplorar su estilo o a subrayar las consecuencias adversas de recurrir al mismo. Es el caso, por ejemplo, de Enric Juliana, que desde su primera intervención hasta la última del otro día en la comisión de investigación se ha referido al mismo en tono despectivo. ¿Es realmente tan problemático el estilo Rufián como de semejantes plumas se desprende?

En los tiempos en que la política se siente alejada de la ciudadanía y que surgen nuevos liderazgos que se pretendan ejercer desde la proximidad, Rufián ha forjado una imagen de electo cercano a través del lenguaje, tanto verbal como escrito desde su convulso y convulsivo Twitter. Ese estilo coloquial, retador, irreverente o agresivo, es una forma de interpelación a los adversarios políticos pero también y ante todo una forma de comunicación con el propio electorado o con ese sector de población más desideologizado y despolitizado, cuya conexión con lo político se realiza en un ámbito esencialmente emocional y mediante contenidos superficiales. Del mismo modo que el éxito de un blockbuster cinematográfico pasa por entender que la audiencia solo conectará con un conjunto de actores cuya edad se encuentre dentro de una horquilla determinada, los rufianes de la vida han visto que mediante según que formas llegan a lugares donde ningún otro político llega.

Desde un punto de vista más convencional, existe la preocupación de que el estilo Rufián degrade el debate político, lo convierta más en una salsa rosa que en una discusión de lo que se hace o se deja de hacer en este país en que vivimos. Un efecto innegable de este tipo de comunicación es que en sí misma es noticiable. Que Rufián utilice la palabra “gánster” es un titular en sí mismo, de modo que son las formas y no el fondo de la cuestión lo que acaba generando el titular. Eso sin duda es una mala noticia para una ciudadanía a la que se le bombardea con lo anecdótico, pero separemos las responsabilidades. Para Rufián sin duda es una victoria mediática el que su nombre acabe asociado a un titular, el que un diputado raso y minoritario como él sobresalga de la masa anónima de representantes públicos (en eso, sin duda, tiene un gran maestro en su compañero de escaño, Joan Tardà). Pero hay que tener en cuenta que la responsabilidad directa de lo que se convierte o no en titular es de los medios: la lógica seguida por los mismos es la que permite que el estilo Rufián se convierta en algo noticiable, cuando tienen a su alcance otros recursos y una gran cantidad de información que compite sobradamente en relevancia para merecer un mayor visibilidad. Dicho de otro modo, si Rufián consigue un titular con epítetos como el mencionado es por entender y aplicar a su discurso un recurso que haga más visible su mensaje, de acuerdo con la lógica que sigue actualmente la comunicación política en los medios. Y lo mismo puede decirse de las redes sociales, donde este tipo de contenidos son los que alcanzan una mayor viralidad.

Señala Juliana en su último artículo que el estilo Rufián “ha contribuido a espesar la cortina de humo que rodeará la comisión”. Tal vez sea cierto y facilite que su desarrollo sea más plácido para los investigados, pero no es el señor Rufián el que ha venido a la sala con una cortina ni el responsable de que las comisiones de investigación sean una farsa en cualquier parlamento ibérico. Y ya que estamos, podemos ser lo bastante sensatos como para reconocer son mucho más preocupantes las dinámicas que permiten la reproducción en el poder de ciertos partidos y ciertas prácticas. En ese sentido, a lo mejor el señor Rufián ha conseguido arrancar algún voto al partido en el poder con su provocador estilo y eso al menos vamos a tener que agradecérselo.