El espejo negro

José D. Roselló

La cadena británica Channel 4 va por la segunda temporada de una miniserie cuyo nombre es el título del artículo “Black Mirror[1]”, que hace referencia a ese aparentemente trivial momento en el que apagamos un cacharro electrónico y podemos ver reflejada nuestra cara en su pantalla apagada. Serie completamente recomendable que nos cuenta historias en torno a un futuro inmediato y a cómo las nuevas tecnologías pueden afectar a diferentes aspectos de nuestras vidas.

Podría encuadrarse dentro del género de Ciencia Ficción moderna, sin colonias en el espacio, sin coches volantes y sin viajes en el tiempo. Heredera en este sentido de 1984, Un Mundo Feliz, La Naranja Mecánica o la más moderna Hijos de los Hombres. Es nuestra vida a la vuelta de diez o veinte años, incluso a veces parece que antes. Inteligente, reflexiva, sorprendente, inquietante y perturbadora.

Los seis episodios son historias independientes, desarrollando tres líneas argumentales: la vida personal, la esfera de lo social y, sí, la política. De producción austera, su base son la fuerza y originalidad de lo que se narra y las sobrias interpretaciones de los merecidamente reputados actores ingleses.

¿Qué pasaría si a un mandatario mundial le obligasen bajo amenaza que no pudiera soslayar a hacer algo denigrante en TV? ¿Qué sucedería si todos pudiéramos cargar y descargar nuestros recuerdos en  un artilugio? ¿Cuál será la siguiente sofisticación de eso que llamamos “concursos de telerrealidad”? ¿Qué pasaría si un personaje caricaturesco televisivo aglutinase todo el desencanto contra un gobierno? ¿Se podría reconstruir nuestra personalidad a base de lo que vamos dejando escrito aquí y allá en Internet? Estos son alguno de los argumentos, y les prometo que la manera en que se nos plantean no puede ser más interesante y sugestiva.

No es en absoluto lejano ni hay que desplazarse mentalmente a situaciones inverosímiles. El cabo inicial de cada historia lo tenemos entre los dedos todos los días. La desazón epidérmica de no encontrar el móvil, cómo medimos la temperatura emocional con alguien no ya por su mirada o su tono sino por el tiempo que tarda en contestarnos al wassap, el microdelirio de grandeza por tener seguidores en twitter -o en un blog-, esa foto vergonzosa en facebook o en el móvil, ese odio africano o el enamoramiento con un desconocido a través de letras en una pantalla, que son las dos caras de la misma moneda. ¿Acaso no tuvo que cambiar Eurovisión sus normas para que no le mandasen mas “Chikilicuatres”? ¿No tienen las celebridades perfiles de Facebook o de Twitter especiales para que no les machaquen? ¿Sabíamos que uno podía ser  “ciberacosado”?

El rostro que mira desde el espejo negro, que sólo podemos ver cuando dejamos de ser electrónicos y apagamos para darnos un respiro nos contesta a ese “¿Dónde iremos a parar?” o “¿Que será lo siguiente?”, y lo hace como ciertos libros o ciertas películas buenas, al querer pensarla, comentarla,  sacarle punta, con alguien que la haya visto.

Ahora bien, como siempre, la realidad fue más lejos y más osada, o tan osada como la ficción. Nadie anticipó que en otra vuelta de tuerca, la autosuficiencia de las nuevas tecnologías nos permite hasta fabricarnos nuestra propia pistola en casa, cuestionando, según su creador, el monopolio de la violencia del Estado, así, en ayunas… y nos promete que sólo acabamos de empezar.

 [1]    Black Mirror puede seguirse a través del canal TNT.