El discernimiento de Francisco

Barañain

El comienzo de la entrevista no parecía prometedor. Probablemente sólo a un periodista que sea jesuita y además director de La Civiltá Cattolica  se le ocurriría arrancar preguntando a su interlocutor por  la espiritualidad que le anima en su nuevo cargo: “¿Cómo entiende el servicio a la Iglesia universal, que Ud. ha sido llamado a desempeñar, a la luz de la espiritualidad ignaciana? ¿Qué significa para un jesuita haber sido elegido papa? ¿Qué aspecto de la espiritualidad ignaciana le ayuda más a vivir su ministerio?”.  Y eso que previamente el Papa le había advertido de lo poco que le gusta  improvisar respuestas sobre la marcha. Menos mal que veinte siglos de sabiduría eclesial acumulada dan para salir airoso de eso y mucho más.

La respuesta del papa Francisco a la alambicada pregunta del periodista fue: “el discernimiento”. Y, a partir de ahí, se lanzaba a una extensa disertación sobre el significado de ese concepto para Ignacio de Loyola. Pero no es eso, claro está, lo que destacaba la propia revista, que encabezaba la entrevista con la frase que mejor resume el mensaje del nuevo obispo de Roma: “Busquemos ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos”.  Los titulares en las primeras planas de los diarios y los resúmenes  publicados no dejaban lugar a dudas sobre las ideas que animan a Francisco ni sobre su intención de dejarlas claras desde el principio de su mandato: esa debía ser la finalidad de la entrevista.

El impacto ha sido considerable y no es para menos. El papa Francisco  ve a la iglesia “como un hospital de campaña tras una batalla”,  que necesita ofrecer “cercanía” a la gente y “saber escuchar”,  porque lo que importa es “curar las heridas” que ha dejado una trayectoria obsesionada con el aborto,  el matrimonio homosexual (“No es posible una injerencia espiritual en la vida personal”) o el uso de anticonceptivos. Además, considera que la Iglesia no puede ser ella misma sin la mujer (los discursos que oigo sobre el rol de la mujer a menudo se inspiran en una ideología machista”) y, para colmo,  declara que  jamás ha sido  de derechas.

Unos días después del aldabonazo me encontré con un matrimonio amigo, católicos ambos. Salió el tema y les pregunté por eso del discernimiento ignaciano (el marido había estudiado con los jesuitas). Vacilaron y al final me dijeron que venía a ser como el “examen de conciencia”. Bromeamos con ello pues yo no creía que hablara precisamente de eso el papa Francisco – demasiado sencilla aquella explicación para la mentalidad jesuita -,  y me despedí prometiendo asesorarme mejor. Así lo hice y confirmé mis sospechas. En el contexto de la entrevista, con la mención al discernimiento el Papa se refería en realidad a la necesidad de escuchar antes de tomar decisiones. Pero la cosa carecía de importancia y luego caí en que, a su manera, esa pareja católica estaba definiendo lo que constituía el mensaje del “pecador” Francisco. O lo que ellos necesitaban reconocer en ese mensaje: un examen de conciencia sobre la trayectoria de la Iglesia Católica protagonizado nada menos que por su jefe supremo.

A los pocos días de la entrevista, alguien cercano al Papa decía que era revisable la cuestión del celibato sacerdotal y otro dejaba caer la posibilidad de que se nombre cardenal a una mujer. En realidad, el núcleo esencial de esa fe religiosa no cambia por el hecho de que se modifiquen, por ejemplo,  las normas del derecho canónico y muchas costumbres asentadas con el paso del tiempo;  la mayoría de los dogmas datan no de los orígenes del cristianismo, sino de los diferentes concilios y decisiones vaticanas y pueden cambiarse, igual que se cambió  cuando esos criterios se adoptaron. Eso parece una obviedad pero es que el poder de la Iglesia se ha consolidado precisamente sobre esa maraña de normas inventadas por papas y obispos para manipular, atemorizar y someter a su “rebaño”.

Costará mucho deshacer unos nudos que han creado distancias insalvables entre la Iglesia y millones de personas heridas por esa institución. Para ver la magnitud de la empresa, basta comparar esta mera mención a la posibilidad de revisar el celibato  -ese voto inútil, que convierte al sexo en algo sucio-, con el mensaje de un reciente antecesor de Francisco que alertaba incluso contra la mirada libidinosa del marido hacia su mujer (¿lo recuerdan?, ¡para Karol Wojtyla aquello también era pecado!). 

El periodista Juan Arias  avisa: Quienes piensan que Francisco, con su sencillez de párroco de provincia, su lenguaje llano y su sonrisa siempre en los labios es un simple o un ingenuo, se equivocan. Este Papa, que no parece Papa, ha llegado a Roma desde la periferia de la Iglesia con un programa bien concreto, cambiar no sólo el aparato herrumbroso de la maquinaria eclesial sino también resucitar el cristianismo de los orígenes”. Tal vez tenga razón; otra cosa es que lo consiga.

Muchos descreídos estarán preguntándose ya cuantos telediarios le quedan a Francisco al mando de la curia vaticana. ¿Acabarán deshaciéndose de él? Un lector anónimo profetiza en El País: “Los profanos pensamos que si además de cuestionar la condena católica a los homosexuales, los condones y el aborto, comienza a remover facturas y echar un vistazo a las inversiones… alguien tomará sus decisiones”. La imaginación desbordada a propósito del precoz y repentino fallecimiento de Juan Pablo I vuelve a florecer entre los más suspicaces. Otros, más críticos aún con la iglesia católica, tal vez prefieran que este honesto y bien intencionado modernizador dure poco pues su esfuerzo sólo conseguirá que perdure un invento opresivo cuya desaparición de la faz de la tierra les parece más factible si son dinosaurios los que lo gobiernan: una versión del tremendista `cuanto peor, mejor´.

Leo a Álvaro Pombo -en una entrevista a La Vanguardia-,  saludar alborozado el radicalismo cristiano que ve en Francisco:  “Se acabaron las banalidades retóricas de una Iglesia soberbia e intimidada, celebrando rituales incomprensibles entre columnas de Bernini y frescos de Miguel Ángel. La verdadera Iglesia –según entiendo en Francisco– está en las villas miseria, en las comisarías de policía, con la chusma”. Supongo que  algo así deben sentir muchos cristianos esperanzados, como él,  en que Francisco imponga un cambio de rumbo en su Iglesia.

El problema es que la audiencia potencial que podía tener ese radicalismo cristiano quizá está ya más fuera que dentro de la Iglesia. En el mundo católico son muchos los que – perdidas sus esperanzas de renovación -, han abandonado ese barco. El espacio católico está hoy abrumadoramente ocupado por expresiones de religiosidad o formas de entender y practicar su fe que van de lo conservador a lo muy  conservador;  en los oídos de ese “catolicismo realmente existente” chirriarán – ¿no lo están haciendo ya? -, las palabras y los gestos de Francisco. Cuando a palabras y gestos sucedan los hechos y con ellos los  cambios reales  asistiremos al ruido de sables  (metáfora castrense apropiada para el Vaticano, ahora que tiene al frente a un miembro de la Compañía de Jesús).

Por eso,  creo que la cuestión quizá ya no es si Francisco representa un intento sincero y consecuente de modernización de la Iglesia Católica; tampoco si  sabrá hacerlo o si podrá conseguirlo venciendo las inmensas resistencias que es fácil imaginar. La cuestión es si esa iglesia  llegará a tiempo o será ya  demasiado tarde para ella.

En cualquier caso, son tantos los millones de personas involucrados que es difícil no simpatizar con el intento, aún si uno –como es mi caso-, carece de esas inquietudes religiosas. Así que, haciendo acopio de discernimiento ignaciano, hago votos por el éxito de Francisco. Ad maiorem Dei gloriam, por supuesto.