El dilema francés

Lobisón

Una parte importante de los diputados socialistas franceses se han rebelado contra el giro a la austeridad impulsado por el primer ministro Valls. La pregunta sería si creen que existe una alternativa, ya que ese giro no sólo es una exigencia de Bruselas, sino una consecuencia de la mala evolución de las cifras de desempleo. El mismo presidente Hollande ha venido a decir que si no se crea empleo no vería razón alguna para presentarse a la reelección. Por supuesto, si no se crea empleo no tendría muchas posibilidades de ser reelecto, aunque lo intentara.

Pero la segunda pregunta es si puede crecer el empleo con un programa de recortes sociales, aunque se introduzcan paralelamente otras políticas y se mantenga la inversión en la educación y las universidades. No es para nada seguro, y éste es el dilema en el que se ha visto atrapado el gobierno socialista: si no hacía nada, en el actual contexto europeo, sólo podía profundizar la decepción de los electores, pero al intentar contener el gasto público defrauda a una parte importante de sus electores y de sus propios diputados.

La clave para salir del dilema debería ser un cambio en las orientaciones de la Comisión Europea, pero incluso si ese cambio se produce es improbable que llegue antes de la renovación de la Comisión a finales de este año. Y para ello sería necesario además un crecimiento del voto a la socialdemocracia en las elecciones europeas, lo que puede no producirse a causa de la decepción de los potenciales votantes socialistas no sólo en Francia, sino también en España, Grecia y otros países, precisamente los que más se podrían beneficiar de un vuelco en el Parlamento europeo y de un cambio de signo importante en la composición de la Comisión.

Mientras, la rebelión de los diputados no sólo debilita a Valls y a Hollande, sino que abre una crisis grave en el socialismo francés. Como decía Juan Linz, los electores sólo prestan atención a la dinámica de los partidos cuando se dividen y entran en crisis, pero después no les votan precisamente por haberse dividido. En ese sentido habría sido mejor la férrea disciplina con la que los socialistas españoles aceptaron el giro de mayo de 2010. Pero a la vista está que los resultados en términos de credibilidad también fueron desoladores.

Cabe temer, por tanto, que el dilema francés sea sólo un ejemplo más del callejón sin salida en el que se ha visto la socialdemocracia tras imponerse en la eurozona, y en Europa en general, la ortodoxia deflacionaria. Sólo cabe esperar que los resultados de las elecciones europeas, aunque no supongan un avance notable de la socialdemocracia, sean reveladores del desconcierto y hastío de los electores, y puedan llevar a un replanteamiento de esa ortodoxia.

Incluso un halcón fundamentalista como Jeans Weidmann, el representante del Bundesbank en el BCE, ha dado últimamente muestras de pragmatismo al considerar la posibilidad de medidas no convencionales contra la deflación de precios. Y ahora se diría que el Tribunal Constitucional alemán ha llegado a ser consciente de que hay cuestiones sobre las que debe decidir Estrasburgo en vez de Karlsruhe. Puede que este calvario interminable llegue en algún momento a su fin. La última pregunta es, si esto sucede, si estaremos vivos para verlo y contarlo.