El día que nos robaron el balón

Julio Embid

Ahora que está de moda la serie “Stranger Things” les voy a contar una historia que me pasó cuando tenía 12 o 13 años, a mediados de los noventa.

Lo primero el contexto, provengo de una familia de clase media-alta (mis padres son licenciados y funcionarios los dos), vivía en un barrio de clase media-alta de Zaragoza (La Romareda) e iba a un instituto público del Centro donde la mayoría de mis compañeros eran de clase media-alta. Pues bien, en aquel entonces hace más de 20 años, una tarde bajamos al parque de debajo de mi casa a jugar al fútbol. Creo que éramos cuatro o cinco, todos de la misma edad. La verdad es que nosotros no éramos muy de fútbol entonces sino de Risk o Heroquest pero bueno, esa tarde estábamos en el parque con un balón.

Vinieron siete u ocho chavales mayores que nosotros (tendrían unos 16 o 17 años), todos españoles, y nos quitaron el balón, en el parque de la puerta de mi casa rodeados de gente que paseaba el perro o estaba sentada en bancos. Yo, que nunca he sido excesivamente valiente, les dije que qué hacían. Me dijeron que les diera el dinero que llevaba. Como no tenía nada, uno alto me cruzó la cara de dos bofetadas. Bien dadas, a rodabrazo. Uno de mi grupo les dio quinientas pesetas y el resto dijo no llevar nada. Decidieron marcharse con su nuevo balón y sus quinientas pesetas cuando el que me dio vio que llevaba un reloj electrónico Casio bastante cutre, de los que llevaba cronómetro y luz, al que le había cambiado la correa por una de velcro que imitaba hojas y flores. -Dame el reloj. Y me lo quitó de un tirón. Apreté los dientes y me jodí, pero no lloré.

Puede que estuviésemos los cuatro en silencio unos diez minutos hasta que decidimos irnos a casa. Entré por la puerta y estallé a llorar: -Nos han robado en el parque-. Lloraba de pura rabia. ¿Por qué coño habían venido a robarnos? Si nosotros nunca nos metíamos en líos y estábamos simplemente jugando al balón. Era la rabia que da la impotencia. Quizá haya gente a la que le haga gracia que chavales de barrio les den una lección a los niños bien. A mí me molestó bastante, básicamente porque los fuertes no éramos nosotros. Le dije a mi padre que nos íbamos a la Comisaría de Policía a poner una denuncia. Llamé a mi vecino (vivía a dos portales), el que les había dado las quinientas pesetas, para que nos acompañase a poner la denuncia y dijo que no, que no era nada y por si volvían otra vez. Y le grité: – ¡No te das cuenta de que, si no hacemos nada, entonces sí que volverán cuando les dé la gana! Total, que me fui con mi padre y creo que fue la primera vez que entré en una comisaría de Policía Nacional. Cogimos un número de un dispensador de ticket, como los de la frutería y a esperar. Llevaríamos dos horas y me dijo mi padre que si volvíamos al día siguiente que era tarde. –No, hoy. Me atendió un policía mayor con una máquina de escribir, en la que tecleaba a velocidad de tortuga, clac-clac-clac y puse la denuncia: “Robo con intimidación en un parque de La Romareda de un reloj electrónico Casio cutre con una correa de velcro que imitaba hojas y flores”. Llegamos ese día a cenar casi a las 23h.

La tarde siguiente me quedé en casa. Me dio miedo salir. Les dije a mis padres que me hacía mal la tripa y me quedé viendo la tele. Se presentaron un par de policías nacionales con un par de álbumes de fotos de todos aquellos fichados y sospechosos habituales de menos de 20 años de Zaragoza. Había muchos. Reconocí a 3, incluyendo al que me soltó dos bofetadas. Resultó que los tres eran amigos de un barrio obrero del sur de Zaragoza llamado Oliver. La siguiente tarde se volvieron a presentar los mismos dos policías nacionales en mi casa con el reloj, la esfera, pero sin la correa de velcro que imitaba hojas y flores. –Sentimos chico no haber podido recuperarlo entero. Nos dijeron que el balón lo habían colgado en unas obras y que la correa se la había regalado a una chica. Si le pones otra, te lo puedes volver a poner. Ese día me sentí orgulloso de la Policía. Puse denuncia, vinieron con el álbum, los reconocí, eran ellos y a las 48 horas caso cerrado. Sé que tuvieron un juicio de faltas y les cayó algo de trabajos a la comunidad. No sé más que fue de ellos, pero cada vez que paso por el barrio Oliver pienso en cómo les habrá tratado la vida. Posiblemente peor que a mí. No creo que los de Oliver sean todos malos y los de La Romareda sean todos pobres almas cándidas. No me gusta generalizar. Sí creo que la gente no tiene las mismas oportunidades en la vida y eso para mí es injusto.

Esta semana empecé a ver la serie de Netflix “Punisher” y la verdad es que la he dejado asqueado. Verán por qué. El protagonista es Frank Castle, un superhéroe, ex marine de los EEUU, que cuando vuelve a Nueva York, ve cómo su mujer y sus hijos son asesinados en un tiroteo cruzado entre bandas de moteros y latinos. Castle decide vengarse y mata hasta el apuntador. Tortura, apalea, mata, acuchilla sin piedad. Se justifica diciendo que él sólo mata a los malos, a los que se lo merecen, pero que no mata a ningún inocente. Ah y que no cree en la justicia o en la seguridad pública. Es un justiciero que, con sus armas, es juez, jurado y verdugo. Castle es el malo porque ni el fin justifica los medios ni hay un principio de proporcionalidad en el castigo.

Un día le pregunté a un conocido argentino por qué había decidido venirse a España desde Argentina. Me dijo que sus padres habían decidido irse a vivir a Madrid el día que, con quince años, le pusieron a su padre una pistola en la boca para robarle unas zapatillas Reebok. Ese día me di cuenta de que soy de izquierdas para que a nadie le tengan que poner una pistola en la boca para robarle unas zapatillas Reebok porque en mi país cualquiera se las pueda comprar. Y es que no hay libertad o igualdad si falta seguridad. La ausencia de seguridad lleva al miedo, y el miedo al lado oscuro que, en Europa, para la clase media-alta, se llama fascismo.

Para la gente como yo es fundamental que a nadie le quiten el balón en mi ciudad, tanto o más, que alguien se gaste decenas de miles de euros públicos en la tarjeta black de un banco. Para eso pago mis impuestos, para que haya una educación y una sanidad pública de calidad, para que se luche contra la desigualdad y la pobreza a través de los servicios públicos, pero para que también haya un policía que se dé una vuelta por los parques.

Muchos nos decían, en el instituto: -yo a aquellos les hubiera partido la boca si me vienen a robar. No, no se la hubiéramos partido, porque eran más, más mayores y nosotros más miedicas. Sin embargo, creo que aquel día hice lo que tenía que hacer. Aguantar la humillación, recordar sus caras, ir a poner denuncia inmediatamente y hacer que les cogieran. Y funcionó hasta cierto punto. Desde entonces nunca llevo reloj en la muñeca.

muñecamuñeca. Por si acaso.

3 pensamientos en “El día que nos robaron el balón

  1. Interesante historia y ejemplar su comportamiento, señor Embid. Se me ocurren tantas comparaciones con el momento actual que…pero hoy, 6 de diciembre, solo quiero decir que me siento orgulloso de haber pertenecido a una generación que transformó una dictadura militar, que padecí, en una democracia avanzada gracias a la Constitución de 1978.

  2. Yo también suscribo el comentario de Polonio, a pesar de la imprecisión del articulista en la permanente tensión libertad/ seguridad.
    Pero como hoy es un día para celebrar aquel 6 de Diciembre de 1978 y que la libertad goza de buena salud entre los españoles con la inyección de moral que supuso la derrota de ETA, brindo con G. Moustaki como aquel miércoles presidido por el planeta Mercurio

    https://youtu.be/SXcTHNMBWms

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