El desasosiego moral (y 6): La auténtica claridad (in)moral

Permafrost 

Con el artículo de hoy me propongo concluir la serie que he ido produciendo con ritmo y fortuna desiguales. Apenas les haré soportar citas. Mi intención es exponer, a modo de epílogo, las ideas de base que animan mis comentarios previos. Como quizá alguno recuerde, en anteriores entregas he recogido ciertas máximas de los apóstoles de la claridad moral (“todos los terrorismos son iguales”, “los neocon no aceptan utilitarismos ni posibilismos”, etc…) y he tratado de confrontarlas con situaciones y casos concretos en los que tales formulaciones resultan penosamente inadecuadas para proporcionar una guía instructiva y veraz. La apreciación subyacente es obvia: creo que la realidad, especialmente la realidad política, es bastante más ‘sucia’ y suele imponer un curso de acción que deriva de una mezcla de principios, pragmatismo, oportunidad, compromisos y concesiones. Los pronunciamientos y ostentosas declaraciones que he venido exponiendo se expresan en un lenguaje binario (inmaculada pulcritud moral / relativismo nihilista) que no sirve para describir situaciones y comportamientos verosímiles. De este modo, se me ocurren al menos un par problemas básicos que plantea esta orgía retórico-onanista de autocomplacencia neocon.

En efecto, idealmente, caben dos supuestos fundamentales: A) que quien canta las excelencias de la moral clarividente y abjura con mucho aparato gestual del execrable relativismo rojiprogre sea en la práctica siempre y sin excepción fiel a los principios que proclama. B) que quien se conduce con tales aspavientos y alharacas para señalar las supuestas faltas ajenas incumpla, él mismo, los principios de que tanto alardea. En el primer caso nos encontramos normalmente con la figura del fanático, pues el auténtico hombre de principios sabe que en algún momento habrá de ser flexible y llegar a algún tipo de avenencia con la grisácea realidad cotidiana. En el segundo caso, tenemos simplemente al hipócrita, que persigue en cabeza ajena los males en que él mismo incurre o ha incurrido. Sin negar la ocasional existencia de fanáticos que se mortifican a sí mismos tanto como a los demás y, desde ese punto de vista, podrían al menos esgrimir cierta coherencia e integridad, en el mundo de la política, especialmente en nuestras tierras carpetovetónicas, lo que más abunda es el fariseo que súbitamente descubre que no se puede negociar con terroristas, que no se puede decir que no habrá vencedores ni vencidos, que no se pueden hacer ‘concesiones’, pero que, casualmente, olvida sus días de reuniones, acercamientos de presos, gestos de buena voluntad, ‘movimientos de liberación’, ‘ni vencedores ni vencidos’ y demás zarandajas.

[Entiéndase bien: no estoy alegando que este ‘proceso de paz’ fuera acertado o equivocado; que hubiese que negociar o no ahora con ETA… Lo que digo es que oponerse por principio (nunca se negocia) no es lo mismo que oponerse por cuestiones de oportunidad (esta es una tregua trampa, no lleva a ningún sitio). Lo que digo, por ejemplo, y sin hacer juicios de valor, es que, afirmen lo que afirmen, lo disfracen como lo disfracen, prácticamente todos los gobiernos del planeta (sí, también Estados Unidos e Israel) han hecho en algún momento eso que se llama ‘negociar’ con terroristas u ofrecerles algún tipo de concesión (sin olvidar, por ejemplo, el ‘incentivo’ que el terrorismo judío supuso para que Gran Bretaña decidiera abandonar Palestina en su día)].

Centrándome, pues, en el segundo caso, la constatación de la inmensa disparidad entre lo que los adalides de la berroqueña claridad moral proclaman (cuando se trata de empuñar valores y principios como quien rejonea al oponente) y lo que ellos mismos hacen o han hecho (cuando desempeñan o han desempeñado responsabilidades políticas), presenta a su vez, al menos, dos características reseñables.

Por un lado, el mantenimiento del discurso hipócrita suele requerir una continua contorsión del lenguaje para explicar y justificar por qué una cosa no es lo mismo que otra cosa mala, porque en realidad la primera cosa no es lo mismo que la segunda cosa, a pesar de la aparente semejanza de ambas cosas… Se trata de una variante para presuntos adultos del sencillo juego de “encuentra las n diferencias”, que todo chaval ha practicado en alguna ocasión. Por poner algún ejemplo: Los malos (ellos) torturan, los buenos (nosotros) aplicamos ‘presión física’. Los malos secuestran y asesinan vilmente; los buenos practican la “extraordinary rendition” y el “daño colateral”. Los rojos golpistas organizan guerras civiles, pero el alzamiento del 18 de julio del 36 no fue un “golpe militar fascista”, sino un “plebiscito armado de la media Nación que no se resignaba a morir” (R. de la Cierva dixit, literalmente). “El PSOE recuperó el poder cabalgando a lomos del radicalismo callejero” (Cosidó, LD, 16.4.05), en cambio, ahora, “la gente no se manifiesta porque lo ordene Mariano Rajoy, en todo caso es el PP el que en varias ocasiones se ha sentido arrastrado por la propia sociedad a salir a la calle” (Cosidó, LD, 26.11.05). Una vez que se le toma el ritmo, es facilísimo.

Por otro lado, en estrecha relación con lo anterior, la hipócrita duplicidad de principios neocon puede desembocar prontamente en el mismo mal que dice denunciar. Efectivamente, en sus peores manifestaciones, los sedicentes y más conspicuos voceros de la claridad moral incurren a su vez en un grave y desconcertante relativismo moral. Esto ocurre, en mi opinión, cuando la moralidad de un comportamiento no se refiere a la acción en sí misma, evaluable a priori, de manera generalizable y con independencia de la identidad del agente. Es decir, cuando la moralidad de un acto no puede expresarse en términos normativos en función de una serie de disposiciones vinculantes del estilo: “hacer X intencionadamente es malo��?, de modo que pueda establecerse algún tipo de juicio valorativo partiendo de una comparación entre el comportamiento y el precepto.

De hecho, lo que observamos es que (y si parece simplista es porque lo es) secuestrar, torturar y ejecutar extrajudicialmente a alguien es malo si se trata de Lasa y Zabala y quienes lo hacen son los GAL del PSOE. En cambio, si quien secuestra, tortura y ejecuta extrajudicialmente a algún musulmán en Guantánamo, Diego García, los territorios ocupados o algún otro lugar perdido de las tierras de Mordor, es el gobierno de los republicanos de Bush o de los amigos hebreos, no hay nada que objetar, es perfectamente asumible. Lo que puede deducirse es que el fariseo practicante de la claridad moral tiene un concepto personal y axiomático del bien, esto es, el bien se identifica con su persona y por referencia a sí misma. El bien es lo que hacen los buenos, sea una cosa ahora o la contraria en otro momento. Las conductas son variables, relativas, lo inmutable y permanente es la persona buena. Dada una acción, sólo podremos decir si es buena o mala tras preguntar quién la ha realizado. Así, hay dos máximas históricas que sirven de analogía a los reyes de la tragicomedia clarividente. De “el Estado soy yo��?, pasamos a “el bien soy yo��?. La otra frase no necesita arreglo alguno: “The King can do no wrong��? (“El Rey no puede hacer mal��?), fórmula medieval anglosajona que excluía dogmáticamente del mundo de las realidades jurídicas los muy materialmente reales agravios que pudieran efectuar el monarca o sus agentes. [Como inciso, si hay un momento que me parece perfectamente ilustrativo de esta actitud es el comentario de George Bush padre después de que, en 1988, el USS Vincennes, invadiendo las aguas territoriales de Irán, derribase un avión comercial de este país, matando a los 290 civiles a bordo: “I will never apologize for the United States of America, ever. I don’t care what the facts are��? (“Nunca pediré disculpas en nombre de los Estados Unidos de América, jamás. No me importan los hechos��?). Tan poco importaban los hechos que, tras su periplo persa, la tripulación del buque americano fue condecorada y los oficiales al mando recibieron medallas por su “heroico desempeño��?.] Evidentemente, un principio rector según el cual “yo soy el bien, bueno es todo lo que hago��?, resulta de una claridad desarmante e infalible y resuelve toda ambigüedad en quien lo practica. Cuál sea su moralidad, en cambio, y su legitimidad para impugnar relativismos ajenos, ya es otra cuestión.