El desasosiego moral (5): Reflexiones adicionales sobre terrorismo

Permafrost

La semana pasada comenté algunos de los lemas comúnmente esgrimidos desde las tierras donde siempre brilla la luz de la refulgente e impoluta moralidad neocon. Son fáciles de memorizar: todos los terrorismos son iguales (ergo todos deben ser igualmente tratados, Aznar dixit); lo importante no son las causas, sino los efectos; es un error buscarle explicaciones al terrorismo… y similares. Armado con estos sencillos principios fundamentales, expongo a continuación algunos elementos de hecho para los que, supongo, dichos principios habrían de encontrar fácil acomodo. Adelanto, no obstante, que el resultado es más bien el contrario: sumirme aún más en el desconcierto y la inquietud. El 12 de junio de 1964, Nelson Mandela y otros líderes antiapartheid sudafricanos fueron condenados a cadena perpetua por los cargos de sabotaje y conspiración. En 1961, Mandela fue el responsable de la creación del brazo armado del African National Congress (ANC), el Umkhonto we Sizwe (MK), dando un paso trascendental frente a la tradicional política de resistencia pacífica de la primera organización. Fueron años tumultuosos, en los que el Gobierno racista de Pretoria promulgó severas disposiciones legislativas: la Sabotage Act de 1962, que preveía castigos desde los 5 años de prisión hasta la pena de muerte; la General Law Amendment Act de 1963, que suspendía el derecho de habeas corpus y permitía a cualquier oficial de policía detener a cualquier persona sin mandamiento judicial basándose en la mera sospecha de ser responsable de un delito político (los detenidos podían permanecer hasta noventa días sin acceso a un abogado, sin cargos y sin juicio); Winnie Mandela fue detenida en 1969 con arreglo a la Terrorism Act de 1967, que extendía las facultades gubernamentales de detención sin asistencia letrada ni juicio… En realidad, la USA Patriot Act no inventó nada nuevo.

En el año 2000, con ocasión de su candidatura a la vicepresidencia, fue objeto de cierta atención periodística la actitud de Dick Cheney en los años ochenta en relación con el apartheid. Al parecer, siendo congresista, el Sr. Cheney había votado en contra de la House Resolution 373 (agosto de 1986), por la que se instaba al Gobierno de Sudáfrica a reconocer al ANC y establecer negociaciones políticas con él, así como a liberar a Nelson Mandela y otros líderes encarcelados. Cheney señaló que no tenía ningún problema de conciencia, pues el ANC era considerado entonces por muchos una organización terrorista. Ciertamente, repasando los debates del Congreso, queda claro que el ejercicio de la violencia por parte del ANC era uno de los principales argumentos aducidos para votar en contra (el otro argumento básico, típicamente americano, eran las supuestas relaciones del ANC o sus líderes con la Unión Soviética o el comunismo, en general). En cuanto a si el ANC era una organización terrorista, no cabe duda de que tal era la opinión del régimen de Pretoria. Que eso distaba de ser una percepción general lo demuestra el hecho de que la Resolución del Congreso recibió una votación de 245 a favor y 177 en contra, insuficiente, sin embargo, para vencer el veto presidencial (incidentalmente, procede recordar que Reagan, considerado un campeón de la libertad por Aznar, Jiménez Losantos y otros pobladores habituales o esporádicos de Libertad Digital y demás foros de la moral clarividente, se opuso de forma sistemática a imponer sanciones al régimen sudafricano; la Comprehensive Anti-Apartheid Act de octubre de 1986 fue aprobada superando el veto del presidente; fue la primera vez en todo el siglo XX que una medida de política exterior se aprobaba venciendo tal veto). Atendiendo al desarrollo de los acontecimientos, es obvio que algunos estuvieron en el lado equivocado de la Historia y la falta de autocrítica amparada en que uno no sabía entonces lo que ahora sabe parece un clásico. No obstante, la situación se complica favorablemente para Cheney y compañía, si tenemos en cuenta las conclusiones de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación establecida en Sudáfrica, según su informe de 1998. Dicho informe contiene un capítulo dedicado al ANC y organizaciones afines que pone de manifiesto la comisión de graves violaciones de los derechos humanos por parte de éstas (por otro lado, también contiene una discusión sobre ‘causas justas’ y ‘medios justos’ que no encuentra fácil encaje dentro del simple marco establecido por los lemas neocon que nos ocupan). Algunas de estas violaciones de derechos humanos incluían asesinatos y atentados mortales con explosivos, lo cual, en efecto, no debería eludir, una vez más según los lemas que examinamos, la calificación de terrorismo y, desde ese punto de vista, merecería el mismo trato que, pongamos por caso, el terrorismo de ETA o el de Al Qaeda. Puede resultar una conclusión políticamente incómoda, pero formalmente inapelable. Por otra parte, respecto a Nelson Mandela, también queda una vía de argumentación. El problema, se dice (y se dijo en los debates sobre la Resolución de 1986), era el ANC, no Mandela. Según Cheney y otros, si no se hubiera vinculado su liberación a la negociación con el ANC, dicha liberación habría recibido, aparentemente, un mayor apoyo. Y es que, efectivamente, antes de la detención de Mandela, el MK, bajo su responsabilidad, se limitó a actos de sabotaje (incluyendo el ataque con explosivos a instalaciones civiles), sin pérdidas de vidas humanas. Supongo que esto sería “terrorismo callejero��? en el País Vasco, pero parece que habría menos escrúpulos morales para considerar a este líder un interlocutor legítimo con vistas a una negociación con el Gobierno sudafricano.  Sin embargo… Estamos hablando de valores y “claridad moral��?, no de preferencias adaptativas. Es decir, el juicio moral que nos merezca un agente no debe limitarse a considerar exclusivamente sus actos posiblemente influidos por consideraciones de oportunismo estratégico, sin atender a los principios que los animan. Recuérdense algunas citas que referí en el tercer artículo de esta serie [“Lo que diferencia a los neoconservadores de sus compañeros de viaje es el rechazo al utilitarismo, al pragmatismo y al simple ocasionalismo��? (GEES, LD, 12.1.07). “A la hora de la verdad, el bien y el mal son opciones incompatibles. Un dilema moral no admite posibilismos, argucias utilitaristas ni cálculo de beneficios hipotéticos��? (Benigno Pendás, ABC, 7.3.07)]. Pues bien, en su obra autobiográfica “Long Walk to Freedom��? (1994), Mandela ofrece las siguientes reflexiones sobre la lucha contra el apartheid: “Algunos abogaron por la no violencia por razones puramente éticas, alegando que era moralmente superior a cualquier otro método. Esta idea fue sustentada con firmeza por Manilal Gandhi, el hijo de Mahatma. […] Otros dijeron que deberíamos enfocar el asunto no desde el punto de vista de los principios, sino de la táctica, y que deberíamos emplear el método que requiriesen las circunstancias. […] Esto hacía que la no violencia fuese una necesidad práctica, más que una opción. Éste era mi punto de vista, yo consideraba la no violencia según el modelo Gandhiano no como un principio inviolable, sino como una táctica que había de emplearse según requiriese la situación��? (pp. 146-47). “En la planificación de la dirección y la configuración del MK, consideramos cuatro tipos de actividades violentas: sabotaje, guerra de guerrillas, terrorismo y revolución. […] Puesto que el ANC había sido reticente a emplear violencia alguna, tenía sentido empezar con la forma de violencia menos dañina para las personas: sabotaje. […] Esperábamos que, de esta manera, llevaríamos al Gobierno a la mesa de negociaciones. […] Pero, si el sabotaje no producía los resultados que queríamos, estábamos dispuestos a pasar a la siguiente fase: guerrilla y terrorismo��? (p. 336; el subrayado es mío). Como dato adicional, cabe señalar que el mencionado informe de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, recoge una ‘Declaración de Responsabilidad’ de 1997 de la dirección del ANC, por la que éste asume plena responsabilidad política y moral por los actos cometidos por sus miembros y organizaciones asociadas (incluyendo el MK) entre 1960 y 1994 (pp. 271-72). Así pues, partiendo de las formulaciones generales que refiero en las primeras líneas y confrontándolas con los hechos hasta aquí expuestos, mi desasosiego moral de hoy se resume en un par de interrogantes: ¿Puede ser que la valoración de Mandela como una de las mayores y más venerables figuras políticas del siglo XX (apreciación con la que estoy plenamente de acuerdo) y no como la de un terrorista “igual��? que todos los demás (de Txapote a Ben Laden), dependa de la contingente circunstancia de haber sido detenido antes de poder poner en práctica acciones que su propia organización llevó a cabo sin que él se opusiera por principio y que con toda probabilidad habría asumido de haber estado en libertad? ¿O a lo mejor es que todos estos lemas neocon tan atractivos no sirven para explicar, abordar o aportar respuestas útiles a la complejidad del mundo real? No sé, a mí todo esto me deja muy confuso.