El desasosiego moral (1): el descubrimiento de los valores

Permafrost

Tom Engelhardt, un lúcido comentarista estadounidense al que sigo la pista desde hace tiempo, escribió en junio de 2005 un artículo cuyas primeras líneas resultan muy pertientes para mi texto de hoy: “Desde hace al menos 30 años, la derecha ha luchado, el Partido Republicano ha hecho campaña y, más recientemente, la Administración Bush ha proclamado su victoria frente al ‘relativismo moral’ de los liberales��?. Parece que la globalización también afecta al argumentario de la lucha partidista hispánica. La frecuencia con que, en la presente legislatura, la derecha española ha venido denunciando la falta de valores, el relativismo o el nihilismo de la izquierda, en general, y de Zapatero, en particular, resulta desconcertante.

Empezando por el prócer de más alargada sombra (“no tenemos al frente del Gobierno un político que tenga ni convicciones ni sentido de la responsabilidad”, Aznar, 26.9.05) y su delfín (“[Zapatero carece de] claridad de ideas, de unos principios y unas convicciones firmes”, Rajoy, 1.10.06), y continuando por el coro político-mediático habitual, parece un hecho establecido que sólo la derecha defiende con firmeza los principios, unos principios, algo, lo que sea: “No se trata, en todo caso, de una confrontación entre valores distintos sino más bien de una lucha entre una política basada en principios y una política basada única y exclusivamente en el poder. El objetivo de la izquierda no es imponer unos valores alternativos de los que carece […]. La aspiración parece ser poder alumbrar una sociedad sin valores” [Ignacio Cosidó, senador del PP, en Libertad Digital (LD), 12.11.05]. “El socialismo español rechaza el ámbito de autonomía del individuo, de la misma forma que trata de arrinconar en el desván de la historia el legado judeocristiano de principios y valores que ha cimentado el desarrollo de Occidente y que está en la base de la democracia liberal. Frente a este legado no tienen un programa alternativo, por lo que optan por animar una actitud relativista: nada es verdad ni mentira, todos tenemos algo de razón; nadie es plenamente culpable o inocente, no existe el bien y el mal. […] La falta de valores, el rechazo a la cultura heredada, lleva hacia una crisis institucional. […] El uso de la fuerza es siempre un sacrificio. […] Pero cuando no cree en estas ideas, o la creencia es limitada, difícilmente se puede estar dispuesto a correr riesgos” (Bardají y Portero, LD, 26.12.05). Rafael L. Bardají, al frente del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES), colaborador de LD, vinculado a la FAES y columnista ocasional de ABC, se explaya también en un reciente texto cuyo sagaz título se presta a equívocos (“Los neocon son de Marte, la izquierda es de Chueca”, LD, 16.2.07): “Los neocon son, simple y llanamente, […] unos realistas con principios. […] No nos vale el relativismo imperante, al que se aferran la vieja y la nueva izquierda actuales, según el cual todo es lo mismo […] desde el burka al Día del Orgullo Gay. […] Para la izquierda, cierto, no hay nada que valga la pena defender –y mucho menos a través de las armas–, porque no cree en nada. Pero nosotros sí contamos con unos principios que consideramos debemos preservar, incluso expandir. […] Todos tenemos una ideología. […] El problema es que unos cuentan con la ideología apropiada y otros con la equivocada. […] [Nosotros] sí creemos que se puede derrotar a las fuerzas del mal, a nuestros enemigos. […] Hoy, igual que entonces [hace veinte años], estamos en guerra. […] La izquierda es cobarde y cínica. […] Europa, de la mano de la socialdemocracia, el socialismo [etc.], se ha convertido en una fábrica de descreídos […], ha generado una cultura hedonista del aquí y ahora que ha borrado por completo de nuestra mente colectiva ideas como el sacrificio personal, la responsabilidad por nuestras acciones o, incluso, el respeto a la familia. […] La izquierda se ha convertido en el opio del pueblo, al que quiere tener entretenido con su travestismo infantil. Todo es buenismo y sonrisas. […] No, no hay alternativa práctica a los neoconservadores”.

Esto es lo que los americanos de bien denominan la moral clarity, y no ha faltado quien acoja con arrobo tal concepto en nuestro suelo. Así, recientemente, con motivo de un libro de Natan Sharansky (“Alegato por la democracia”), una entrevista laudatoria en Libertad Digital (31.5.06) servía para recordar, entre otras cosas, que “abunda la falta de claridad” y que “el antisemitismo tradicional del medievo […] se ha encontrado con [el] antisemitismo de la izquierda europea”. Y Edurne Uriarte titulaba precisamente así, “la claridad moral��?, su columna en ABC del mismo día, donde daba igualmente cuenta de tan “impresionante��? ensayo, lamentando “el apaciguamiento, la negociación con los violentos, el pragmatismo, la confusión ideológica”: “una y otra vez, la misma historia, ahora en nuestra negociación con los terroristas: la falta de claridad moral”. Y es que ya no se trata, o no principalmente, de discrepar acerca de las competencias de la Generalitat sobre el aeropuerto de El Prat o sobre la mejor manera de abordar la política penitenciaria. Ya no es una cuestión de divergencias de conveniencia u oportunidad, de disparidad de criterios en cuanto a medidas o actuaciones concretas. Se trata poco menos que de salvar España y la democracia: “Los españoles perciben que lo que se está poniendo hoy en riesgo es nada menos que la España de la libertad” y “en este envite está en riesgo no sólo la supervivencia del Estado de Derecho en nuestro país, sino la propia supervivencia de la Nación y del Estado que la da forma” (Cosidó, LD, 22.10.05 y 27.8.05). Son nobles fines que encuentran su correlato amenazador en el peligro tantas veces anunciado de la balcanización, el cambio de régimen, y la claudicación (Aznar, entre otros, dixit), mantras con los que se denuncia el decaimiento moral del actual inquilino de la Moncloa y de su inane Gobierno. De hecho, esta contumacia es en sí misma un síntoma de la polarización y el encono políticos del momento. Es un fenómeno conocido que los individuos particularmente comprometidos con determinadas cuestiones de alcance social consideran a menudo que sus valores y las preferencias derivadas de éstos se basan en la auténtica percepción de la “realidad objetiva”, de forma que otras políticas o posturas muy distintas de las suyas reflejan, por tanto, una ausencia de estos valores o una menor adherencia a ellos o, tal vez, simplemente una mayor adherencia a los dictados del interés. De este modo, uno se afianza en su autoestima mediante la identificación positiva con los valores que se esgrimen de forma conspicua. En realidad, existe algo casi entrañable en la berroqueña vehemencia con la que se prodigan estos alegatos morales, una conmovedora comunión de neoconversos en abnegada cruzada redentora. No hay nada como experimentar una intensa animosidad hacia algo o alguien para que brote un reactivo “descubrimiento��? de los valores. Se galvanizan fuerzas y corrientes íntimas tal vez aletargadas, se lucha por una meta que trasciende la banalidad cotidiana, se definen las líneas, se perfila, en suma, la “claridad moral��?. Pero, complementariamente, se produce una identificación negativa con los terceros, una exclusión del oponente que facilita su envilecimiento, la proyección en él de todas las fantasías purgativas que, en última instancia, contribuyen a exorzizar la presencia del mal, un mal que siempre nos es ajeno, que pertenece al otro y en el peor de los casos justifica nuestros eventuales excesos.

No pretendo disponer de una tesis acabada, ni contar con respuestas a los interrogantes que este problema me suscita. Observo, simplemente, que en muchos asuntos mis preferencias se alejan de las soluciones que los neocon plantean. Debería, por tanto, concluir que soy un amoral, un inmoral o incluso tal vez “de Chueca��?, algo aparentemente mucho peor. Pero ocurre que me considero un agente moral. Y no sé si soy zurdo, diestro o de en medio, pero sí estimo que profeso ciertos principios. Percibo, además, que esos principios coinciden precisamente con los que algunos dicen defender postulando medidas no sólo diametralmente opuestas a las que yo apoyaría, sino en abierta contradicción con cualquier concepto básico de lo que esos principios significan según mi criterio. De manera que, pobre de mí, ante determinados hechos y dichos, lejos de la claridad moral de la que gozan algunos agraciados, siento una genuina confusión, un auténtico desasosiego moral que espero exponer, no resolver, de forma más concreta en próximos comentarios.