El dedo y la luna

Jon Salaberría 

Con la audiencia a Pedro Quevedo Iturbe, diputado electo de Nueva Canarias en las listas electorales del Partido Socialista Obrero Español, el rey Felipe VI comenzaba este pasado lunes la ronda de contactos con los representantes de las fuerzas políticas parlamentarias de cara a la que sería primera sesión de investidura del Presidente del Gobierno, conforme al mandato expresado en  las urnas el pasado 20 de diciembre. Una ronda de contactos realmente histórica: por vez desde la instauración de la monarquía parlamentaria en España hay dudas razonables en torno a la decisión a tomar por el Jefe del Estado en la propuesta de candidato al Congreso, porque ya no es (o no tiene por qué ser, necesariamente) la cantada designación del candidato de la formación ganadora, y porque la candidatura propuesta (o candidaturas sucesivas) no tiene o tienen garantizada la investidura por parte de la Cámara Baja. Es más: la lógica designación del candidato de la formación más votada, Mariano Rajoy Brey, sería a priori rechazada por contar sólo con la exigua mayoría simple de los populares y, a lo sumo, con la abstención de Ciudadanos. Se abre, por primera vez, el horizonte de una segunda propuesta tras el eventual rechazo del Congreso a la candidatura de Rajoy, y que sería (previsiblemente) la del líder de los socialistas, Pedro Sánchez Pérez-Castejón, que contaría con igual dificultad a la hora de concitar la complicada conjunción de votos a favor y de abstenciones que le convertiría en el tercer Presidente del Gobierno socialista desde la Transición. Por primera vez también en nuestra reciente historia política, cualquier especulación sobre terceros candidatos, con paso a un lado de los primeras espadas de Partido Popular y Partido Socialista, incluso la designación de un Monti a la española, dejan de considerarse ciencia-ficción política para entrar en la categoría de lo posible.

De nuevo, en menos de un mes, como ocurrió en plena campaña electoral, el Partido Socialista se convierte  en el protagonista del debate. Lo fue durante los días previos a la decisión ciudadana porque sus todavía notables caladeros de voto eran objeto de deseo de sus adversarios a izquierda y derecha, especialmente los denominados emergentes, y lo es ahora porque la aritmética ha colocado al viejo partido de Pablo Iglesias Posse en una posición de centralidad en las decisiones que le convierte en determinante pese a estar, no lo olvidemos, ante el peor de los resultados electorales de su historia. El Partido Socialista es, a a día de hoy, la única fuerza política con capacidad de llegar a acuerdos en una nueva época en la que teóricamente la idea nuclear de consenso debe presidir, como en 1977-1979, las relaciones entre agentes políticos en un ámbito marcado por la coralidad, si me permiten, del conjunto. Alejados ya del esquema bipartidista imperfecto que ha caracterizado nuestra vida política durante décadas. 

En estas coordenadas, la presión asfixiante es la contrapartida de una posición política que debería ser de ventaja. Presión en un solo sentido que se desata desde la misma noche electoral del 20 de diciembre. No es nada que se escape a cualquier observador objetivo de la realidad: la palabra clave es estabilidad. Desde la atalaya de algunos de los grupos mediáticos más importantes del país, desde el balcón del IBEX35, desde la clara perspectiva de nuestros economistas más ortodoxos y, cómo no, desde el sentido de Estado de las baronías territoriales del Partido Socialista, se insta a Pedro Sánchez a desistir de su anunciada intención de presentar candidatura a la Presidencia del Gobierno, en tanto en cuanto su hoja de ruta pasa por el acuerdo con un heterogéneo magma formado por Podemos, sus confluencias y las formaciones nacionalistas periféricas que implicaría cesiones intolerables que pondrían en peligro el proyecto común de España basado en las ideas de unidad u solidaridad. Las soluciones irían desde la conformación de un ejecutivo de gran coalición que implique la participación de Partido Popular y de Partido Socialista, con apoyo e implicación (más o menos activa) de Ciudadanos, hasta la menos comprometida opción de la abstención socialista a la investidura de un/a candidato/a del Partido Popular con apoyo de Ciudadanos, pasando de forma inmediata a la oposición. La meta no es otra que la de obtener el nihil obstat de los mercados y de Europa a un ejecutivo estable y convencional que aporte seguridad. Seguridad para no poner en peligro la recuperación económica en ciernes y para responder con contundencia al desafío soberanista catalán y su enésima vuelta de tuerca con la elección de Carles Puigdemont al frente de la Generalitat en el último minuto de la prórroga. El aldabonazo periodístico lo dio el 12 de enero nuestro inefable Juan Luis Cebrián, sugiriendo el apoyo socialista a un PP sin Mariano Rajoy, reivindicando además la posibilidad de implementar políticas sociales concretas que acaben con los efectos perversos del denominado austericidio, promuevan la lucha contra la desigualdad y contribuyan al rescate de las clases más desfavorecidas. Con este discurso, la presión se multiplica. La situación interna del Partido Socialista y la explosión de las hostilidades por el liderato forman parte de este teatro.

En mi opinión, la decisión de no apoyar, ni tan siquiera de forma indirecta con una abstención, al Partido Popular, está plenamente justificada. Ayer mismo, entrevistado por Radio Nacional de España, Mariano Rajoy volvió a instar a Pedro Sánchez al acuerdo, pero hizo visible el rostro del Partido Popular de cuatro años de legislatura (2011-2015) con mayoría absoluta, haciendo uso grosero de rodillo y del decretazo. Su negativa a dialogar, tan siquiera, sobre compromisos nucleares de derogación comprometidos en la campaña socialista, como son la reforma laboral, la Ley Mordaza o la LOMCE, delimita claramente el campo. Sólo la apelación al patriotismo. Y eso es poco, muy poco, para una formación que incluso en su peor momento ha llevado por bandera el cambio político. El apoyo socialista a la continuidad de los populares en el gobierno de España supondría el suicidio político. El Partido Socialista no se puede convertir en apéndice de los populares en un gobierno de gran coalición, y perdería su credibilidad pasando a la oposición tras una abstención en la investidura. El NO debería ser una decisión firme. Pero… la batalla interna del Partido Socialista está a días tan sólo de recrudecerse.

La cita: 30 de diciembre. Comité Federal. A ella acude un Pedro Sánchez firme en su oferta de gobierno de cambio sustentado en una agencia social que refuerza, en días oscuros, el perfil tradicional de la formación. Un mensaje nítido a las fuerzas emergentes, principalmente Podemos por su coincidencia programática, pero también a Ciudadanos por su énfasis en las cuestiones de regeneración democrática y de reforma institucional. Una agenda que parece insuficiente para la conformación de un gobierno, porque la cuestión territorial determina cualquier posibilidad, pero que sirve para reforzar la posición política de un secretario general en la cuerda floja y la imagen de un partido alejado de su electorado tradicional desde hace años.

Un Comité Federal que se puede convertir en unos idus de marzo adelantados en los que las sensibilidades de las baronías y del aparato territorial se impongan a la del secretario general con un convocatoria congresual a la que se acudiría con perspectivas de aclamación, y no sería precisamente la del secretario general, el primero (no lo olvidemos) elegido por sufragio universal y secreto de la militancia, no por delegados cooptados de las diferentes territoriales. (*)

Dice el viejo proverbio que cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo. Hay un aparato de partido, reacio a poner en peligro su posición y más reacio aún a cambiar sus cauces formales de funcionamiento, pero dispuesto a mirar el dedo de una cita congresual que quedaría fuera de la atención de la opinión pública. Si hay algo que ha determinado el resultado electoral del 20 de diciembre pasado es el giro de todos los focos sobre una sede parlamentaria desacreditada desde hace años, convertida en una nueva luna política. Si los socialistas españoles dedican el tiempo a su congreso, dejarán que la visibilidad de una alternativa de gobierno beneficie a las principales figuras políticas de las fuerzas emergentes. Si Pedro Sánchez Pérez-Castejón goza del margen de confianza suficiente para desarrollar su agenda para el cambio en la sede de la soberanía nacional y con todas las miradas puestas sobre él, el Partido Socialista sería el beneficiario absoluto de esa visibilidad política, amén de poner de manifiesto las imposturas y contradicciones de los emergentes, de esas fuerzas que dicen tener el monopolio del impulso del cambio. Será especialmente Podemos quien tenga que optar por una agenda posibilista para afrontar las situaciones de emergencia social  que (afirman) están en la base de su génesis, o sucumbir a la presión de sus conflictos internos y de sus compromisos territoriales.

La perspectiva, en ese caso, es la de las elecciones anticipadas. Una cita a la que el Partido Socialista acudiría muy reforzado si se sigue el guión que el secretario general diseñó y expuso al anterior Comité Federal.

Como afirma Ramón Cotarelo, la acariciada (y asimismo oculta intención de Podemos de ir a nuevas elecciones porque, en el fondo, lo que pretende es el sorpasso del PSOE ya no está tan clara. Pretendían repetir los comicios culpando a los socialistas de todo, incluso de que ellos no puedan incumplir el Reglamento y contaban con que les saliera bien. Pero los territorios se les han sublevado, su patraña ha quedado al descubierto y es altamente improbable que puedan repetir las confluencias en ellos. Es decir, si van a nuevas elecciones no ganarán; perderán. Y esta vez no podrán disimularlo. Pero para visibilizar tanto un programa de gobierno que pronto se convertiría en programa electoral como las contradicciones del adversario, los esfuerzos deben enfocarse en esa tarea, y no diluirse en la enésima contienda por el poder interno. Como mantiene Juan Carlos Escudier, la solución in extremis al diálogo CUP-Junts pel Sí, lejos de forzar la presión sobre Pedro Sánchez para apoyar un gobierno de gran coalición, le otorga fuerza para forzar, por el contrario, el acuerdo con Podemos. ¿Entendería el votante de izquierdas que la convocatoria de referéndum fuese la línea roja para formar gobierno en España cuando el nuevo Govern ya ha sobrepasado esa exigencia? ¿Admitiría el votante de izquierdas que la falta de acuerdo echase por tierra los planes de emergencia social y la derogación de las reformas del PP? Así, Sánchez está en condiciones de esgrimir estos argumentos a sus potenciales aliados y ante la opinión pública. En el manejo de los tiempos y su habilidad para trasladar que no será el PSOE el culpable de una ruptura de las negociaciones que den al traste con un hipotético gobierno de izquierdas tiene “Pedrito” la oportunidad de salvarse. Llegados a este punto, es muy posible que el pacto sea inevitable.

El secretario general del Partido Socialista, pues, está ante la posibilidad de hacer de la necesidad, virtud. La opción alternativa es la del enésimo enroque de una organización que pasaría de la crisis al estado terminal. Creo sinceramente que sería la peor.  

Ojalá le den un respiro. 

(*) Existía un Plan A y existía un Plan B, como bien señala Jorge Bezares, ante el resultado del 20D. El Plan A hubiese consistido en la dimisión de Pedro Sánchez la misma noche electoral, como Joaquín Almunia en 2000. Falló un presupuesto: el sorpasso no se produjo. Esa misma noche, una candidata concreta hubiese sido aclamada como segura salvación del Partido. El Plan B consiste en llevárselo por delante en un congreso en el que se hurtará a militantes y simpatizantes la posibilidad de elegir directamente a su secretario general. Para ello, se necesita de la ventaja que aporta el manejo del aparato, porque la candidata en cuestión jamás competirá en buena lid si no tiene asegurada al cien por cien la victoria. Es lo de siempre, y como afirma Bezares, sería acabando con la posibilidad de renovación y de recuperación de terreno en las ciudades. En la estela, pues, del PASOK griego.