El crecimiento de la desigualdad de renta y riqueza en los países más desarrollados

Magallanes

El  pensador inglés Zigmunt Bauman, en su libro “¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?”(Babelia ,18.01.14), sostiene que “hace 20 o 30 años las desigualdades entre las sociedades desarrolladas y las que no lo eran crecían, mientras que la desigualdad en el interior de una misma sociedad desarrollada disminuía, y creíamos que con nuestro Estado de Bienestar habíamos solucionado el problema de la desigualdad. Pero, desde entonces, en el interior de las sociedades ricas las desigualdades se están disparando. Hay informes que dicen que en EE UU estas desigualdades están llegando a los niveles del siglo XIX”. Y prosigue: “Es evidente que las clases medias se están empobreciendo. Podemos hablar más que de proletariado de precarizado, porque viven en una situación cada vez más precaria. Desde la última crisis, ha desaparecido la certeza de que, teniendo trabajo hoy, puedan tenerlo en el futuro.” Finalmente señala que “hoy sabemos que la felicidad no se mide tanto por la riqueza que uno acumula como por su distribución. En una sociedad desigual hay más suicidios, más casos de depresión, más criminalidad, más miedo.”

En su artículo “Por qué la desigualdad importa” (INYT, 17.12.13), P. Krugman plantea que, según algunos economistas, para salir de la crisis basta con  conseguir que haya crecimiento y es innecesario preocuparse de cómo se distribuye ese crecimiento. Por supuesto, opina que este planteamiento está equivocado. Sostiene que “la desigualdad  probablemente jugó un papel importante en que haya tenido lugar la crisis económica y ha jugado también un papel crucial en nuestra incapacidad para resolverla. Los estadounidenses son mucho más pobres hoy que antes de la crisis económica. Para el 90% de las familias, precisamente las que ocupan la parte inferior de la escala de la distribución de la renta, el empobrecimiento se ha reflejado no solo en recibir una menor proporción de la Renta Nacional sino también en que esa Renta Nacional ha disminuido. ¿Cuál de los dos fenómenos ha sido más importante? La contestación es que ambos han influido a la par. En los últimos 6 años la desigualdad ha crecido tan rápidamente como ha disminuido la Renta Nacional. Pero si consideramos un periodo de varias décadas, el crecimiento de la desigualdad ha sido el factor más importante para explicar el empobrecimiento de la clase media.”

Y añade Krugman:”Una mayoría de economistas asume actualmente que fue el espectacular crecimiento de la deuda de las familias la base de la Gran Recesión y que este crecimiento de la deuda y el crecimiento de la desigualdad están relacionados (no está demostrado, pero es muy probable). Desde luego que a lo largo de la crisis, el continuo flujo de renta desde la clase media a una élite, tuvo como consecuencia la disminución  de la demanda de consumo, por lo que la desigualdad está ligada tanto a la aparición de la crisis como a la debilidad de la recuperación que siguió a la misma.” Krugman, por tanto, considera que cuanto mayor sea la desigualdad, menos probabilidad hay de que la recuperación de la recesión consiga alcanzar el nivel anterior de renta y además, que sería frágil para hacer frente a cualquier nuevo shock.

En su artículo “¿Afecta la desigualdad al crecimiento económico?” (El País, 11.01.14), Jesús Caldera expone que: “Las evidencias de que el aumento de las desigualdades tiene efectos negativos en el crecimiento económico se acumulan y hoy gana adeptos la posición de considerar que los objetivos del crecimiento económico y la reducción de desigualdades van de la mano y que los gobiernos pueden y deben intervenir para conseguirlo. Cita como evidencia histórica que en EE UU  la rebaja de impuestos a los mas ricos en el periodo de principios de los años 80 (Reagan) y el periodo de Bush en el 2000 generó un crecimiento económico inferior al del periodo 1993-2000 (Clinton), en que se aumentó la presión fiscal a los mas favorecidos y crecieron las políticas redistributivas.

Y señala que: “Múltiples investigaciones (Hovell, Bernstein, Kluger) muestran que a mas desigualdad, menos inversión en educación, con un efecto muy negativo en el crecimiento económico a largo plazo.” E indica que: “ Es evidente que los niveles de desigualdad han aumentado en el mundo desarrollado en las últimas décadas con perniciosos efectos sobre la movilidad social, generando crecimientos económicos más frágiles y haciendo más frecuentes las recesiones en aquellos países dónde esos niveles son más altos. Y la situación sigue empeorando. En EE UU, en las décadas de los 60 y 70, el 10% de ciudadanos con mayor riqueza  acaparaban el 30% de la Renta Nacional y  hoy se hacen con el 50%. También en EE UU, el aumento de Renta Nacional generado en los últimos 30 años ha ido a parar al 1% más rico. En el conjunto de países miembros de la OECD, el 10% de la población más rica tienen unos ingresos 9 veces superiores a los del 10% más desfavorecido.” Y concluye: “Para mejorar el crecimiento económico se pueden, y se deben,  reducir las desigualdades. Con un modelo fiscal más equitativo, inversiones estratégicas en educación, investigación  e infraestructuras.”       

¿Cuáles han sido las causas de esta creciente desigualdad dentro de las sociedades avanzadas?  Una de ellas es la globalización  de la producción de bienes y servicios que permite importar bienes de países con sueldos muy bajos, lo que ha supuesto que en los paises desarrollados la producción de bienes y servicios se haya eclipsado por su alto coste laboral siendo su consecuencia el empobrecimiento de la clase media. Hay otras  importantes como la disminución de la presión fiscal a los ricos, los paraísos fiscales o los recortes en sanidad y educación. Pero a continuación me concentro solo en una de estas causas. Es opinión general que desde su comienzo a finales del siglo XVIII, la era industrial  ha permitido multiplicar los puestos de trabajo en sus sucesivas etapas. Pero puede que desde finales del siglo XX ya no lo esté haciendo en los países más desarrollados.   

Esta es la hipótesis del libro de Brynjolfsson y McAfee, “La segunda era mecanizada”. Los autores, frente a la pregunta ¿ha habido una sola era industrial o hay dos eras industriales diferenciadas?, sostienen que son dos. La primera era industrial, cuyo comienzo se sitúa en la utilización de la máquina de vapor, supuso la sustitución de obreros artesanos por obreros industriales. Y posteriormente, los sucesivos saltos tecnológicos inducidos por la producción de electricidad y la máquina de combustión de hidrocarburos, fueron sustituyendo gradualmente un tipo de obrero industrial que utilizaba un mayor esfuerzo muscular por otro tipo de obrero industrial que, con un mucho menor esfuerzo físico, manejaba máquinas más sofisticadas. Pero las sucesivas máquinas requerían siempre que una inteligencia humana  tomase decisiones sobre su funcionamiento. Había una complementariedad entre trabajo del hombre y mecanización.

En la segunda era mecanizada, sin embargo, los autores sostienen que se están automatizando las funciones cognoscitivas necesarias  para dirigir las máquinas. Inicialmente, con la robotización del proceso industrial, se llegó a un mínimo de esfuerzo personal y también de supervisión de su funcionamiento. Con la creciente informatización de la inteligencia, en los procesos productivos hay un ordenador central que detecta cuando empieza a producirse una disfunción o avería en el complejo equipo mecanizado que gobierna. E incluso puede tomar decisiones sobre cómo encauzarlo nuevamente hacia el equilibrio. Antes, eso era responsabilidad de un equipo humano. La complementariedad entre humanos y cerebros electrónicos se ha tornado en sustituibilidad. En definitiva, en los países más desarrollados, el crecimiento económico no crea nuevos puestos de trabajo. Toda la labor productiva en la que predomina el  trabajo muscular se ha derivado a los paises subdesarrollados o ya emergentes, dónde grandes masas han salido de la subsistencia encontrando empleo gracias a la industrialización. 

Por todas estas causas, en los paises mas desarrollados no basta con aplicar políticas que incentiven el aumento de la producción sin intentar disminuir la desigualdad de rentas. La recuperación sería insuficiente y frágil. La consecuencia es que las medidas de redistribución de la renta, fundamentalmente la educación gratuita, la sanidad gratuita y las pensiones de vejez e incapacidad, no solo deben exigirse por razones éticas o de justicia social, sino también porque el crecimiento de la desigualdad frena o estanca el crecimiento económico. Ello crea un mayor número de parados lo que a su vez hace crecer la desigualdad.