El corazón donde todos caben

 Guridi

 Hace poco más de un año que quise escribir unas palabras sobre Pedro Zerolo. Lo quise hacer mientras estaba vivo, porque no quería que llegase el día en el que Pedro no escuchase todas alabanzas que hoy vierten sobre él quienes le ridiculizaron y dejaron de lado cuando estaba vivo.

Pedro era un activista que se incorporó tardíamente a la política, participando de ese PSOE resucitado y de izquierdas que trataba de construir José Luis Rodríguez Zapatero. Como buen activista, Pedro sabía que participar de manera decente y honrada en la política también suponía un precio: las acusaciones de vendido, de traidor, tener que asumir las decisiones de una organización gigantesca y centenaria como el PSOE, verse arrastrado al mundo de los grises, donde no existen las límpidas superficies que dan lo que se llama “ser coherente”, pero que en la práctica es “no casarse con nadie”. Pedro decidió que se podía conseguir un bien mayor para los demás a costa de pagar su propio precio personal y se lanzó a la arena, sabiendo bien por donde le vendrían las cornadas. Antes, incluso de que se las dieran.

 Pedro no entendía la política como un instrumento para ejercer revanchas, desatar prejuicios personales o dar rienda suelta a bajas pasiones disfrazándolas de ideas. Pedro creía en que la política consistía en abrir puertas, en crear más espacios donde mezclarnos, donde descubrir que el vecino no es tan diferente de ti y que las personas, al fin  al cabo, somos personas y nada más.

 Pedro estuvo dentro y fuera del “aparato”, pero era un desastre como “aparatero”. No se le daba bien conspirar, porque Pedro prefería sumar. Pedro no usaba los cargos orgánicos para obligar a los demás a escucharle en una asamblea. Pedro hablaba con respeto, con cariño, con pasión y con la capacidad de convencer que tienen los que creen de verdad en sus propias ideas y en la bondad de sus valores. Cuando Pedro hablaba, se le escuchaba. Era inevitable hacerlo. Pedro tenía el don natural del carisma y lo ejercía con humildad, sin engreimiento. Pedro podía pararse a escuchar a cualquiera. Y era enormemente respetuoso con los demás, porque sabía muy bien lo malo que es que te falten al respeto.

 Pedro de verdad apreciaba a las personas de su alrededor. Te otorgaba su confianza de una manera tan fácil, tan sincera, que sólo una mala persona no sería capaz de devolvérsela. Pedro sabía que la izquierda que el PSOE debe representar no es una izquierda de dogmas, sino de valores, de personas y no de órganos, de escuchar y no de adoctrinar, de sumar y no de excluir. De usar tus mejores sentimientos y no de ir de tipo duro de asamblea. De ser uno mismo y no de ser como te diga el líder de turno.

 Pedro brillaba tan fuerte que hacía sombra a demasiadas personas sin darse cuenta. Y daba igual donde le quisieran esconder, que seguía brillando igual. Pedro hubiera sido un gran alcalde de Madrid. Muchos pensaron que la ciudad no estaba preparada para ello y ahora se ve cuan equivocados estaban.

 A Pedro le cabía todo el mundo en el corazón e hizo que a este país le cupieran más de sus personas en el suyo. Pedro nos hizo a muchas personas más libres, más decentes y más respetuosas. No a un colectivo concreto, como parece querer decirse estos días, sino a todos los demás. Porque la vida y la política, decía Pedro, han de hacerse con amor, con el corazón. 

Aunque has dejado mucho de ti en nosotros, el hueco que nos queda sigue siendo muy grande. Ojalá seamos capaces de ser nosotros mismos y acercarnos un poco a lo has sido tú.