El convencimiento de la inutilidad de la sangre

Millán Gómez

Son las palabras que siempre he soñado escribir. Final. Punto. Se acabó. Llegó la paz a Euskadi. No es un “sí pero no”. No. Es definitivo, concretamente un “cese definitivo” en palabras de tres sujetos disfrazados de modo, digamos que discutible, sentados en paralelo frente a una mesa con la iconografía habitual mientras dos señores o señoras están allí callados, sin mover un músculo. Rendidos. En un cúmulo de subordinadas interminables en su habitual retórica infumable, eta declara que abandona la violencia sin condiciones. Todo un “blablabla”, tal y como perfectamente definió un emocionado Carles Francino en la mañana de ayer. No es un “sí, si ustedes…”. No. Hasta ahí hemos avanzado. Ya no hay conditio sine qua non. Es una declaración de “cese definitivo” unilateral, sin cortapisas.

No hay nada más que esperar para saber que no va a volver a haber violencia. Solo la entrega de la armas y, ojalá, el reconocimiento del daño causado en varias generaciones de vascos y españoles. A título particular, algunos antiguos terroristas ya lo han hecho y, en virtud de esta actitud, el Estado ha sido condescendiente con ellos. Las dos últimas hipótesis no sabemos a ciencia cierta si las van a cumplir pero sí que no van a volver a asesinar. El Gobierno no tiene que hacer ningún gesto para conseguir que no vuelvan a acabar con la vida de nadie. No. Se cumplió el sueño y, como bien dijo Rodolfo Ares, Consejero de Interior del Gobierno vasco, en Radio Euskadi, “los sueños, cuando se hacen realidad, hay que celebrarlos”. Ni más ni menos.

Ayer, Euskadi amaneció sin gente que mirase bajos sus coches, tras los tabiques de los garajes ni girando el cuello por si alguien le dispara en la nuca, “esa forma vasca de asesinar”, según rezó un editorial de The New York Times en su día. Las calles de Euskadi son libres y ya no volverán a ser noticia por el asesinato de ningún ser humano, ni siquiera por el “terrorismo de baja intensidad”, como tan infortunadamente definió alguno. Hemos ganado. Les hemos derrotado. La metáfora de la nieve de Eguiguren es enormemente realista y sintetizadora. Él, que tantos palos ha recibido, sabía perfectamente de lo que hablaba. Él, como tantos otros. Mi reconocimiento hacia ellos. Desde la primera víctima mortal hasta la última. A todas las personas que han sufrido directa o indirectamente el terrorismo. A todos los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, periodistas, políticos de UCD, PSE, PP, PSN y UPN, empresarios y ciudadanos de la sociedad civil. A todos esos héroes muy a su pesar. A todos. Los 829 muertos son nuestra memoria, nunca los debemos olvidar. Todos estos asesinatos han sido inútiles y equivocados, incluidos también el de Carrero Blanco y Melitón Manzanas. Cuando se asesina es que uno ha perdido la razón. Y la coherencia nunca la ha tenido eta, nunca. Eta era (qué bien suena) una organización terrorista nominalmente contradictoria pues “Euskadi ta Askatasuna” (Euskadi y Libertad) son exactamente los dos conceptos a los que más y más daño ha hecho el terrorismo nacionalista vasco.

Llevo desde crío escribiendo sobre este tema. Siempre he dicho que no era obviamente el tema que más me gustaba pero sí el que más interesaba. Ayer, a eso de las siete de la tarde estaba pendiente del comunicado. Rompí a llorar y a estas horas sigo llorando en numerosas ocasiones. Es mucha rabia contenida. Mucho amor por una tierra donde vivió mi padre y donde vive lo mejor y lo peor de condición humana. Más allá de cuestiones familiares y de amistades, fuera de eso, ha sido el día más feliz de mi vida. Durante estas horas he devorado prensa, radio y televisión. Y recuerdos, sobre todo, recuerdos. De la primera persona que me he acordado ha sido, ya lo saben, de José María Calleja por lo que él y yo sabemos. Lo sabe personalmente y lo he escrito durante estos cinco años que llevo escribiendo en esta web. Son muchas emociones y unas ganas irrefrenables de expresarlas, de ponerlas por escrito, de transmitirlas. Muchas gracias también a quienes conociéndome me han llamado o se han puesto en contacto conmigo porque saben lo que he sufrido con este tema y lo que he luchado con mi granito de arena para solucionarlo. Gracias también a quien contó conmigo siempre y me pidió que escribiera sobre este tema, a sabiendas de lo que me interesa, en días que habitualmente no publico articulo en este portal. Tras varios atentados, tras varios comunicados. Sucesos que recibí a pie cambiado, con lágrimas en los ojos como en el caso del atentado de la Terminal 4 de Barajas o de Isaías Carrasco en Mondragón.

Pero esto terminó para siempre. Se confirmó la ausencia de violencia. Ahora queda conquistar las libertades y superar las fricciones sociales que han hecho de Euskadi un lugar sitiado y dueño del silencio más nauseabundo. Tardaremos años pero seguiremos trabajando y transmitiendo para que la voz de las víctimas se mantenga en pie porque un país sin memoria cuenta con el riesgo de volver a caer en el mismo error. Ya sabemos el daño que ha causado esta lacra y solo nos entristece no haber terminado con esto antes y que tantos ciudadanos se hayan quedado en el camino para siempre. Físicamente, no en nuestra memoria. No los han matado porque sí, las víctimas tienen un significado obvio. En su memoria construiremos un país en paz y donde ya nadie estará amenazado de muerte por pensar de una determinada manera.

En nombre de mi admirado Ernest Lluch, al que tantos parecen haber descubierto el jueves por la tarde (aunque nunca es tarde), y de los periodistas José María Portell y José Luis López de Lacalle, mi recuerdo perenne a todas las víctimas del terrorismo y a todos los que han hecho posible este final. Hemos ganado. Euskadi y la paz se reconcilian.

“Con todos los ingredientes para ser un paraíso, el fanatismo nacionalista ha convertido esta tierra en lugar de huida, en paisaje de miedo, en identidad de tristeza, en calles marcadas por la muerte, en círculos de silencio. Estoy seguro de que, más pronto que tarde, esta pesadilla terminará; estoy convencido de que entonces volveré a pisar -sin escolta, libre- las calles nuevamente de lo fue Donosti ensangrentada, y en una hermosa plaza liberada me detendré a llorar por los ausentes, como cantó Pablo Milanés. Mientras tanto, no nos queda más remedio que seguir luchando; luchando y dando testimonio”. José María Calleja, autor del primer libro sobre víctimas del terrorismo etarra en 1997, 37 años después del primer asesinato.

Ya puedes volver, maestro. Te lo mereces más que nadie.