El conflicto del gas

 Marta 

El año ha empezado con un crudo recordatorio de cual será una de las claves de las relaciones geoestratégicas en este siglo XXI: la energía, un bien escaso, sobre todo en lo que al petróleo y al gas se refiere. Los países desarrollados, como los europeos, tienen una gran dependencia de fuentes energéticas como el gas, y así seguirá siendo, pese a los esfuerzos, más o menos convincentes, por desarrollar fuentes alternativas que permitan mantener nuestro nivel de desarrollo.

 

No es la primera vez que se plantea un conflicto entre la poderosa Rusia y Ucrania, ni tampoco la primera vez que Rusia se vale de sus importantes suministros de gas como instrumento para mostrar su poderío y para recordar a su díscola vecina, y, de paso, a buena parte del continente europeo, su dependencia energética con el antiguo país de los zares.

 

La chispa que ha detonado el actual conflicto ha sido la disputa por el precio que Gazprom, la principal compañía energética rusa, quería cobrar con el año nuevo a Ucrania por el gas que pasa por los gaseoductos de su territorio. Esas diferencias en torno al precio del gas y la acusación de que la compañía ucrania Naftogaz robaba parte del mismo son las razones que se alegaron desde Rusia para cortar el suministro de gas hacia el 6 de enero, suministro que no se ha reanudado con plena normalidad en los momentos en que se escriben estas líneas.

 

A partir de este corte de gas, en pleno invierno, con temperaturas que en algunos lugares han alcanzado los 30 grados bajo cero, el conflicto político está servido. La Unión Europea ha intentado presionar a Rusia y Ucrania para que lleguen cuanto antes a un acuerdo, y así reanudar el suministro de energía, ya parte de los países afectados son miembros de la UE. Sin embargo, la falta de una estrategia común en temas energéticos resta fuerza a las maniobras comunitarias, y finalmente, el mayor protagonismo se lo ha llevado Alemania.

 

Después de cruzarse acusaciones mutuas durante varios días, parecía que Rusia y Ucrania habían llegado a un principio de acuerdo y que a comienzos de esta semana que ya termina, se iba a reanudar el suministro. Pero al final no fue así, y mientras Rusia aseguraba que había vuelto a mandar gas, pero que Ucrania no lo dejaba pasar hacia el resto de países europeos, los ucranios afirmaban que los rusos no enviaban gas suficiente.

 

El último capítulo de este conflicto es la reunión que se celebraba ayer en Moscú entre el todopoderoso Primer Ministro ruso, Vladimir Putin, y la Primera Ministra rusa, Yulia Tymoshenko para intentar llegar a un acuerdo.

 

Al mismo tiempo, Gazprom negocia con grandes compañías energéticas europeas como ENI (italiana), E.ON (alemana, ¿les suena?) o GdF Suez (francesa) con el fin de crear un consorcio internacional que comprará el gas técnico necesario (el que se emplea para reactivar las estaciones de bombeo y mantener la presión en las tuberías) para que Ucrania reanude el tránsito de carburante a Europa.

 

Y mientras se suceden las negociaciones y los sucesivos cruces de acusaciones y amenazas, todo ello preferiblemente en despachos e instalaciones con la calefacción en condiciones, media Europa se congela. Son 18 los países europeos afectados, en mayor o menor medida, por un conflicto que se desarrolla en lo peor de un invierno bastante duro. Algunos como Eslovaquia, dependen hasta en un 98 por ciento del gas de Rusia. Bulgaria vive una situación parecida, en unos días se quedará sin reservas de gas, y por eso incluso se plantea reabrir alguna central nuclear clausurada por imposición de la UE. Moldavia ya no tiene reservas de gas, y muchos tiran de las estufas de leña, una leña cada día más cara.

 

Se suceden las imágenes de personas cortando trozos de leña sobre la nieve, de casas frías y con los niños embutidos en prendas de abrigo, así como las quejas de los ciudadanos afectados, pues estar sin calefacción con temperaturas mínimas de 15 grados bajo cero no debe resultar muy agradable. Además de los problemas particulares de cientos de miles de personas, las industrias de muchos de estos países, casi todos del este y el sureste europeos, se han visto afectadas por la falta de suministro.

 

Igual cuando salga publicado este artículo en Debate Callejero, el conflicto del gas haya comenzado a encontrar una salida. En cualquier caso, resulta desolador comprobar como con estas luchas políticas y de poder, con esos manejos, los ciudadanos son los que salen perdiendo, una vez más.

 

Y el debate sobre las fuentes de energía se debe plantear, una vez más. ¿Cuál es el futuro? ¿Gaseoductos que no pasen por Ucrania? ¿La siempre temible energía nuclear? ¿Energías alternativas de incierto futuro? ¿Energías renovables de lento desarrollo? O ya puestos, ¿un nuevo  modelo de sociedad más sostenible? En cualquiera de los casos, lo más urgente, es sin duda, reanudar el suministro a los ateridos países europeos, quienes tardarán todavía unas semanas en recobrar la normalidad. Normalidad que durará hasta la próxima crisis energética.