El cómo y el quién

 Jon Salaberría

Se clausuró este pasado domingo la esperada Conferencia Política del Partido Socialista Obrero Español, la cita política a la que se conjuró el Congreso Federal de Sevilla para renovar la oferta de la organización. Y lo ha hecho con un final (deliberadamente) artificioso: un discurso en modo vibrante del secretario general, Alfredo Pérez Rubalcaba, en un ambiente que pasó en momentos de la satisfacción contenida al entusiasmo, para llegar a cierto nivel de histrionismo final más propio del mitin de fin campaña. Había quizá que exorcizar las malas vibraciones de tres años nefastos en todos los terrenos, hacer cierta exhibición de músculo político  y de unidad en torno a un proyecto que sigue en plena travesía del desierto. Ello explica la puesta en escena.

Desde ese momento final, tanto las tertulias como los más sesudos análisis desde la opinión publicada dedican un espacio considerable a los resultados de esta Conferencia y a todas sus derivadas posibles. En ese sentido, el éxito ha sido notable: se ha conseguido poner el foco de la atención pública sobre el Partido tras dos años, desde la derrota del 20 de noviembre de 2011. Dos años en los que, en la mejor de las perspectivas, la irrelevancia ha caracterizado todo lo que desde Ferraz venía. Pero en la peor,  se trataría de un período caracterizado por episodios lamentables de división, enfrentamiento personalista, de palos de ciego programáticos y estratégicos, ausencia de una autocrítica realmente útil, sincera, constructiva y práctica; con un Congreso Federal apresurado que se cerró en falso y con la desafección de una sociedad que ha tenido en el Partido Socialista, desde los inicios del proceso democrático tras la Transición, a la gran referencia de la centralidad política y al gran protagonista de los pasos fundamentales hacia la transformación y modernización de la España de “entre-siglos”.

Si la meta era definir el qué, el segundo y el más anhelado de los objetivos (tras haber conseguido la notoriedad y el protagonismo perdidos) creo que también se ha conseguido. Sobre el papel, y recordemos que el papel lo aguanta todo, el Partido Socialista ha sabido definir perfectamente el retorno a las bases razonables de un programa político genuinamente socialdemócrata, perfectamente diferenciado, en sus líneas maestras, de las políticas austericidas que marcan la gestión del ejecutivo de Mariano Rajoy y que se reagudizan en cada aplicación presupuestaria. Algo debe haberse hecho bien en este aspecto, vistas las reacciones desde uno y otro lado del espectro político: desde la derecha mediática alerta sobre ese presunto “vista a la izquierda” rojo, verde y violeta que ha cerrado la Conferencia, y alerta precisamente sobre la mayor intensidad de las tonalidades de rojo; mientras desde ciertos sectores ubicados en la izquierda auténtica se relativizan los pasos que se han dado, bien desde el reproche (¿por qué no se hizo antes?), bien desde una incredulidad que vuelve a desenterrar la doctrina de las dos orillas, situando al socialismo democrático español en la masa, que observan homogénea, del bipartidismo. Si ya en vísperas de la catástrofe de 2011 los socialistas españoles habían construido un programa de circunstancias para la inmolación electoral que viraba hacia esa concepción clásica de un proyecto socialista, con la poca credibilidad que aportaban las difíciles decisiones adoptadas tras la tormenta financiera de la primavera de 2010 y una reforma exprés de la Constitución que privilegia el pago de la deuda, el ecuador de la legislatura y los efectos materiales de la gestión de los populares sí parecen momento propicio para construir y exponer la alternativa en mejores condiciones a todos los efectos, tanto de credibilidad como de potencial permeabilidad social del mensaje.

El compromiso para la creación de un Fondo de Sostenibilidad  para el Estado de Bienestar similar al existente para las pensiones, el compromiso por la recuperación y reforzamiento de las políticas de dependencia (uno de los pilares modernos e inaplazables de un auténtico Estado social), el compromiso laico en educación y en las relaciones con la Iglesia católica, el compromiso con una mayor representatividad, proporcionalidad y participación en el proceso democrático a través de una reforma electoral que implique además la apertura y democratización de los partidos (inmersos todos en el mar del descrédito), la revitalización de pensiones, educación y sanidad (víctimas propiciatorias del citado austericidio), con inclusión del derecho a la atención sanitaria dentro del catálogo de derechos fundamentales de nuestra Constitución … Líneas generales que conforman la base de un proyecto bien definido y adecuado a las exigencias y necesidades de una sociedad que sigue esperándonos y a la que se le ha comunicado un hemos vuelto que, sin virtualidad práctica, corre el riesgo de quedarse en la mera disculpa.

Para ello, y tras el momento de euforia más o menos sincera, o más o menos fingida, llega el momento procesal del cómo y del quién. En todos los meses que ha durado el proceso de debate (lleno de carencias) que llevaba a la Conferencia se insistió en la prioridad de la construcción del discurso y en la momentánea irrelevancia de las personas que deben llevarlo a la práctica, primero como oferta electoral y luego, si es la decisión democrática de la ciudadanía, a gestionarlo desde las responsabilidades de gobierno. Pero no nos engañemos: sobre el quién ha gravitado el interés de la opinión pública desde el momento inicial del proceso, y si ha habido un tema decisivo en las conclusiones del mismo ha sido el de las elecciones primarias. Las elucubraciones sobre el procedimiento concreto que se iba a elegir (en boceto, pues será el Comité Federal del Partido el que aprobará tanto el Reglamento concreto como la fecha de celebración), sobre el ámbito (sólo al candidato a la Presidencia del Gobierno o extensivo a otros ámbitos institucionales), así como los nombres de posibles candidatos/as, han sido los temas estrella de la Conferencia. Dudas que no se han resuelto en su totalidad, si bien la confirmación del compromiso de elecciones primarias abiertas que se materializaba ya en el Congreso Federal de 2012 supone un paso cualitativo importantísimo que pondrá en valor el resto de la apuesta política en función de la concreción de este compromiso y de su amplitud.

 El modelo francés aprobado supone la elección directa, por parte de militantes y simpatizantes, del candidato a la Presidencia del Gobierno, en un esfuerzo de participación que no tiene precedentes en la política contemporánea española. Cierto. Pero reconocido esto, las experiencias más recientes nos llevan a muchos/as militantes a ubicarnos en una posición de escepticismo. Si bien la reciente elección del primer secretario del PSdeG-PSOE en unas primarias experimentales confirmadas por el posterior Congreso son una buena señal en el avance de este modelo de decisión, el fracaso de la bicefalia a fines de los noventa con la victoria del aparato del Partido y, sobre todo, el proceso de primarias sin urnas en Andalucía (más recientes) determinan un grado nada desdeñable de desconfianza debido a la resistencia de un aparato fuertemente implantado y remiso a la pérdida de su posición de poder. Un aparato remiso a un modelo de organización horizontal y participada desde fuera por una ciudadanía ajena a su influencia. Aquí es donde se echa en falta realmente la celebración (abortada) de una Conferencia de Organización prevista en las resoluciones del Congreso Federal y que hubiese dado vías de solución al problema de la participación. La verticalidad de la organización y el inmovilismo ha alejado a miles de militantes de la misma en los últimos tres años, en un porcentaje similar al de los votantes que lo han hecho en las convocatorias electorales. Esta hemorragia tiene posible lenitivo en procedimientos de participación política como el que se ha aprobado. Votarán los militantes y simpatizantes (inscritos según procedimiento a aprobar por el Comité Federal) mayores de 16 años y, para favorecer la mayor participación de candidatos, los socialistas han decidido rebajar del 10% al 5% el número de avales que deberán reunir los candidatos para poder concurrir a las primarias de las que saldrá el candidato a la Presidencia del Gobierno. La bajada del límite de avales necesarios no impide considerar la necesidad de conseguir una cantidad de firmas más que notable, para lo cual es necesaria una capacidad logística de la que dispone, por supuesto, el aparato de Partido. Algo que para un outsider supone una barrera prácticamente infranqueable.

 En este punto, como imperativo para la credibilidad del proceso, se necesita la imposición de un límite máximo, que no se ha concretado, en la cantidad de avales. Ello permitiría impedir que se cierre el paso a las urnas de candidatos/as por acaparamiento de avales, algo que se ha puesto de manifiesto en el proceso andaluz y en procesos congresuales internos. Y, en la línea de lo defendido por Enrique Pérez Romero, “que el secretario general sea elegido por sufragio universal entre los/as militantes, igual que los españoles elegimos a quien nos gobierna en vez de por el tradicional proceso de delegación, que tiene varios filtros (local, provincial, regional) y minimiza exponencialmente la representación democrática de las bases”.   

Desde este momento, el Partido encomienda la virtualidad práctica de su retorno a un programa socialista clásico a un esfuerzo demostrable de renuncia del aparato en beneficio de la masa militante y de la ampliación de su base social. Es la clave. La participación en las decisiones de la Conferencia de hasta un 73% de delegados de designación orgánica desde las diferentes instancias territoriales y sectoriales del Partido no es un buen comienzo, seamos realistas: ha existido en estas designaciones una ausencia total de participación y decisión de las bases. Pero en el término medio está la virtud, y podemos decir que ni estamos ante un esfuerzo estéril ni estamos ante el “nuevo Surennes” que pronosticaba Patxi López, uno de los nombres señalados. Atentos a la concreción de la “nueva” línea política del Partido en el trabajo parlamentario y al desarrollo por parte del Comité Federal de las previsiones. El cómo. A partir de ese momento el quién estará sobre la mesa de modo totalmente explícito. 

Posdata: Es una impresión eminentemente personal, pero creo que el esfuerzo en materia de derechos civiles, de igualdad, unidos al histórico final del terrorismo etarra, son hitos políticos que justificaban un mayor, por decirlo de algún modo, “cariño” hacia la figura del segundo Presidente socialista en la democracia, José Luis Rodríguez Zapatero, en esta cita. Creo que no lo habido en la proporción que lo merece, aunque también es cierto que José Luis no es José María. No tiene un ego catedralicio que satisfacer. Paradójicamente, una parte importante de la militancia, de modo más o menos consciente, busca (buscamos) entre los nombres que se manejan un perfil similar al que José Luis tenía cuando se postuló a la secretaría general del Partido en 2000. Un mirlo blanco. Un nuevo Ziluminatius, que diría Amistad.