El ciudadano indiferente

Senyor_J

Transcurren los días veraniegos en el bar de Arturo con esa intensa sensación que genera aquel que prefiere que sus clientes se asen de calor o huyan despavoridos a la heladería de Rita, antes que encender el aire acondicionado más allá de unas pocas veces al mes. “Está averiado”, le dice al ciudadano indiferente, aunque con escasa credibilidad, mientras este acaba lentamente esa copa de cerveza con la que cree que alivia sus ardores y sudores. Porque el hombre indiferente es un incondicional del bar de Arturo, tanto en invierno como en verano. Es un ser de costumbres y tiene auténtica aversión a los cambios: son ya muchos años de hábitos inmutables como para ponerse a alterar en algo cualquiera de sus rituales. Y no es el único que se comporta así, puesto que en ese mismo bar hay cuatro o cinco personajes fijos a los que sabes que siempre vas a encontrar a determinada hora, y siempre, como no podía ser de otra manera, con algo de alcohol entre las manos: cerveza por lo general, carajillos por la mañana y a media tarde y aquellas veces en que la noche se alarga, un gin-tonic de una marca cualquiera, mientras defienden con gran convencimiento que no se trata de una bebida en la que tenga cabida tanta variedad como pretenden sugerir algunas cartas de gin-tonics que pueden encontrarse en otros establecimientos muy distintos al que nos ocupa.Y con esa indiferencia del que cree que no hay nada más que valga la pena descubrir y que ya ha probado todo lo que valía la pena probar, pasa el verano el ciudadano indiferente, prestando escasa atención a lo que sucede a su alrededor. Hoy se ha sorprendido, no obstante, al oír en la televisión el nombre de Ana Pastor, a quien según le ha parecido entender, han nombrado presidenta del congreso, con la connivencia de no pocas fuerzas políticas del hemiciclo. “Me parece bien”, piensa el ciudadano indiferente, que es lo bastante indiferente como para no perder el tiempo en ir a votar, pero también para dar por buena la hegemonía política que está ejerciendo el PP, aunque durase mil años. Él hace mucho que encontró una fórmula magistral para no tener que preocuparse más que de apurar sus bebidas en el bar: piso heredado, ningún hijo, jubilación anticipada y esposa trabajadora 8 años más joven que él, que aspira a seguir trabajando hasta los 67 años. Cuando su empresa presentó el expediente de regulación de empleo, lo recibió con ilusión y se marchó encantado con las condiciones de despido de un trabajo por el que solo podía sentir indiferencia. Desde entonces su única preocupación es ver como transcurre la jornada laboral de los demás desde la silla situada al lado de la entrada.

Los únicos momentos de inquietud últimamente le había venido dados por otro de los habituales de Arturo, el ciudadano corriente, con quien meses atrás incluso se enfrascaba en agrias discusiones, aunque mientras este último dialogaba con toda su pasión, el hombre indiferente tan solo simulaba cierto interés. Fundamentalmente disfrutaba chinchándole: “Aquí está todo atado y bien atado. Los de la coleta nunca llegareis a nada y os estrellareis mucho antes de lo que pensáis”. La verdad es que esas palabras, que emitía sin otra intención que la de fastidiar al prójimo, resultaron proféticas, y mientras pensaba brevemente en ello, le ha parecido que Ana Pastor le sonreía desde la televisión como dándole la razón. Una razón que ni quería ni había pedido, tan solo se trataba de un entretenimiento más en medio de esas largas horas de ver pasar la vida mirando perdidamente hacia algún punto o entretenido en conversaciones triviales, entre vaso y vaso de algo.

El ciudadano indiferente rememora en silencio todo esto cuando justamente es el ciudadano corriente el que atraviesa la puerta. “Hola Juan”, le dice desde la barra, “toma asiento”, le contesta, y mientras reclaman a Arturo un par de medianas, empiezan a hablar con más desinterés que entusiasmo sobre lo divino y humano, sin que nadie preste atención a sus palabras, ni siquiera ellos mismos. Es verano, hace calor, mucho calor, la atmósfera es en algunos momentos irrespirable. De repente el ciudadano corriente exclama: “Arturo, ¿pero aun sigue averiado el aire acondicionado?”, y sacudiendo la cabeza también entre intenso sudores, Arturo activa el aparato. “Mucho mejor así”, afirma el ciudadano indiferente, a lo que el ciudadano corriente replica: “Ciertamente, nos queda tan poco, que lo peor que nos puede pasar es perder lo poco que tenemos”. El ciudadano indiferente se queda pensativo durante unos segundos, tras los cuales bebe otro sorbo de cerveza y al alzar la vista, es Mariano Rajoy quien ahora sonríe desde la pantalla, mientras una misteriosa niebla envuelve de repente a este par de infelices.