El caso Kundera

Lope Agirre

 

Vida y literatura acostumbran a estar unidas entre sí, pero dicha unión no es siempre explícita; no, al menos, en la manera que quisiéramos. Escribir es un acto que va más allá de la vida; y la vida no es una actividad que pueda ser condensada en y por la escritura, por sí misma. Escribir es como adentrarse en el río, dejarse llevar por la corriente de agua y marchar hacia el mar, sabiendo que el viaje no finaliza allá, porque no tiene final ni dirección alguna. Algunos viajes tienen como único objetivo hacer el  propio camino, andar y desandarse en él, como dice ese hermoso poema de Kavafis: “Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca, debes rogar que el viaje sea largo”. La literatura es más que vida, y la vida es más que literatura, muchas veces. Literatura es algo que se va deslizando entre sospechas y dudas, algo siempre cambiante, siempre al borde de la fatiga y del tedio, como la vida misma, porque sin vida no cabe hablar de literatura. También se puede plantear otra suerte de preguntas, si puede existir literatura desprovista de vida o si existe vida que no pueda ser dicha y expresada.

 

El escritor se hace en la escritura, el viviente en la vida, el hombre en la hombría y la fémina en la feminidad, pero no siempre al revés y desde el envés. La fémina no es siempre fruto de la feminidad, ni el hombre de su hombría. El hombre es algo que se está haciendo continuamente, sin cesar. Sin embargo, nunca acaba de realizarse. El hombre y la mujer siempre serán, de todos modos, imagen y reflejo de su propia hombría y feminidad, fantasmas que andan entre hileras de sombras, rayos de sol que atraviesan el grosor oscuro de la niebla. El cuento de Kafka titulado “Deseo de convertirse en indio” nos indica qué es eso que aún sin ser se está haciendo: “Si uno fuera de verdad un indio, siempre alerta, y sobre el caballo galopante, sesgado en el aire, vibrara un ay otra vez sobre el suelo vibrante, hasta dejar las espuelas, pues no había espuelas, hasta desechar las riendas, pues no había riendas, y por delante apenas veía el terreno como un brezal segado al raso, y sin cuello ni cabeza de caballo”. Al escribir la vida no se contempla como vida, sino como algo que se va haciendo y deshaciendo, nube que se infla o se deshilacha. En la vida es, generalmente, la literatura la que desaparece, llevada en su alocada carrera, y se pierde, mas no en vano. 

 

Escribir no es contar recuerdos y olvidos, amores y odios, sueños y pesadillas; no sólo contar todo eso. Escribir es hacer un viaje, pero al final del viaje no se encuentran el padre egoísta o la esposa fiel y delicada esperándonos, sino la muerte. El hecho de escribir, de alguna manera, toca la médula de la vida, cerca, muy cerca, del punto donde se encuentra el corazón gris de la muerte. Hay que recordar aquello que Blanchot afirmó sobre Kafka: “Escribir es posible, si habiéndose enfrentado a la muerte, uno no ha perdido el dominio de sí mismo”. La escritura es refugio de la vida, como el presente lo es del pasado que se fue, y vendrá o no, según.

 

A los escritores habría que juzgarlos, es un suponer, por las vidas que han traído a la escritura, y no por la literatura que han acumulado en sus vidas. El caso Kundera, por supuesto. Se pregunta si hace cincuenta años fue un confidente, colaborador voluntario de la policía en un régimen comunista. No es broma, como consecuencia de la delación un hombre pasó muchos años en un campo de concentración, condenado a trabajar en una mina de uranio, en condiciones de esclavitud. Hay escritores que se han alegrado al tener noticia de la acusación vertida contra Kundera, pues es la envidia virtud mayor y principal de ciertos escritores. Han afirmado, arrebatados alborozados, que no se puede uno fiar de Kundera. “¿Cómo podríamos, visto lo visto y oído lo oído?”. Ellos, los que se rasgan las vestiduras, que en su más reciente pasado, además de confidentes, han sido mentores de criminales, han encontrado al fin una manera de equipararse a Kundera, un modo de hermanamiento subrepticio. Son cuestiones que no se confiesan, vidas que no se dicen. Mentira oculta, verdad aparente.

 

Hay críticos que afirman que hay vivencias que no pueden decirse ni contarse, porque hace tiempo que se abrió un profundo abismo entre la palabra y lo que ella significa. Estoy de acuerdo; de la misma manera que no estoy de acuerdo. La literatura la conforman tanto lo que se dice como lo que no; la palabra y el silencio están unidos entre sí, como la vida y la muerte.  No decir es una manera de decir; el silencio es la cara oculta de la palabra. Allí adquiere otras dimensiones y cobra otras texturas. El mundo es complejo, infinito; y el ser humano, por contra, finito y limitado. El miedo de Pascal: la vida es breve, el hombre contingente y el tiempo eterno. ¿Qué hacemos aquí? ¿Para qué la poesía en tiempos de desgracia? Son preguntas que ama la poesía y aman la poesía.

 

Kundera, tomando como punto de partida su propia vida, ha querido enseñarnos el malestar y la miseria de los hombres y mujeres, así como señalar la solución a sus males. Nunca ha pretendido convertir el puro suceso en objeto de su literatura, porque el suceso se ahoga y muere en su propia trivialidad. Hay, sin embargo, quienes toman el suceso como expresión última, excelsa y pura de la literatura. Y, de pronto, un suceso ocurrido hace cincuenta años entra en su vida, sin que tenga posibilidad alguna de defensa. Puede afirmar que todo es mentira, patraña, invención absoluta, y no le creerán quienes se niegan a creerle. Puede decir que todo es cierto, y le creerán quienes están dispuestos a creerle. No hay nada en este suceso pretérito que pueda ser tomada como verdad o mentira. La memoria escrita no se aviene con la memoria vivida; la memoria de la carne tampoco coincide con la memoria del espíritu.