El caos chipriota

LBNL

Estos días han abundado las críticas contra la Unión Europea, el Banco Central Europeo, la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional y, sobre todo, la Canciller Merkel y su Ministro de Economía, Wolfgang Schauble, a propósito de la gestión de la crisis financiera de Chipre. Es obvio que la solución pactada hace casi diez días no funcionó y ha reactivado el escenario de ruptura de la Eurozona. Es evidente también que el pacto alcanzado in extremis anoche en Bruselas es mejor, o menos malo, que el primer y fallido acuerdo. Así que, sí, todos los actores citados podrían y deberían habernos ahorrado las tensiones acordando una solución mejor desde el principio.

Ahora bien, el principal responsable de la crisis es el Gobierno chipriota. Es cierto que Merkel parte de una posición moral luterana que exige castigar a los sureños indisciplinados y tiene muy presentes sus intereses electorales. También que el Eurogrupo está excesivamente dominado por Alemania y otros adalides de la austeridad a ultranza, como Países Bajos y Finlandia, pese a su falta de resultados. Y no hay que olvidar que el Comisario Oli Rehn es una figura política de estatura escasa y además es finlandés, es decir, atento a las percepciones de su opinión pública nacional. Pero todo ello no exime de culpa al Gobierno de Chipre.

Chipre es un paraíso fiscal en plena Unión Europea y pretende seguir siéndolo. Luxemburgo también pero está bien gestionado y guarda más las formas. Chipre no. La conexión ortodoxa ha convertido a Chipre en destino privilegiado de los fondos de los oligarcas rusos, de procedencia más que dudosa, que se benefician de un tratamiento fiscal opaco y absolutamente favorable. Como otros mafiosos europeos e internacionales que han sobredimensionado el sector financiero chipriota hasta cinco veces el tamaño de su economía. El impuesto a las sociedades mercantiles, que en España está en el 25-30%, en Chipre es del 10%, aún más bajo que el 12,5% de Irlanda.

En las negociaciones, Chipre podría haber aceptado homologar su impuesto de sociedades, pero se negó en rotundo, aceptando sólo aumentarlo un mínimo 2,5%. También podría haber ofrecido imponer una quita superior a los depósitos más elevados, por ejemplo del 10% a los de más de cien mil euros, del 20% a los de más de doscientos mil y del 30% a los superiores. Pero se negó en rotundo, precisamente para poder mantener su modelo económico basado en servir de guarida a los grandes millonarios internacionales con fortunas de procedencia sospechosa. Fue Chipre quien propuso aportar parte de los 6.800 millones de euros que le reclamaban los negociadores internacionales gravando a los depositantes de menos de cien mil euros, rompiendo así el mantra de la protección de todos los depósitos por debajo de esa cifra en toda la Eurozona.

Afortunadamente el pueblo chipriota montó en cólera y sus parlamentarios rechazaron el primer acuerdo, lo que provocó un incremento sustancial de la tensión durante toda la semana pasada que, esperemos, quede atrás con el acuerdo de anoche. Los detalles no están del todo claros a la hora de escribir estas líneas pero todo indica que no se tocarán los depósitos de menos de cien mil euros y que, en cambio, los depósitos por encima de esa cifra se verán gravados en una cuantía muy superior a la que originalmente Chipre pretendía. Asimismo, Chipre ha tenido que aceptar reestructurar en profundidad su sistema financiero, incluidos sus dos principales bancos.

A la Eurozona le queda un gran trecho hasta llegar a ser una verdadera unión bancaria dotada de instituciones de gobierno eficaces que permitan supervisar y controlar los riesgos en todos sus Estados Miembros y con instrumentos al estilo de los eurobonos para intervenir solidariamente y con fuerza suficiente para poner coto a la especulación. Todo ello es cierto, pero también que no es posible reclamar la ayuda de los socios europeos pero pretendiendo al mismo tiempo seguir jugando al juego con diferentes reglas, como pretendía hacer el gobierno chipriota.