El cambio llega al Parlamento

Senyor_J

Un mes y una semana después de las elecciones del 20 de diciembre, se hace evidente que nos encontramos en un nuevo momento político. A pesar de que las cámaras legislativas apenas han podido iniciar su actividad, a falta de conocer cuál va a ser la composición del gobierno o si deberán disolverse para enfrentarse a un nuevo proceso electoral, asistimos a detalles que apuntan que ya nada sigue siendo lo mismo. El primer gesto en este sentido lo tuvimos con el revuelo formado alrededor del #BebeBescansa, es decir, la presencia inesperada del hijo de Carolina Bescansa en la Cámara Baja en los primeros compases de la legislatura. Como gesticulación fue calificada por unos, como conducta inapropiada por otros y con naturalidad fue visto por mucha gente ese gesto que no era distinto al observado mil veces durante la campaña electoral o durante los múltiples desplazamientos que Bescansa ha de realizar a lo largo de la geografía española.

Después vino el reparto físico de escaños entre las fuerzas políticas. Anteayer era denunciado por Íñigo Errejón que los diputados de Podemos quedaban relegados a las últimas filas del Congreso, lo cual fue calificado como una torpe maniobra invisibilizadora. Sin duda, aunque hayan colocaciones más fotogénicas que otras, no va a ser eso lo que acerque o aleje a los partidos de mejores posiciones de partida cuando lleguen nuevas elecciones, pero es otro de esos pequeños detalles que se nos echan encima como fruto del choque entre las viejas y nuevas formas de entender la política parlamentaria.

No obstante, lo que mejor enmarca ese tiempo nuevo en que nos movemos es el proceso de designación de nuevo presidente del Gobierno. Hoy, desde la distancia, resulta difícil identificar a ciencia cierta quién será el nuevo presidente y con qué apoyos contará, pero la cosa está lo bastante complicada como para que Mariano Rajoy haya optado por no presentarse como presidenciable a un debate de investidura. Entretanto muchos son los que ven como se afianzan las posibilidades de Pedro Sánchez de optar al puesto y los que se escandalizan, una vez más, de los movimientos mediáticos realizados por Podemos. La aparición de Pablo Iglesias ante los medios marcando las condiciones sobre la composición de un gobierno compartido por PSOE y Podemos, no solo casi provoca un síncope en Rubalcaba, sino que agitó de nuevo los casi siempre tranquilos mares de las componendas parlamentarias. Una vez más, gesticulación para unos, conducta inapropiada para otros, naturalidad para muchos.

Asistimos, pues, a una profunda mutación en la forma como se desempeña la vida congresual, gracias una vez más a la gente de Podemos, cuya capacidad de sacudir estructuras anquilosadas sigue estando bien engrasada. Y no hay que olvidar que las formas, no son solo formas, no es solo estética, también tienen consecuencias reales. ¿Ahora bien, además de las formas, conseguirán cambiar también los fondos? No va a ser fácil, como ha quedado demostrado en la tentativa de formalizar cuatro grupos parlamentarios de candidaturas con presencia de Podemos, es decir, una propia, y otra para las candidaturas catalana, valenciana y gallega. Para los que a menudo ven gesticulación y conductas inapropiadas, dicho fracaso ha sido visto como una lección de realidad para la fanfarronería de Podemos, pero también como signo de que Podemos vendió a las candidaturas de confluencia una idea que se ha demostrado imposible de aplicar reglamento en mano, y lo cierto es que ambas conclusiones son equivocadas. La primera, porque Podemos va a las Cortes a hacer las cosas de otra manera y los que le acompañan también, por lo que su obligación es traer escenarios nuevos e intentar que las cosas sucedan. No obstante, no tiene mayoría y por lo tanto las cosas no solo dependen de ellos mismos, sino también de aquellos grupos que con su voto pueden favorecer o impedir que se alcancen dichos fines. La segunda, porque las candidaturas de confluencia eran muy conscientes de las posibilidades que habían de que no saliera adelante su grupo parlamentario. En ellas se enmarcan formaciones como Iniciativa per Catalunya, que cuenta con una larga experiencia parlamentaria, conoce perfectamente el reglamento y sus límites y sabía que para conseguir esa posibilidad, había que pelearla y ganar. Sin duda se peleó, pero no se ganó.

La lección que cabe extraer de este episodio es que llevar a cabo iniciativas con éxito no va a resultar nada fácil para Podemos en ese entorno y que entre ellas se cuenta el contribuir a formar un gobierno de cambio en España. Las dificultades políticas de encajar fuerzas de signo tan dispar para cuadrar los números sin asumir renuncias importantes para cualquier parte son demasiado grandes, aunque sin duda el centro del problema se encuentra en el encaje territorial y en ese sentido las posiciones no pueden ser más irreconciliables. Dichas dificultades son vividas además por la bancada socialista con un exceso de temor. Todo mensaje, toda propuesta que llega desde las fuerzas del cambio es visto como un intento de fracturar internamente el PSOE o de “sorpassarlo”, mientras que la vieja guardia recuerda que más vale malo conocido (PP) que bueno por conocer. Ello es probable que acabe generando un estado de considerable psicosis interna, porque supone añadir a las contradicciones e impotencia de la socialdemocracia actual, el miedo a la pasokización. Y todo ello, en medio de un baile de puñales en el que hay quien quiere ser califa en lugar del califa.

Pues bueno, si todo esto no es un cambio, que venga Felipe y nos lo explique…