El “Banco Malo” y las ayudas financieras. Una oportunidad para el relanzamiento

José D. Roselló

Los temores de que un colapso español arrastre a los principales sistemas bancarios de la Zona Euro es lo único, con razón o sin ella, que atemoriza lo suficiente a las autoridades económicas europeas (o a la señora Merkel, que es lo mismo) como para abandonar la retórica de la austeridad.

Este es el motivo de que todos los recursos recibidos de Europa por nuestro país tengan como destinatario último los bancos, y también de que nos exijan como contrapartida  hacer el famoso Banco Malo (entidad financiera que acumule y gestione todos los activos de alto riesgo actualmente incluidos en los balances de varias entidades.)

Cierto, tanto las ayudas como la creación de esta entidad son medidas adecuadas a la coyuntura del sistema financiero español.

No obstante, aunque adecuadas, estas medidas, tal y como se plantean, son insuficientes si de lo que se trata es de impulsar la salida de la crisis. Lo idóneo sería que no fuésemos forzados a una austeridad claramente inadecuada, y que se pudieran instrumentar políticas de demanda, todo ello simultaneado con actuaciones del BCE respecto a la deuda española para mantener bajo control la prima de riesgo. Parece, desgraciadamente, que lo idóneo no es políticamente alcanzable en este momento.

Aún así, si no podemos ser felices, podemos ingeniárnoslas para ser eficientes  y justos. Existen problemas muy importantes en la economía nacional muy estrechamente relacionados con la esfera financiera cuya solución es clave para una hipotética salida de la crisis y que pueden ser atacados aprovechando la intervención en el sector bancario. Usando un término coloquial, ya que está abierto el melón, aprovechemos.

La primera de las posibles medidas es acabar con la situación absolutamente desequilibrada en el terreno de los préstamos hipotecarios consistente en no aceptar la dación en pago. La situación actual en la que se debe responder a un préstamo hipotecario, además de con la pérdida de la casa, con las rentas futuras, ni es justa ni eficiente en lo económico, ni realista. El prestatario, que es el agente más débil y con menos posibilidades de diversificar riesgos, interioriza todos ellos, mientras que el prestamista pierde toda la responsabilidad de haber realizado una valoración incorrecta del riesgo, situación que se agrava si, como es el caso presente, ante un elevado grado de fallidos es la entidad para la que se instrumentan pasarelas o soluciones de emergencia. El sistema actual sobreprotege al agente fuerte y sobrepenaliza al agente débil.

Debemos aprovechar para adoptar el modelo anglosajón, donde con la pérdida de la casa se cancela la deuda y a partir de ahí, que prestamista y prestatario se resarzan como puedan, asumiendo cada uno las consecuencias correspondientes. Así, el prestatario tiene la oportunidad de volver antes a una situación normal, en la cual consume y gasta bienes y servicios y las entidades prestamistas tendrán incentivos a ajustar mejor las valoraciones constituyendo esto un factor corrector que moderará los riesgos de próximas burbujas.

Otra posible medida consiste en constituir el Banco Malo no solo como mero depósito de activos invendibles,  sino dotarle de una cierta capacidad para que sirva como instrumento de política de vivienda. En el actual estado de cosas tenemos simultáneamente a entidades financieras efectuando desahucios y dejando a ciudadanos en situaciones de práctica exclusión social, mientras que se les dota de la posibilidad de escoger todo lo no rentabilizable de su cartera y endosárselo a una entidad soportada en gran medida por capital público. No es difícil que se den casos en los que con la familia en la calle, el banco o caja decidiese que la vivienda carece de valor real de mercado, y la transmitiese al Banco Malo. En este caso es el Estado -o sea, nuestros impuestos- el que está recibiendo todo el coste de la operación  por las dos vías: tener que apoyar al ciudadano excluido y tener que responder del activo no rentable. Un expediente aplicable consistiría en que el Banco Malo tuviese cierta opción a recibir una vivienda impagada sin echar a la familia mientras se instrumentan mecanismos para que la vivienda sea pagada más despacio, parcialmente o como sea, actuando como financiador de última instancia. Otra posibilidad es que se condicione el recurso al Banco Malo de forma que el resultado final sea una entidad que, además de todos los activos tóxicos, tenga un parque de viviendas que permita actuaciones de cara a colectivos especialmente desfavorecidos, pudiendo hacer un servicio de orientación social. Ya que pagamos, al menos que sirva para solucionar más problemas y no exclusivamente los de los bancos.

La última área de actuación posible es aquella que incluye a la deuda de los hogares. En este momento las familias españolas tienen un nivel de endeudamiento récord derivado en su mayoría de las deudas contraídas para la compra de viviendas a precios sobrevalorados. Hay un consenso general entre los analistas en señalar que es imprescindible una reducción apreciable de esta deuda para propiciar un despegue de la economía (lo que se conoce como proceso de desapalancamiento). Si la banca va a recibir ayudas, sería conveniente estudiar la posibilidad de que en este proceso los hogares pudieran ver reducida la carga de su deuda. Ya sea a través de la instrumentación de quitas, ya sea a través del uso de toda la ayuda financiera disponible (es decir usar la totalidad de la línea de crédito europea y no solo una parte), debemos aprovechar la ocasión de estas circunstancias especiales para quitar plomo de las alas de los consumidores; esto fomentaría la actividad y nos pondría en una senda de crecimiento antes.

En todos los casos, las medidas son un pelín heterodoxas, pero tienen la ventaja de que su aplicación en todo o en parte las constituiría en elementos de carga anticrisis real y no solo en remedios para el sector financiero; así los sufridos ciudadanos de a pie recuperaríamos la sensación de que nuestros gobiernos pueden hacer algo realmente por nosotros, aparte de recomendarnos que soportemos con estoicismo un año o dos, o los que sean, de desastres. Si como se ha demostrado, es necesario intervenir masivamente para evitar los efectos perniciosos de las quiebras bancarias, lleguemos un par de centímetros más y actuemos un poco por los ciudadanos. Aparte de justo es conveniente, y su coste político actual es cero.