El asesino entre nosotros

Barañain

Desde el pasado jueves vivo conmocionado por la noticia de un asesinato cometido en el centro de Bilbao: el de Koldo Losada, presumiblemente cometido por su pareja, Jon Ezkurdia. Conocía a ambos. Casados hace un par de años, convivían desde hace dos décadas. Jon, de 54 años,  regentaba un conocido y singular bar -”La gallina ciega”-, en el centro de Bilbao, cercano al Museo de Bellas Artes, en el que atendía exquisitamente  a sus clientes. La víctima, actor de teatro, de la misma edad, era conocida sobre todo por haber intervenido en papeles secundarios en populares series de televisión (Aída, Amar en tiempos revueltos, Cuéntame, Águila Roja, etc.). No se albergan dudas sobre la autoría, una vez detenido el marido de la víctima junto al domicilio conyugal,  embriagado y con sangre encima.

 Bilbao es una ciudad pequeña y los ecos de la noticia nos han acompañado en estos últimos días, en reuniones sociales, en  la calle, en las barras de los bares. La prensa ha dedicado portada y páginas enteras al terrible suceso, dándole una relevancia que no ha llegado a alcanzar nunca cualquiera de las múltiples crímenes de mujeres  a manos de sus parejas masculinas. El hecho de que este episodio haya involucrado a personas de desahogada posición económica, relativamente conocidos ambos, en el mismo centro de la ciudad y, sobre todo, homosexuales puede explicar el enorme eco mediático. Consternación y morbo a partes iguales.

 Algunos detalles inicialmente divulgados rodeaban al suceso de enigmas que, a su vez, hacían correr la imaginación y llenaban páginas de  periódico y conversaciones de especulaciones gratuitas. Por un lado, se contaba que Jon, el presunto asesino, se habría enterado recientemente de que padece una enfermedad terminal con una expectativa de vida de escasas semanas, lo que podría estar en el origen de su repentino trastorno.  Por otro lado, se nos contaba que la pareja estaba en trance se separación, por decisión de Koldo, y eso situaba el crimen en las coordenadas de la más  típica violencia de género (y de paso, permitía  bienintencionadas disgresiones sobre las limitaciones de la ley actual para la prevención de esta lacra y los rasgos diferenciales de la violencia cuando se da en parejas del mismo sexo).  Tal vez un día sepamos cual ha sido el detonante. Si ha sido una violencia explosiva o premeditada. Sea o no real lo de la enfermedad fatal que acechaba, es cierto que no suele ser habitual que quien ve venir así una muerte inminente e inesperada se despida atacando a los suyos. Al revés, lo habitual es que procuren su futuro bienestar. Los celos y la pasión posesiva, por el contrario, sí son muy reconocibles como desencadenantes de esa violencia extrema. Quizá fue una combinación de ambas cosas.

 Otros detalles añadían un toque sórdido a la tragedia. En la tarde del miércoles, al parecer tras cometer el crimen, Jon se despedía de sus amistades en su perfil de Facebook, aludiendo al fin de su bar, que llevaba misteriosamente cerrado unas semanas. Era inevitable que la imagen, tremenda, acabara como impactante portada en El Correo: un primer plano de su rostro, maquillado como un payaso siniestro, con los ojos pintados de negro, la boca de rojo y la mirada perdida. Más que un payaso convencional, recordaba al Jocker de Batman. Además, tras matar a su marido acababa de estrangular al perro de ambos, Gastón, un  pequeño ‘westley’, cuyo cadáver apareció en un contenedor de basura junto al domicilio (he leído que la Ertzaintza baraja añadir un cargo más contra el presunto asesino, el de “maltrato animal”: no me extrañaría, incluso en medio de la sordidez hay espacio para la estupidez).

 En El País, El Correo y  otros medios, se ha comentado la casualidad de que la pequeña y céntrica calle donde está situado el bar de Jon – del que se ha dicho que atendía a una “selecta clientela”, aunque realmente la exquisitez la ponía él -, albergaba también un centro de artes marciales para niños bien en el que, meses atrás, se descubrieron los atroces asesinatos de dos mujeres por el experto en artes marciales, un falso monje shaolín,  que lo regentaba. Esta banal coincidencia ha dado pie a que algunos especulen sobre “crímenes de burgueses”, que serían brutales y teatralizados. Tonterías aparte, hasta el reportero de El País, abandonando su habitual sobriedad, se dejaba llevar por el sensacionalismo: “A escasos 30 metros de distancia han convivido durante años dos presuntos asesinos con sus respectivos negocios, etc…”

 ¿Que han convivido dos asesinos? ¿Cómo es eso? ¿Desde cuándo? Si asesino es quien comete un asesinato, ¿acaso lo es ya antes de cometerlo? Asesino es una definición de alcance legal, no  define un tipo de personalidad. Y sobre todo no marca retroactivamente esa personalidad, esa biografía, desde la comisión del crimen. Uno no vive siendo un asesino, se convierte en asesino en un momento dado de su vida.  Claro que hay personalidades proclives  al crimen -ciertos psicópatas-, pero no todo futuro criminal ha llevado escondido en su interior ese oscuro designio.  Porque, en un momento dado y bajo ciertas circunstancias, todos podemos matar a un semejante. Todos podemos sufrir un grado tal de descontrol -por desesperación, celos, odio, venganza, etc…-, que nos convierta en criminales porque somos animales racionales (incluso cuando actuamos bajo esas pasiones, por más que las llamemos “irracionales”).

 El crimen no tiene por qué ser la referencia unidimensional de una vida, aunque deje sobre ella una marca indeleble. Ahora algunos, absurdamente,  buscan esa marca en el pasado. Aunque todos reconocían el buen hacer de Jon tras la barra, su amabilidad y su educación, ahora nos enteramos de que hay quienes recuerdan sus “prontos” y su “soberbia”, que revelarían  “un carácter muy distinto al que ofrecía detrás de su reducida barra”. Para estas ocasiones, los periodistas siempre encuentran voces discretas que les susurran eso que quieren oír, lo que saben que sus lectores más morbosos agradecerán. Aunque fuera una “persona encantadora” para sus amistades, algunos  han reparado ahora  en su proclividad a “reacciones hurañas” que casi nadie advertía en el trato diario. Hasta habrá quienes se digan eso de “ya me parecía a mí…”.

 Aludiendo a la imagen de despedida en Facebook que he comentado, alguien ha señalado que  la del Jocker es la imagen del mal en persona, del mal absoluto. Como si nos estuviera dando una pista reveladora de su personalidad. Resulta casi inevitable intentar dar sentido a lo atroz buscando indicios del pasado que hagan explicable lo sucedido. Cuando alguien cae en desgracia -no necesariamente por cometer un asesinato-, es frecuente que, en su entorno, quienes han compartido hasta ese momento su trayectoria busquen diferenciarse reinterpretando esa vida, en la que de repente descubren rasgos oscuramente premonitorios que nunca antes les alarmaron y que justificarían o explicarían su conducta actual. Necesitan encontrar esos indicios que ahora ven como inquietantes y lamentan no haber valorado antes, aunque solo sea para que el criminal no parezca como ellos, un tipo normal. Necesitan que el crimen sea obra de una persona extraña, ajena a ellos, aunque esa supuesta extrañeza no  haya despertado su interés hasta el momento en que la pesadilla nos sobresalta a todos.

 Confieso que escribo esto porque hoy no podría hacerlo sobre ningún otro asunto. Sólo tengo a Jon en la cabeza, golpeando hasta la muerte a la persona que amaba. Sólo me he asomado a la prensa para saborear la ración diaria de amarillismo, conjeturas e insinuaciones gratuitas, esperando ver  el inevitable declinar del interés mediático (resucitará con el juicio).  Conocía a ambos desde hace años. Muy ligeramente a Koldo, el asesinado. Pero estoy seguro de que es cierto lo que amigos  y compañeros de la farándula han dicho de él: que era un niño grande y una bellísima persona. Yo tenía más relación, sin llegar a ser de amistad, con Jon. Le apreciaba, le aprecio. Intento empatizar con la víctima, pero no consigo quitarme de la cabeza a su asesino.

 En el entorno de la pareja, algunos dicen que, ya en prisión y una vez que se recupere del shock -por definir de algún modo su estado emocional actual-, la desesperación por lo que ha hecho le vencerá. Quienes saben que Koldo era su vida se preguntan:  ¿cómo podrá sobrevivir a eso? Así como unos  buscan indicios del mal en su pasado aparentemente apacible, otros esperan que su conducta futura inmediata certifique que todo ha sido un sinsentido. Quizá, aun inconscientemente, se espera un sacrificio que restableciendo cierta “normalidad” nos permita seguir confiando en que las personas son como creemos que son. Porque si no es así, ¿cómo podremos convivir con esto?

 http://www.elcorreo.com/bizkaia/201411/20/actor-koldo-losada-aparece-20141120121656.html

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/11/20/paisvasco/1416483966_543275.html