El arte, el artista y sus celebraciones

Frans van den Broek

En la cuestión que sigue es probable que, como en el cuento de Nasrudin, todos tengan la razón porque todos están equivocados, en una medida u otra. Me refiero a la polémica que ha generado la controvertida decisión del ministerio francés de cultura de eliminar de la lista de celebraciones para este año el nombre de Celine, en razón de su afiebrado antisemitismo. El asunto ha concitado el interés general y ha hecho tomar la pluma a los intelectuales más destacados de Francia, bien para deplorar el hecho o para justificarlo. Entre nosotros ha sido objeto de algunos comentarios, como el de Vargas Llosa en su columna de opinión “Piedra de toque”, en el que lamenta la decisión ministerial, y con seguridad dará qué hablar por algún tiempo en el mundo intelectual internacional. Si no por otra, por la sencilla razón de que es un tema casi eterno, cuya solución, a mi parecer, es imposible, si por solución se entiende la obtención de alguna respuesta definitiva, ya que desde que el mundo es mundo y el arte, arte, se ha discutido hasta qué punto es razonable o decente considerar que el arte y la vida de un artista deban ser juzgados aparte y tomados como ámbitos distintos de ejercicio moral.

Dije que todos estarían equivocados porque esta es una de aquellas cuestiones en las que uno pierde siempre, como en las paradojas de los cuentos de hadas o los partidos de fútbol de selección nacional peruana. Si uno se muestra desfavorable a la decisión ministerial, deberá aceptar que el arte y la vida son ámbitos independientes, y, por tanto, aceptar que un perfecto monstruo moral forme parte del panteón de héroes nacionales de la cultura, más allá de lo que haya hecho política o privadamente. Esta posición se encuentra abierta a los ataques de quienes piensan que la moralidad de un individuo tiene que ser tomada en cuenta a la hora de juzgarlo, allende sus logros artísticos. Pero esta segunda posición, la de quienes privilegian la naturaleza ética del individuo, es vulnerable al ataque de quienes ven en esta posición una puerta abierta a la censura y la represión política o ética. Fuere cual fuera nuestra opinión, lo lamentaremos, de una manera u otra. Y a diferencia de los cuentos de hadas, no nos será posible salirnos del pantano halándonos los pelos, como haría el barón de Munchhausen o echarle la culpa al árbitro o a los desmanes eróticos o alcohólicos de los futbolistas, como hacemos todos los peruanos.

Quizá la mejor postura sea la de alzar los hombros y dedicarse a otra cosa, lamentando tal vez que los 50 años de la muerte de Celine no vaya a ser ocasión para escuchar todas las palabras sabihondas que hubiéramos querido en los medios de comunicación, dichas por los mediáticos intelectuales de hoy en día, o escoger un bando y tensar los músculos, dispuestos a aceptar los golpes que inevitablemente nos caerán de alguna parte. Porque el asunto no es trivial –aunque las celebraciones lo sean-, si bien es insoluble en el terreno de los argumentos, y requiere de nosotros que decidamos cuál de entre nuestros valores tiene prioridad, si el ético o el estético, y bajo qué circunstancias y tras cuáles deliberaciones. La mayoría de los intelectuales franceses ha optado, de modo previsible, por preferir la libertad de expresión y por honrar la figura del artista, pero lo han hecho casi a modo de un condicionamiento, con una u otra salvaguarda ética al margen. Celine, nos dicen algunos, es prueba de que un ser humano puede ser un creador genial y un soberbio bastardo, por lo que desdeñar su obra o negarse a celebrarla supone un enjuiciamiento monolítico que no casa con la complejidad de la naturaleza humana. Detrás de esta postura se encuentra la vieja noción de la excepcionalidad del artista, idea romántica que quizá en ninguna parte como en Francia ha determinado la relación que ha tenido una sociedad con sus creadores. Pero la idea está tan extendida que es difícil recordar que es un prejuicio como cualquier otro, pues en todas partes el comportamiento personal de los artistas se supone y hasta se espera que tramonte las barreras morales de las que los demás de los mortales no podemos librarnos con tanta impunidad o gay vivir. El artista sería una especie de profeta de un mundo inaccesible al pueblo llano sin su mediación, una forma de conciencia que necesitamos para mantener la vitalidad y la salud de una sociedad libre, un genio, en suma –en la acepción original de la palabra-, cuya creatividad opera en un ámbito de imaginación libre, donde las normas morales no pueden aplicarse sin sofocarlo. En general, asociamos las excentricidades del artista con formas más amables de transgresión, de tono hedonista o sensual, pero a veces toleramos hasta el crimen o la sedición. Pero en el caso de Celine y de muchos otros, el tipo de crímenes que cometieron y de ideas que propalaron son de otro orden. Como se sabe, Celine se dio a bramar panfletos antisemitas en tiempos en que se llevaba a cabo el holocausto y cuando su país estaba ocupado por los nazis. Otros escritores o artistas hicieron alabanza de sátrapas como Stalin o Mao, o se dedicaron a seducir beldades de trece años, como Polansky, o a contarnos atrocidades bestiales, como el marqués de Sade, cruzando una línea que casi cualquier ser humano normal y corriente estaría de acuerdo en considerar impasable, so pena de perder la decencia y el derecho a nuestra tolerancia.

¿Pero tiene sentido querer conservar la vieja idea romántica del creador semi-sagrado y libre, o ha llegado el momento más bien de reconsiderar nuestras nociones de excepcionalidad artística? Ser conscientes de que el arte no siempre fue lo que es ahora podría alertarnos a la hora de decidir si queremos preservar al artista y a su obra de todo tipo de constricción moral. Tal como el arte fue otra cosa, bien podría dejar de serlo en el futuro, cuando otro tipo de arreglos sociales y económicos rijan el destino de los seres humanos. Antes de la irrupción del individualismo artístico el artista no creaba para mejor gloria de su persona (y de una noción hipostasiada del arte por el arte), sino para cumplir ciertos objetivos concretos, tanto de su gremio como del contratante en particular, así como de la sociedad en general donde su actividad tenía lugar. Sé que me remonto a una época quizá demasiado lejana de nuestra cultura, pero lo hago para enfatizar el contraste. Además, este tipo de arreglos artísticos sigue vigente en algunas sociedades tradicionales y puede infiltrarse en nuestra sociedad híper tecnológica, una vez nuestras nociones de arte y obra artística sufran un cambio suficiente. En esta visión tradicional, el ámbito ético no está divorciado del ámbito artístico, o, mejor dicho, artesanal, pues el arte fue artesanía antes de ser arte como lo entendemos ahora. Los gremios eran sociedades educativas de carácter iniciático y ético, donde se forjaba no sólo la habilidad del artesano, sino el propio carácter del aprendiz, con el doble objetivo de conseguir un producto útil y hermoso y de lograr que el artesano se convierta en una persona proba. No cabe duda de que estos objetivos no siempre se cumplían y de que habrá habido muchas variantes y excepciones, pero lo que quiero recalcar es el hecho de que a nadie en dicha época se le hubiera ocurrido conceder excepción moral alguna al artesano. Los objetos de arte debían producirse dentro de una red de significados compleja que antes que excluir lo moral, lo requerían.

El desarrollo histórico hizo desvanecerse estas nociones en aras de mayor libertad creativa, proceso alentado por los cambios científicos y tecnológicos, la secularización, el avance de la democracia y los nuevos mercados del arte. Pero, a pesar de estos cambios, la preocupación moral ha seguido siendo uno de los elementos más importantes de la creación artística, de varias maneras, aunque se haya dejado de aceptar la primacía del juicio moral sobre el estético. Las mismas vanguardias, con su iconoclasia y su desparpajo moral, estaban impulsadas en parte por una preocupación ético-política, la de romper las viejas constricciones para abrir espacios de libertad creativa que ulteriormente modificarían las mismas reglas de juego de la sociedad en general. Con esto quiero decir que las nociones de un arte por completo divorciado del individuo creador, del arte por el arte, o del arte como habitando su propia esfera metafísica, son sólo alguna de las maneras en que se concibió esta liberación creativa, y quizá, a la larga, no la más interesantes o importantes. Las actividades del hombre, a la larga, no pueden estar tan alejadas la una de la otra, aunque sea correcto y necesario admitir distancias y excepciones en circunstancias concretas. Lo mismo que ocurrió con el arte le pasó a la filosofía, por cierto, pues hasta no hace mucho la indagación sobre la naturaleza de las cosas no estaba divorciada de la sabiduría de vivir, y no se hubiera comprendido entonces una especulación ejercida por el simple hecho de ejercerla, sin consecuencias en la vida cotidiana del filósofo. Es más, la incoherencia en este terreno se hubiera tomado como un error, bien de la especulación o del individuo que era incapaz de ponerla en práctica, directa o indirectamente.

¿Y qué hacer con Celine, por tanto? Su caso involucra un aspecto público que no puede dejarse de lado, por supuesto. El ministerio francés no ha coartado, hasta donde puedo saberlo, cualquier actividad de celebración de Celine que puedan emprender individuos particulares, pero ha decidido no hacerlo oficialmente, esto es, utilizando los dineros del contribuyente y la anuencia del gobierno. No cabe duda que declinar hacerlo con alguien que es uno de los mejores escritores franceses del siglo pasado requiere de buenas razones, pero el gobierno no ha buscado debido buscar mucho para encontrarlas. Francia llevó a cabo una política de colaboración con el nazismo que no siempre quieren recordar y, después de todo, se trata de crímenes atroces, aunque Celine mismo no los haya cometido en acto. Quizá la motivación del gobierno haya sido simplemente librarse de problemas innecesarios, o quizá se trata de una genuina sensibilidad moral, quién sabe. Me pregunto, empero, qué pensará el público de a pie de todo esto (no en vano es en Francia que Le Pen llegó a la segunda vuelta de las elecciones). ¿Sigue siendo Celine leído por el gran público, le importa su destino como escritor, le interesa en algo que se haya suprimido de las listas de celebraciones? ¿Sería factible y deseable hacer un referéndum sobre estos temas? La pregunta podría ser sencilla: si el estado debe gastar dinero en celebrar a algún escritor, artista, poeta, filósofo o cualquier héroe cultural, ¿no le importaría que dicho individuo hubiera en algún momento de su vida tenido ideas o cometido actos repugnantes y crueles, como el antisemitismo o la pedofilia? Dado que es nuestro dinero, en principio, el que se gastan los gobiernos, no estaría mal que nos preguntaran alguna vez qué es lo que pensamos. En lo que a mí respecta, creo que votaría en contra de gastar dinero del erario público en recordar gente miserable, por geniales que fueran, aunque no sea más que por el hecho de que estamos en crisis y de que hay que ahorrar. Ahora bien, quizá sea mejor ahorrar de todas formas, aunque se trate de santos.