El ajuste de la construcción y otros demonios

Econcon

El mundo inauguró 2008 con la percepción fundamentada de que nos dirigíamos, todos de la mano, a un periodo de menor crecimiento, incluso de muy poco crecimiento en algunos sitios, incluso de una posible recesión en Estados Unidos. En general los temores son los mismos: falta de liquidez en los mercados financieros, que no es descabellado suponer haya adquirido ribetes de crisis de confianza (o sea, lo mismo, pero un poquito peor); alta inflación internacional; alto precio de las materias primas, incertidumbre etc. Luego, cada cual tiene su cruz, esto es, cada país carga con una problemática específica a través de la cual se le cuela el lobo de “la crisis” en sus pesadillas. Unos pueden andar preocupados porque una evolución de tipos de interés al alza les fastidie una recuperación económica incipiente, otros por cómo la variación del tipo de cambio de sus monedas haga perder atractivo a sus exportaciones etc.

Nosotros hablamos mucho de la construcción y del inmobiliario, de cómo y  cuánto van a durar sus ajustes y de qué problemas nos puede ocasionar. No es de extrañar que le demos vueltas al asunto. La construcción ha sido uno de los sectores más dinámicos de la economía española en los últimos 10 años, desde el 99  ha crecido cerca del doble del total de la economía (no tanto en los últimos dos años, pero siempre por encima). Además, sostuvo prácticamente ella solita el crecimiento durante el periodo de “minicrisis” internacional que sobrevino tras el estallido de las puntocom y el 11-S. Si aquí no se percibió prácticamente la ralentización internacional fue gracias al desempeño de este sector. Loor y gloria pues, en tanto en cuanto lo merece, al ladrillo y a las muy directamente conectadas  actividades inmobiliarias. Todo junto forma una porción de la economía muy intensiva en empleo.

Es perfectamente lógico que a todos nos quite un poco el sueño el qué va a pasar con ellas, así como la cuantía de este ajuste y hasta dónde va a llegar.

Bueno, si ahora digo que no se puede saber con seguridad, el abucheo subsiguiente es merecido, pero antes de que abandonen airados la lectura de estas líneas, sí hay algunas cosas sobre este tema que  se saben, y que en cierta medida pueden ayudar a conciliar el sueño,  quizás a atemperar discusiones y siempre, desde luego, a  aportar algo de sentido común al análisis.

La construcción y el sector inmobiliario no podían seguir a ese ritmo. No es exagerado  decir que habíamos llegado casi al límite de lo razonable; de ello se debatía ya bastante antes de estos dos o tres últimos años. El sector de la construcción no puede crecer desde cifras que implican la construcción de 600  a  800 mil viviendas al año. No es sensato que se iniciasen más viviendas aquí que en la suma de los países más grandes de la zona euro. Tampoco era sostenible ni económica ni medioambientalmente, que hubiera que crecer sistemáticamente cuando se está contando con recursos escasos o fijos (suelo, agua etc).

También obligaba a poner a prueba la lógica la evolución del precio de la vivienda. El incremento de los precios fue de dos dígitos durante varios años, desafiando cualquier modelo que intentara explicarlos usando variables “tangibles” como empleo, población, salarios y oferta –de viviendas-. La palabra “burbuja” estaba en boca de varios, y su sinónimo más suave, “sobrevaloración”, en boca de prácticamente todos. En un momento dado la expectativa de rendimiento del dinero que uno metiese en este sector era tan grande que no es descabellado suponer que se indujesen mecánicas ineficientes. Esto es, que el tejido productivo (agrícola, industrial, servicios) en muchas zonas, se viese devorado por la construcción de viviendas y más viviendas ¿Pan para hoy, hambre para mañana? Puede. Esta situación producía repercusiones de cariz socioeconómico,  como el grado de endeudamiento de los hogares y las dificultades de acceso a la propiedad de un techo (sin entrar en hasta qué punto la propiedad de un techo es algo que no debería ser dificultoso).

Uno de los porqués de que hubiera tantas cosas “por encima de lo razonable” es que había una factor necesario que se hallaba “por debajo de lo razonable”, y no es otro que la dificultad de acceso a la financiación, o dicho de otra manera, el tipo de interés. Cuando este empezó a subir…las cosas empezaron a cambiar. Pero bueno, el caso en que entre lo que viene de fuera y las dinámicas que vienen de dentro, la situación pasada llevaba en sí las razones para su freno. Este freno traerá cosas malas: paro y menor crecimiento.

El paro es lo que más preocupa, por su componente social (al que se quede en paro no le sirven de ningún consuelo las explicaciones macroeconómicas) y por su vertiente económica (deja de consumir, y deja de demandar otros bienes y servicios, prolongando el parón). Hay que decir dos cosas. La primera, estamos en mínimos históricos de la tasa de paro, en la actualidad está en el entorno del 8,5%. No es que no deba preocupar, pero si llegásemos a un 12%, aún estaríamos en niveles del año 2003, año que no se recuerda con especial sensación de dramatismo (sin querer frivolizar al respecto). Segundo, que la mejor medida en contexto de paro es la de la prestación por desempleo. En contextos de dinámicas negativas generales, lo importante es que esas personas puedan seguir llenando la nevera (y consumiendo de los demás sectores de la economía), la segunda medida mejor, desde luego, es propiciar que el parado pueda encontrar otro trabajo rápidamente. Para ambas cosas la economía española dispone de medios, que pueden incrementarse, además, en buena cantidad. (Superávit presupuestario) 

En cuanto al crecimiento, tiene muchas fuentes y pueden hallarse y, de hecho, pueden estar empezando a operar ya, factores alternativos (industria, exportaciones de bienes y servicios etc). Otros sectores vendrán a beneficiarse de lo que la construcción deje de precisar y taparán el hueco. También el sector público, del que más de uno, como de Santa Bárbara, solo se acuerda cuando truena, desempeñará un papel de contribuyente a la demanda en la medida en que estime conveniente.

No falta una consecuencia positiva del freno de la construcción, ya esbozada: la corrección de desequilibrios conexos con posibles dinámicas de burbuja. Yo me conformo personalmente con que el precio de la vivienda vuelva a valores razonables. Es difícil decir cuánto, cómo y dónde bajaran los precios, o dónde se mantendrán, pero que hay una innegable dinámica bajista es evidente.

Para terminar, resaltar algo: menor crecimiento de la construcción no significa muerte de la construcción. Será necesario seguir construyendo y vendiendo casas, tenemos población en aumento, tenemos demanda extranjera de residencias, tenemos familias más pequeñas u hogares unipersonales… es decir, hay factores latentes que hacen necesaria la construcción. Se estima que esta necesidad es de entre 300.000 y 500.000 viviendas año. Cuando se purgue el exceso, se volverá a estos niveles digamos “de equilibrio”, y veremos a los demonios nocturnos dejando de acosar nuestros sueños.