El aborto, también un derecho para las jóvenes de 16 años

Melinda

La reforma de la ley del aborto que ha planteado el Gobierno en el Congreso de los Diputados el jueves pasado nos equipara a otras sociedades avanzadas europeas, al convertirla en una ley de plazos, al tiempo que propone la autonomía legal para las jóvenes de 16 años, quienes no tendrían que contar con el consentimiento paterno para poder abortar.

Es desafortunado que el tema del consentimiento de los padres esté siendo objeto de interpretaciones confusas, que indican que no se está comprendiendo bien el sentido de la ley.En esta confusión incluyo unas declaraciones del Presidente de la CA de Castilla La Mancha, el socialista Barreda, a quién vi en televisión hace unos días, cuando le preguntaban su opinión sobre la ley en lo tocante a las jóvenes de 16 años. Más o menos su respuesta fue ésta:

– Bueno.., yo no estoy de acuerdo, pero tengo que decir que mi desacuerdo se debe a que tengo hijas (o una hija) y no puedo imaginarme que en semejante trance una hija mía no contara conmigo-.


Me resulta difícil comprender que se confunda de una manera tan burda la existencia de un derecho, que asistiría a la joven si ella así lo desea, con el hecho de que la joven cuente o no con sus padres a la hora de tomar una decisión con su embarazo de adolescente. Como el Sr. Barreda no ha sido el único que ha expresado esta clara confusión entre la potestad legal y la relación paterno-filial, creo que merecería la pena ahondar un poco en el tema.


Aclaremos antes de seguir adelante que el conceder el derecho de abortar a una joven de 16 años sin necesidad de tener el consentimiento de los padres nada interfiere ni tiene que ver con la relación que tenga esa joven con sus padres ni con el grado de comunicación que pueda existir entre ellos, que serían, suponemos, los factores clave a la hora de que una joven que se descubre embarazada quiera y/o pueda contar con sus padres a la hora de decidir qué va a hacer con su embarazo. En caso de haber buena comunicación, es bastante posible que la chica buscara apoyo, compasión o ayuda en sus padres, ya que el trance de saberse embarazada a los 16 años debe ser bastante duro para enfrentarse sola al mismo. Pero en caso de no existir esa comunicación, lo más probable es que la chica se busque la vida por su cuenta y no acuda a unos padres que ella seguramente piensa que no la van a comprender. ¿Qué alternativas tiene si no le ampara la ley? Solo hay que recordar aquella magnífica película rumana “Cuatro meses, siete semanas y dos días” que versa sobre un terrorífico aborto ilegal de una joven en Bucarest.


Además de la buena o mala comunicación entre padres e hija, existe otro factor que puede ser decisivo a la hora de querer participar como padres en el problema de una hija embarazada de 16 años. Me estoy refiriendo a la actitud que tengan los padres ante el aborto; es decir, si lo consideran un derecho de la mujer o si, por el contrario, se oponen férreamente a su práctica, incluso en las circunstancias de una chavala de 16 años, cuyo embarazo no sea fruto de su deseo de engendrar un hijo, sino un accidente o fallo en el método anticonceptivo utilizado. Si los padres se oponen al aborto por encima de cualquier otra consideración, y la hija no quiere de ninguna manera ser madre a edad tan temprana (qué actitud más sensata la de la chica, en mi opinión, por cierto), puede ser que, aunque hubiese una buena relación entre padres e hija antes del embarazo, la hija decidiera ocultar a sus padres su embarazo y, a partir de la aprobación de esa ley en el Congreso, podría ejercer su derecho al aborto sin contar con ellos. Su salud no correría ningún peligro y estaría debidamente asesorada para evitar futuros embarazos no deseados. No olvidemos que la reforma de esta ley, aparte de plantear la ley de plazos y el derecho de las jóvenes a abortar, insiste y refuerza la necesidad de educar sexualmente a los adolescentes -que es la verdadera madre del cordero- para lo que intenta poner los medios.


La adolescencia es una edad de turbulencias, de descubrimientos, empezando por el de la identidad propia, a menudo de fuerte rebeldía; de secretismo, de alejamiento natural de los padres. Es también la edad en que los jóvenes de hoy día suelen iniciarse en el sexo. Muy temprano, dicen algunos (especialmente refiriéndose a las chicas, por cierto), pero cabría preguntarse si lo es o no lo es, y si es mejor o peor iniciarse a esa edad o ser víctima de una represión puritana como la admirablemente descrita por el novelista Ian McEwan en su reciente novela, Chesil Beach, en la que una joven de unos 20 años en la Inglaterra de 1961-62 no puede vencer la repugnancia infinita que le produce el sexo con el novio al que adora y en el día de su boda (represión que, por cierto, en esa novela, se revela nefasta para la felicidad de la joven).


Las relaciones entre padres e hijos se hacen a menudo difíciles de sobrellevar para unos y para otros en la adolescencia. En esta complejidad se enmarca el problema real del gran número de embarazos de adolescentes, problema que exige que se tome muy en serio el tema de la educación sexual enfocada a la prevención de embarazos, y esta consideración se encuentra en esta reforma de la ley.


Todos conocemos padres estupendos que intentan comprender la situación de sus hijos y que se sitúan cerca de ellos, pero no en medio; procurando siempre estar atentos a lo que ocurre y preparados para ser firmes y acudir en su ayuda, si fuera necesario. En estos casos, los hijos pueden ausentarse temporalmente, pero saben muy bien que sus padres están ahí para ayudarlos si se ven en apuros; y saber que cuentan con sus padres es un verdadero activo para ellos, que posiblemente algunas veces pueda impedirles actuaciones a la desesperada (no incluiría el sexo entre ellas, pero sí el sexo sin protección, entre otras).


¿Puede uno imaginarse, sin embargo, la agonía de una chica de 16 años que se hubiese quedado embarazada -hasta podría ser con escasas ocasiones de haber practicado el sexo e incluso como consecuencia de un fallo del preservativo-, y que estuviera convencida de eso que hemos oído tantas veces de que “si mi padre se entera me mata”? Podemos no solo imaginarnos su agonía, sino posibles fatales consecuencias para ella -la madre- y para un bebé, que nacería sin ser deseado en absoluto, más bien al contrario, como un obstáculo en el desarrollo de la joven. No sé quien de los dos me inspiraría más lástima en ese caso: si la madre adolescente que no quiere serlo o el bebé engendrado a la fuerza, por el motivo de que los padres de la chica no pueden contemplar el aborto temprano como una posibilidad en su hija. ¿Por qué habría de prevalecer en ese caso el derecho de unos padres a imponer por la fuerza en su hija la enorme responsabilidad de criar a un hijo?


El derecho a abortar de las jóvenes de 16 años sin permiso paterno ampara a las chicas de esa edad en los casos dramáticos en que se hayan quedado embarazadas sin quererlo -y a veces, también, sin comerlo ni beberlo – y cuyos padres no serían en ningún caso un apoyo para ellas, sino un gran lastre, una terrible congoja, un agobio insoportable, cuando no los inspiradores de un auténtico temor a que les infligieran un severo castigo. Unos padres que, primero, se enfurecerían con ellas por haberse quedado embarazadas y, después, las obligarían a tener aquel hijo no querido. ¿Qué tienen que temer los padres conscientes, respetuosos y que intentan comunicarse bien con sus hijos?Nada de nada, en mi opinión. Sus hijas seguramente intentarían contar con ellos.


Y, por último ¿sabían ustedes que, en España, las jóvenes de 16 años cuentan desde 2002 (gobierno de José María Aznar) con autonomía legal en el ámbito sanitario para intervenciones como donar un riñón, aumentar el pecho u operaciones realizadas a corazón abierto? Ayer oía al representante del Colegio de Médicos pronunciarse sobre la propuesta reforma de ley, diciendo que anticipaba mucha objeción de conciencia en el ejercicio de esa ley “y no por el hecho del aborto en sí, sino por la falta de consentimiento paterno”.  Habría que preguntar al Colegio de Médicos, entonces,  si viene existiendo el mismo grado de objeción en los otros casos de importantísimas intervenciones quirúrgicas en las que las jóvenes españolas vienen ejerciendo desde 2002 esa autonomía legal.