Educación como solución general

Millán Gómez

Francia puede presumir afortunadamente de haber conocido el fenómeno migratorio antes que nuestro país. Gran Bretaña, exactamente lo mismo. En estos tiempos donde una mentira fluye a la velocidad de la luz mientras las realidades avanzan lentamente, no es un cero a la izquierda afirmar, sin tapujos, que si un país recibe inmigrantes es por su notable calidad de vida, su capacidad para ofrecer oportunidades a los ciudadanos o su potencial económico y cultural. Los españoles en general y los gallegos en particular hemos emigrado a lo largo de los tiempos. Por eso, quizá haya pocas cosas más absurdas y contradictorias que un español alérgico al extranjero, al foráneo. Cualquier día los vuelven a llamar bárbaros. No vivimos en un país xenófobo, pero sí­ en un territorio donde hay ciudadanos xenófobos y racistas, que no es lo mismo.

Un nuevo suceso terrorista ha vuelto a avivar la cuestión migratoria y la ha colocado nuevamente en primer plano. Un yihadista francés de ascendencia argelina ha cometido siete asesinatos en Toulouse. Un grupo afín a Al-Qaeda ha asumido la autoría de los crímenes. Como suele ser habitual, la sospecha se extiende entre los inmigrantes, en su gran mayoría pacíficos y trabajadores. Como se suele decir, pagan justos por pecadores. La única solución a evitar la etiqueta, el estereotipo y la sospecha perenne es la educación. Vigilancia a los sospechosos, siempre sin traspasar los límites de lo puramente ético, y formación desde las administraciones públicas. Cuidar muy bien el lenguaje, enseñar recordando que siempre es mucho más lo que no une que lo que nos separa y que las sociedades se construyen entre diferentes.

Se puede debatir sobre la acción de la policía francesa. Siempre es preferible buscar la detención del sospechoso en vida. En primer lugar, porque el escrupuloso respeto al derecho a la vida es lo que nos diferencia, en primer instancia, de los violentos y segundo por la información que podría facilitar el detenido para evitar nuevos atentados. En este caso también influye la suspicacia del posible interés de los políticos franceses por emplear este hecho como arma arrojadiza en las próximas elecciones. No es nada nuevo. No es el primer caso ni, desgraciadamente aunque ojalá me equivoque, el último.

Las leyes modifican en mayor o menor medida la posibilidad de ataques violentos; una buena educación la puede disipar por completo. En principio y como norma general, creo en la buena fe de las fuerzas de seguridad porque, aunque en este país las sigamos relacionando con épocas afortunadamente superadas, velan por nuestro derecho a la vida y porque, quizá iluso de mí, sigo creyendo en que el hombre es bueno por naturaleza y que solo el contexto, la formación y las influencias de uno pueden desequilibrar la balanza hacia el mal, aunque en un primer momento se encuentre en el lado correcto.