Educación al revés

Frans van den Broek

En varias ocasiones me tocó dar clases a estudiantes universitarios que no sabí­an quiénes eran Adán y Eva o quién Martin Luther King o Dante u Homero. Este último nombre evocó casi siempre al personaje de los Simpsons, y no faltó quien identificara al doctor King con algún tipo de música afro-americana. Dante produjo las más de las veces un vacío impecable en las aireadas memorias de los estudiantes y Adán y Eva recordaron algo, pero no se sabía muy bien qué, algo probablemente religioso o vinculado a casas de moda. Es verdad que muchos de estos estudiantes no lo eran de letras o ciencias sociales, aunque algunos estudiaban literatura española y otros venían a la universidad después de haber seguido el bachillerato de letras, pero dichas oquedades en su conocimiento me sorprendieron sobremanera, más aún ocurriendo como ocurrí­an en una de las naciones económicamente más avanzadas del planeta, y siendo el que habla procedente de una nación todaví­a atrasada en relación al mundo industrializado.

La ignorancia no es un pecado, por supuesto, y puede solventarse con más educación y programas adecuados. Pero si bien es cierto que saber quiénes son Adán y Eva o Dante puede ser irrelevante para la mayoría y ser ignorado con alegría, estas carencias son síntomas de un problema mayor que puede describirse como el declive de los estándares educativos de los centros públicos y el retorno a una división que quisiera llamar de clase si no fuera porque en estos tiempos es difícil comprender qué se entiende por dicha noción, aparte de poseer más o menos dinero. Holanda, que se preciaba de una educación excelente y de igualdad de oportunidades, se está deslizando hacia la partición en escuelas buenas, generalmente privadas, y escuelas mediocres o malas, en general públicas y con predominancia de estudiantes de las minorías étnicas o culturales. Y para colmo, con el sambenito de la crisis, la inversión en educación se ha reducido de nuevo, a pesar de que ya era una de las más bajas de la Unión Europea.

El problema es complejo, por supuesto, y no se restringe a la calidad de educación o incluso a la cantidad de dinero invertida, e implica a la sociedad en su conjunto, por lo que solo puedo limitarme a un par de comentarios peregrinos, cuya raíz es más la experiencia que la sesuda investigación. Comencemos por indicar un dato: de todas las profesiones que producen estrés, la de profesor de primaria o secundaria (sobre todo esta última) se lleva la palma con diferencia. Solo tratar con enajenados peligrosos produce más estrés. Muchos profesores piden la jubilación o el retiro a los 45 años, por el simple hecho de que no lo pueden aguantar más, y las escuelas tienen estructuralmente el problema de conseguir profesores para algunas materias, como matemáticas o química, por lo que recomiendo a cualquier profesor español sin trabajo en España que postule a cualquier escuela secundaria holandesa, que al menos recibirá respuesta y le darán una oportunidad, con tal que hable el inglés. Ni siquiera es necesario ya dominar el holandés o tener la capacitación pedagógica, pues de eso se encargará el colegio en liza, pagándole las clases y contratándole de momento por la puerta de al lado, en un programa que se llama justo así, entrada lateral a la educación. ¿Por qué esta desesperación? No solo porque hay cada vez menos personas que quieran estudiar ciencias, sino porque el trabajo es insoportable, dado el nivel de indisciplina de los estudiantes, sobre todo en las ciudades grandes. En no pocas ocasiones uno arriesga la misma vida, y palizas y retribuciones han dejado de llegar a la prensa de puro comunes. De donde proceda esta indisciplina es objeto de debate, pero imagino que tendrá algo que ver con la laxitud de costumbres que siguió a la rigidez calvinista, y de la que, con razón, Holanda quiso librarse.

A esto se suma un proceso que se ha registrado en otras latitudes, pero que jamás he visto en la magnitud que tiene por estos lares. Las escuelas se dividen ahora, de manera oficiosa, sino oficial, en escuelas o colegios blancos y negros, traducidos literalmente los adjetivos que los cualifican. Los colegios blancos son aquellos donde predominan los holandeses o los de raza blanca, y los negros, donde predominan las minorías, sobre todo las marroquíes, turcas y surinameñas. El proceso está tan avanzado que muchos colegios negros son casi exclusivamente tales, esto es, los alumnos de origen holandés brillan por su ausencia. Como es natural, dichos colegios se encuentran de común en barrios de gran inmigración, pero no siempre. Basta que algunas clases empiecen a tener minorías en números crecientes, para que los holandeses decidan llevar a sus hijos a otros colegios, por temor expreso a que la educación de sus vástagos sufra deterioro, y por racismo no expreso, me imagino, pues la tolerancia holandesa tiene un límite y no supone una activa participación con quienes se tolera en la propia sociedad. Esta división va a influir además en todos los ámbitos educativos subsecuentes, pues el sistema lo permite sin quererlo. El colegio está dividido en categorías y categorías –nada más obsesivo para el germano que dividir las cosas en nichos- y uno debe escoger alguna de las mismas muy temprano en su vida estudiantil, a los doce años, esto es, ir a una formación profesional baja, una formación profesional media o una formación profesional alta, o ir a lo único que reconozco como colegio secundario, que se divide a su vez en atheneum y gymnasium, dependiendo del estudio de las lenguas clásicas o no, y en distintas direcciones científicas o sociales. Pues bien, al llegar a la edad mentada el alumno debe escoger, basado en sus notas y experiencia y, crucialmente, en la opinión de sus profesores, quienes tienen un rol decisivo, qué camino a seguir. Según estudios que todavía refrendan los hechos, la mayoría de estudiantes pertenecientes a las minorías reciben recomendaciones de estudio de formación profesional baja o media como más convenientes a su caso, y la mayoría de recomendaciones de seguir el colegio secundario cae en las cabezas doradas de la raza blanca holandesa. De este proceso se eximen, claro está, los colegios internacionales, cuya calidad es muy superior a la de cualquier colegio holandés, y su precio también. En pocas palabras: los ricos y blancos estudian mejor y saben quién es Dante o Adán y Eva.

Pero sería falso atribuir la falta de cultura general de los estudiantes a un solo factor. Como dije, la sociedad entera está involucrada, y es flagrante la impronta utilitarista de la cultura educativa actual. ¿De qué demonios puede servir saber algo acerca de Dante o del doctor King? Con dicho conocimiento no se cosechan millones o prestigio, que es lo que quiere el joven medio de nuestros días. La propia educación universitaria está sujeta a este imperativo utilitarista, habiendo abandonado ya el ideal de Bildung que la hizo posible en el siglo diecinueve. Si uno cree que la universidad debe preparar no solo profesionales, sino ciudadanos pensantes, provistos de una mente crítica y de una formación humanista que haya moldeado su personalidad, vive en Babia o está en la luna de Paita, como decimos en mi tierra. Confieso que me encanta la luna de Paita y que aun creo que la universidad, o cualquier institución educativa, tiene un deber ético de ofrecer más que meros conocimientos fácticos, obtenibles en un libro o en internet, pero soy consciente de estar en el bando perdedor. No solo eso, ahora resulta que los profesores estamos al servicio de los estudiantes, quienes son más bien clientes, y como bien sabemos, el cliente siempre tiene la razón. Su opinión cuenta para todo, y son sus necesidades las que hay que satisfacer, no las de la institución, el conocimiento, la nación o el progreso. En mi institución hasta tienen derecho a juzgar quienes son admitidos a la universidad, pues son miembros del comité de selección, junto a un profesor y un representante de la industria (generalmente un ex-alumno, y conmovedoramente ignorante de cualquier cosa relacionada a la educación), con lo que está asegurado que quien ingrese lo haga más por simpatía personal, suerte o sapiencia empresarial que por capacidad académica. Hasta las teorías pedagógicas al uso lo admiten: hace poco diseñé un curso de último año de carrera para el que quería hacer leer unos textos escogidos al estudiante, pero la gurú pedagógica de la universidad me lo impidió, bajo el argumento de que eran estudiantes de último año y por tanto no se les podía obligar a leer nada, sino que tenían que buscar la información ellos mismos independientemente. Me pregunto qué sería de los seminarios de doctorado que son comunes en cualquier universidad del mundo si cayeran bajo el escrutinio de esta especialista: nada de lectura de textos, pues eso no lo incluían las más modernas teorías pedagógicas de turno. Si acaso se los encontraban en su devaneo investigativo, generalmente en internet, pues bien, pero eso de imponer lecturas era de dinosaurios.

Quizá este sea el futuro de la educación, a fin de cuentas, un retorno a los tiempos de los sofistas, cuando se pagaba por un producto específico que tendría una utilidad en el ágora correspondiente. ¿Qué quiere el cliente, una especie de agencia de empleo de dos añitos, en los que aprendería a jugar a la bolsa? No hay problema, servido será. ¿Qué le gusta más el prestigio de la carrera médica? No hay problema, los cursos teóricos los hace por internet y las disecciones por video conferencia. ¿Que de todas formas quiere impresionar a sus jefes o al sexo opuesto hablando de cultura? Pues nada más fácil, matriculándose a nuestra carrera de cómo citar a Dante o a quien fuera sin haberlo leído y como hablar de libros de moda sin ni siquiera comprarlos. El cliente siempre tiene la razón, a fin de cuentas.