EDEN…scafeinado

Jon Salaberría

Será durante los días 24 y 25 de febrero de este frío mes en curso: el Congreso de los Diputados afrontará un año más el Debate sobre el Estado de la Nación. Una práctica parlamentaria que se viene desarrollando desde 1983 con sólo seis excepciones por motivos electorales y que, pese a su ausencia de regulación legal, se había convertido hasta nuestros días en la cita política anual por excelencia: muy al estilo anglosajón, la ocasión perfecta para testar el balance de gestión del Ejecutivo de turno y para dar carta de publicidad con la mayor de las solemnidades a las alternativas de gobierno en cada ejercicio parlamentario. Más allá de pulsar ese Estado de la Nación que da nombre al evento, ha sido siempre la cita para los golpes de efecto, para los anuncios de trascendencia, para los retos, y en no pocas ocasiones para la sorpresa. En un proceso democrático como el español, además, en el que no siempre han existido las mayorías absolutas pero sí los gobiernos monocolor, la ocasión de evaluar los apoyos y de oficializar los compromisos. La cita de las grandes tardes de radio, de las grandes audiencias, las ocasiones para los analistas que sentaron cátedra. Por supuesto, las tardes para los parlamentarios/as de raza.

2015, sin embargo, nos presenta la perspectiva del Debate sobre el Estado de la Nación más devaluado de los conocidos, y que comienza con la menos alentadora de las imágenes como pórtico: fueron el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy Brey, y el secretario general del Partido Socialista, Pedro Sánchez Pérez-Castejón, quienes acordaron y escenificaron su fecha de celebración con ocasión de la firma del nuevo Acuerdo Antiterrorista del día 2 de febrero. La imagen de los dos líderes firmando en  solitario un acuerdo polémico, que implica por parte del Gobierno la instauración de la prisión permanente revisable (eufemismo de la cadena perpetua) y por parte de la oposición socialista un extraño y poco creíble rodeo dialéctico para firmar el compromiso sin aceptar la anterior, ha causado un daño a la imagen del máximo dirigente del PSOE entre sus ya desanimadas filas. Desasodiego que cunde aún más cuando la entente para la fijación de la fecha determina igualmente imagen de escasa hostilidad política por parte de quien debería mostrar una energía en la oposición que sigue brillando por su ausencia.

Una de las notas que caracterizan a priori este Debate es, pues, el momento de máxima debilidad de la que en teoría estaba llamada a ser la gran alternativa y que desde ya sabe que ese puesto no está solamente discutido: ya es casi una realidad que el PSOE está a punto de perder su condición de primera opción electoral. El Partido Socialista llega a este momento de nuevo envuelto en una profunda crisis de crédito. La imagen gregaria de Sánchez en la firma del acuerdo antiterrorista y en la negociación de las fechas del evento político, dejando además de lado a las demás fuerzas políticas pese a las perspectivas que anuncian una coralidad política de dimensiones desconocidas, es ilustrativa del las condiciones a las que llega el partido del Pablo Iglesias original a la convocatoria. Incluso la vieja Alianza Popular / Coalición Popular, con perspectivas electorales nada halagüeñas, fue capaz de acudir a los primeros DEN en la primera legislatura del catedralicio líder socialista Felipe Gónzalez, de la mano del liderato político de un Manuel Fraga revestido de su aura de animal político indiscutible. Nuestro Guridi ha trazado magistralmente en Debate Callejero este estado de cosas en el que vive el PSOE y sus perspectivas, cada vez peores. A las encuestas demoledoras me remito, así como al análisis de nuestro buen amigo.

Una segunda nota que caracteriza a este DEN será la del descrédito político. No es precisamente cuestión de dos días. Es una patología democrática de altísimo coste que viene alimentada por el dolor social que la crisis que sufrimos viene provocando a una población que se sitúa al límite de la tolerancia. Si al sufrimiento se unen el desborde de la corrupción, la ausencia de respuestas, la efectividad de las críticas populistas y el incomprensible inmovilismo de las formaciones que se han venido a denominar como partidos tradicionales, el resultado es el de un muy probable desinterés en esta cita, que desbordará los récords negativos con más que total seguridad. No es sino un manifestación de este nocivo fenómeno; nocivo porque, como decía Jaume Perich, quienes afirman que todos los políticos son iguales acaban quedándose con los peores.

Y la tercera nota es precisamente esa, la de la aparición de nuevos sujetos que cabalgan a lomos de la indignación: de facto, el liderato de la oposición, está en las formaciones emergentes, y en concreto, en una de ellas. Ya nos lo han indicado CIS y Metroscopia hace muy pocas jornadas. Podemos, la formación de Pablo Manuel Iglesias Turrión, disputa la posibilidad de erigirse en vencedor de las próximas Elecciones Generales y, pese a su todavía condición extraparlamentaria en Cortes Generales, queda claro que sus posibilidades demoscópicas, su omnipresencia mediática y su última exhibición de fuerza en las calles de Madrid (31-E) sitúan al atípico partido-movimiento como la referencia fáctica de oposición al gobierno del Partido Popular. Podemos no estará en el Congreso, pero las referencias van a ser continuadas, y la política-espectáculo de los grandes grupos de comunicación audiovisual no cesarán en su empeño de recordarlo. En el ring de la política española, Iglesias es ya el boxeador dispuesto a combatir a Kid-Rajoy, paciente fajador de golpes, mientras que Pedro Sánchez sigue dando vueltas totalmente noqueado y sustituido por el gurú mediático. Contrarrestar esta imagen satírica que anda por los digitales será tarea bien difícil a las alturas de película en las que nos encontramos.

Con esta antesala, el Debate sobre el Estado de la Nación no va a presentar, en un año eminentemente electoral, un punto de inflexión para los grupos parlamentarios ahora presentes en la Cámara. Vista la situación que viven los socialistas, la que afronta el Partido Popular no es mejor: los populares llevan huyendo de las responsabilidades políticas en sede parlamentaria desde su mayoría absoluta desde 2011, y no parece que sea la tribuna desde la que frenar su caída en apoyos y credibilidad. Mariano Rajoy abordará el reto con el argumento económico por bandera, y el mantra de los próximos meses, recuperación, será el protagonista de su discurso. Estabilidad política y lucha contra la corrupción, con bagaje nulo entre las manos, apuntillarán los argumentos y las invectivas contra el ausente. Pedro Sánchez debe ser consciente de que su figura política va a ser absolutamente ninguneada. La retroalimentación PP-Podemos le deja fuera de ese nuevo esquema. Eso en el mejor de los casos; la posibilidad de nuevas ofertas de pacto de Estado es una amenaza de abrazo del oso. Más fotos para reivindicar el perfil de hombre de Estado seguirán teniendo un efecto letal. En cuanto a las otras dos fuerzas parlamentarias de ámbito nacional, para UPyD, igualmente, el Debate sobre el Estado de la Nación puede convertirse en el canto del cisne de su lideresa, acechada por una marea de color naranja que su propia soberbia política ha alimentado, mientras que Izquierda Unida se juega la supervivencia con el debut, en funciones de candidato oficial a la Presidencia del Gobierno de Alberto Garzón, que tienen la oportunidad de resaltar la autonomía de un proyecto propio y sólido, o enterrar a su formación en el magma de la convergencia, o lo que es lo mismo, sucumbiendo a la OPA hostil que, como hoy ha señalado Cayo Lara, viene ejecutando sobre sus desmoralizadas y divididas huestes Podemos.

Para finalizar, volvamos al Partido Socialista. Los acontecimientos más recientes me hacen insistir en dos cuestiones. En primer lugar, en la necesidad, dentro de un año electoral como el que ya vivimos, de desechar de forma definitiva cualquier tentación de pacto con el Partido Popular. En segundo, y luchando contra unos elementos (fundamentalmente mediáticos) que no son propicios, determinar con claridad un programa de medidas concretas, totalmente tangibles, con el que volver a ilusionar a la ciudadanía. Lo voluble del discurso y las estrategias, así como los problemas no resueltos de liderazgo son motivos suficientes para que no pueda fraguar esa alternativa socialdemócrata, posibilista y responsable que el Partido Socialista ha representado. Muchas veces les he insistido en que la presentación de una moción de censura a la manera de Felipe González hubiese sido el escaparate de esa opción imparable. No puedo más que reconocer que no hay mimbres para ello. Sería necesario que se dejasen de traspasar líneas rojas y que el Partido Socialista mantuviese en lo sucesivo “sus señas de identidad inequívocamente socialdemócratas”. Como señalan Antonio Arroyo, Alberto Gil y Borja Suárez en eldiario.es, “creemos que este país necesita, hoy tanto como ayer, de una fuerza política que se reconozca de izquierda y actúe como tal, y que desde su firme compromiso con la democracia y los derechos y libertades individuales, apueste nítidamente por fortalecer su alma social, tan necesaria en estos tiempos de crecientes desigualdades y fáciles populismos”. 

Posdata: Justo cuando termino estas líneas, estalla en toda su crudeza la enésima guerra civil en la vieja FSM. Para los más críticos, un golpe de mano autoritario por parte del secretario general socialista. Para otro sector de opinión dentro y fuera de las filas socialistas, un necesario giro de timón para evitar la definitiva muerte de un PSM jibarizado progresivamente por la nefasta gestión de Tomás Gómez. En mi opinión hay mucho más de lo segundo, pero lo que hay en el trasfondo es el primer capítulo de otra previsible contienda. La adversaria será más poderosa que el ex alcalde de Parla, y trae vientos del sur. Ese es ya tema (preveo) de inminentes artículos.