Ébola

LBNL

Ante todo, que no cunda el pánico. El contagio de una sanitaria en Madrid, el primer contagio del que se tiene constancia fuera de los países africanos más afectados por la epidemia, es sin duda una pésima noticia, para España y para el mundo en general, que se apresta a combatir una emergencia sanitaria de consecuencias potencialmente devastadoras. Por todo lo que se conoce de esta terrible enfermedad, la desgraciada sanitaria ha debido ser víctima de una imprudencia o un accidente porque el Ébola sólo se contagia por contacto directo, no por aire como por ejemplo la gripe, cuyas mutaciones son igualmente amenazadoras.

Además, la literatura médica estima que en un caso bien tratado desde el principio, la mortalidad ronda el 20 por ciento, una tasa muy elevada sin duda pero muy inferior al 50 o el 70 por ciento que aqueja a los contagiados en África, muchos de los cuales mueren por la falta de acción sobre las consecuencias del virus (deshidratación por ejemplo) antes que por el virus mismo. Otro dato: en principio el virus no se contagia durante las tres semanas de incubación. Es decir, los que han entrado en contacto directo con la sanitaria infectada no tienen porqué haberse contagiado incluso si sus pieles y fluídos han estado en contacto.

Afortunadamente tenemos un sistema sanitario sólido y seguramente vamos a ser capaces de aislar apropiadamente el caso que salió a la luz ayer y todos los demás que vayan llegando. Porque van a llegar, de África y de otros sitios a los que el virus también va a ir llegando o ya lo está haciendo. No es una epidemia incontrolable pero la comunidad internacional se ha puesto las pilas demasiado tardíamente.

El brote estalló en marzo y, como en ocasiones anteriores, todo el mundo asumió que sería controlado en la zona selvática remota en la que se han producido todos los brotes, probablemente por contagio de algún animal. La alta mortalidad y las malas comunicaciones no tuvieron en esta ocasión el mismo efecto de aislamiento que en el pasado y la enfermedad llegó a las ciudades. La Organización Mundial de la Salud, la Unión Europea, Estados Unidos y todos los “sospechosos habituales” empezaron a moverse con prisa, pero no con la suficiente en vista de las posibilidades de expansión que el virus encontró en las urbes de Sierra Leona, Liberia y Guinéa. Ya son varios miles los contagiados y se estima que a primeros del año que viene la cifra puede rondar el millón y medio. Para los expertos, no hay duda de que el virus llegará a Europa. La cuestión es cómo lo hará y si estaremos en capacidad de tratarlo convenientemente para evitar que aquí también se convierta en una pandemia. En este sentido, ojalá no sea así pero lo previsible es que dentro de poco tiempo haya perdido importancia que el primer contagio secundario fuera de África haya tenido lugar en España.

Pero de nuevo, no hay razón para que cunda el pánico. Basta con extremar las precauciones. Ni siquiera hace falta ponerse una mascarilla pero sí cambiar los hábitos de saludo (no besos, no darse la mano) y evitar los espacios masificados en los que el contacto corporal sea más difícil de evitar. Nada de esto es necesario ahora pero posiblemente empiece a serlo si, desafortunadamente, las noticias sobre ingresos hospitalarios por Ébola empiezan a sucederse, en España y por toda Europa.

En estos momentos la ONU, la Unión Europea, EEUU y otros trabajan a marchas forzadas para contener el foco de la enfermedad en África, enviando equipos, soldados y sanitarios sobre el terreno donde, sin su ayuda, la epidemia continuará matando y expandiéndose sin límite. Aquellos que puedan pensar que fue un error repatriar a los dos sanitarios españoles infectados, deberían pensar que sin el compromiso de repatriación, será prácticamente imposible convencer a aquéllos que, pese al peligro, están dispuestos a desplazarse al foco de la pandemia para tratar de acabar con ella. Económicamente no tiene sentido: cada vuelo medicalizado cuesta unos 200.000 euros y las esperanzas de salvar al paciente son bajas. Pero además de ser lo correcto con quienes se juegan la vida en “el frente” (con independencia de su condición laica o religiosa), es una condición indispensable para que lo sigan haciendo. De otra parte, los que tengan la tentación de pedir la cancelación de vuelos comerciales con los países afectados, deberían recapacitar porque sin vuelos no sería posible enviar todo el material sanitario necesario. Salvo Le Pen (padre), claro, que considera que el Ébola puede ayudar a corregir la sobrepoblación mundial y de paso la pobreza, arrasando África. Además de inhumano, es estúpido, porque cuánto más se extienda el ébola por África, más grande será la amenaza para el resto del mundo.

El SIDA no acabó con nosotros y tampoco alteró nuestro modo de vida sustancialmente. El SARS fue contenido, como la gripe A o el Coronavirus lo está siendo en Arabia Saudí, y la gripe aviar nunca mutó como se temía. Lamentablemente el Ébola ha conseguido salir de los poblados africanos paupérrimos y aislados donde su alta mortandad evitaba que pudiera progresar, y vamos a tener que convivir con él por un tiempo. Ojalá sepamos combatirlo con serenidad, sin caer en el absurdo de marginar a los negros entre nosotros o cerrar las fronteras con África. Basta con imponer un control serio de fiebre antes del embarque: si la hay, no subes; si no la hay, puedes subir porque no hay riesgo de contagio para los demás pasajeros.

Y ojalá aprendamos la lección de lo importante que es contar con una sanidad pública sólida, con recursos y buenos profesionales, abnegados en su trabajo incluso al precio de poder contagiarse como la pobre sanitaria que ingresó ayer en el Hospital de Alcorcón tras haberse ocupado de un luchador de primera fila caído en combate y traído a casa para intentar salvarle la vida. Y ojalá se recupere y sea un ejemplo de esperanza sobre la eficacia de un tratamiento temprano.