Dutch Blend

Frans van den Broek

Hay un anuncio comercial de té en la televisión holandesa, de la marca Pickwick para más señas, cuyo contenido me pareció controversial desde la primera vez que lo vi, ya hace un tiempo. Forma parte de una serie de anuncios en los que un señor de mediana edad y dos jóvenes, una mujer y un hombre, ataviados con mandiles que refuerzan la impresión de laboratorio que se quiere dar a la escena, deliberan sobre nuevas mezclas que lanzar al mercado. Algunas de ellas tienen sabor a fruta, otras una pizca de limón y así por el estilo, descubiertos en momentos Eureka que el anuncio pretende presentar de manera simpática. En el que me refiero, la joven se pregunta por qué, habiendo una mezcla inglesa, no existe una mezcla holandesa, a lo que el mayor responde que la había, pues los holandeses habrían sido los primeros que trajeron el té a Europa desde Asia Oriental, hecho convenientemente ilustrado con un mapamundi que adorna una de las paredes del laboratorio. Entonces la joven, a quien suelen ocurrírsele las nuevas ideas, propone hacer de nuevo una mezcla holandesa, para conseguir la cual podrían contar con la ayuda de verdaderos o reales holandeses. El adjetivo que usa, “echte Hollanders”, implica autenticidad y permite el contraste con holandeses supuestamente menos reales, como quiera que se los entienda. Acto seguido se ve llegar a los holandeses que ayudarán en el proyecto, en bicicleta también, por supuesto, y esbozando amplias sonrisas. Pues bien, todos son rubios, de ojos claros y evidente heredad germánica. Al final muestran todos contentos el resultado de sus esfuerzos, el nuevo producto de Pickwick, Dutch Blend, hecho para “echte Hollanders” por “echte Hollanders”.

En un país tan sensible a toda manifestación de discriminación, bien sea racial, étnica o de género, y tan políticamente correcto, al menos  en principio, me ha sorprendido desde entonces la total ausencia de comentarios sobre este anuncio particular. Tal vez haya escapado a la atención de la Holanda bien pensante por la sencilla razón de que la gente que podría hacer los comentarios pertinentes no pierde el tiempo como el que escribe viendo programas en la National Geographic o Discovery Channel donde suele aparecer el anuncio. El caso es que asociar a los holandeses reales exclusivamente con la raza blanca es comprensible, pero, por decirlo amablemente, falto de tacto. Como todo el que haya visitado Holanda puede atestiguar, este país cuenta con una población sustancial de origen extranjero, con un buen nivel de integración social en grandes líneas que ha permitido a varios de sus miembros llegar a puestos importantes de la política, la cultura o los negocios. Hay o ha habido ministros de procedencia turca o marroquí, el actual alcalde de Rotterdam no se llama de Vries, sino Aboutaleb, algunos de los mejores jugadores de fútbol holandeses son de origen surinameño, por mencionar solo algunos ejemplos aislados. ¿No hubiera sido, por tanto, preferible evitar la asociación de autenticidad con la raza germánica? ¿Poner un poco de color en el grupo que iría a reinventar el té de mezcla holandesa para los holandeses reales? Parece ser que a nadie se le ocurrió pensar que tan holandés es hoy por hoy el alcalde de Rotterdam como el quesero de la esquina de rubia cabellera, y tan auténtico Rijkaard como el príncipe Willem Alexander (casado con una argentina, por cierto). Es verdad que la gran mayoría de los habitantes de Holanda, sobre todo en las provincias, sigue siendo como lo era hace trescientos o quinientos años, esto es, homogénea étnicamente y de decidida raigambre teutónica, pero la composición social ha cambiado de modo dramático en los últimos decenios y nada hace suponer que no seguirá cambiando aún más en la dirección del mestizaje cultural y racial. Por lo que reafirmar el viejo estereotipo del verdadero holandés blanquiñoso huele hasta cierto punto a mal gusto o cuanto menos a descuido de los creadores del anuncio. Llama la atención, sin embargo, el silencio de los medios de comunicación al respecto, por razones que desconozco y sobre las que solo puedo especular, pero que sospecho alguna vinculación tienen con el nuevo espíritu de los tiempos, un espíritu que columbro un tanto menos amable con las minorías étnicas que lo que solía ser hasta hace poco.

Los medios sí se han ocupado, empero, del caso del joven refugiado de origen angolés Mauro Manuel, quien llegara a Holanda hace unos ocho años como niño y fuera recibido por una familia de acogida, y creciera en este país, integrándose adecuadamente, solo para escuchar ahora a los dieciocho años que tiene que volver a su patria por mor de la nueva ley de inmigración, una de las más restrictivas de Europa. Su caso es solo uno entre muchos y la atención de los medios se debe a la labor de instituciones de ayuda alarmadas por su inminente deportación y en busca de poner presión sobre los políticos encargados de velar por la aplicación de la ley. Como era de esperarse, su caso ha dividido a la clase política y a la nación, y ha obligado a los poderes pertinentes y a la sociedad en general a reevaluar el contenido de dicha ley y a plantearse preguntas de índole moral que ponen en entredicho la tradicional hospitalidad holandesa para con los extranjeros de otras culturas o etnias. El muchacho, buen jugador de fútbol, asiste perplejo a los debates, preguntándose tal vez qué tipo de sociedad es esta que le dio tan buena acogida al principio y ahora debe psicoanalizarse para entender sus propias contradicciones al decirle que se largue a la tierra de donde vino mientras que le llena de muestras de solidaridad, compasión y comprensión. Mauro Manuel ha perdido todas las apelaciones que elevó al ministerio de justicia y ahora solo le queda la posibilidad, muy remota, de conseguir una visa de estudiante que le permita quedarse hasta completar estudios que nadie le ha preguntado si quiere seguir. Al contrario, lo que quisiera Mauro, en posesión ya de un título medio, es trabajar y seguir jugando al fútbol y que le dejen en paz para seguir medrando en la sociedad donde tiene buena parte de sus raíces, sus amigos y una nueva lengua, amén de buenas oportunidades de progreso y de hacer una vida quizá humilde, pero decente. Lo más probable, no obstante, es que sea expulsado del país y deba volver a su patria, donde no hay ya guerra civil y se supone que funciona una democracia, y donde viven sus padres y hermanos. Después de leer sobre los debates que se han llevado a cabo, me pregunto si Mauro no estará ya preguntándose si a la larga no será lo mejor, pues ¿quién va a querer quedarse en una sociedad que ha escogido envilecer la imagen de los extranjeros y conservar Holanda para los holandeses, con su mezcla de té holandesa y el partido de Wilders en el poder?

Pues este es el problema de trasfondo, el que el ministro atinente no puede hacer uso de sus poderes discrecionales para evitar la expulsión, aunque la mitad de su partido democristiano esté en desacuerdo con la medida y hasta con la ley que la impulsa, por temor a ofender los sentimientos étnicos del partido de Wilders que apoya la coalición actual, el PVV, y poner en riesgo la permanencia del gobierno. En otras palabras, quien decide ahora la política de inmigración holandesa es un resentido con clara antipatía por las culturas no europeas y embarcado en una cruzada –nunca mejor dicho- para librar a Holanda de la perniciosa influencia del islam. En este sentido, el que los medios se hayan apoderado de la noticia y la hayan divulgado más que ayudar ha desmejorado la causa de Mauro, pues al llevarla a la arena política ha coartado el poder decisorio del ministro, quien dice sentir en el alma el tener que expulsar al muchacho, pero quien afirma a la vez que las reglas son reglas y hay que aplicarlas con la ceguera imparcial de la justicia. Además, dicen los de su bando, de no aplicarse las reglas se verían inundados por un torrente de refugiados adolescentes que ya nadie podría expulsar, dado el precedente.

Una vez más, casos como estos demuestran lo complicadas que son las relaciones entre la ética y la política y ponen en evidencia algo más preocupante, que es el giro a la intolerancia que ha dado la sociedad holandesa durante el último decenio. Dicho giro compete a la sociedad en general y se refleja en todos los partidos políticos, aunque vale señalar que los socialistas más extremos y los verdes no se han desviado jamás de su postura pro-inmigración, si bien han debido reformularla dentro de los cánones del nuevo espíritu nacional. La anterior ministra de justicia, por mencionar a alguien de quien podría haberse esperado una respuesta distinta, una hija de inmigrantes turcos, Albayrak de apellido, miembro del partido socialista moderado, también afirmó que Mauro tendría que volver a Angola, pues lo demandaban las leyes actuales. La vieja tensión entre la legalidad y la moralidad se ha decantado por el lado previsible, a favor de la aplicación de las reglas, sin importar las particularidades de cada situación. Holanda, culturalmente, ha sido siempre afecta a respetar las leyes y reglamentos, como buen país protestante. Casi podría decirse que en países como estos los seres humanos están hechos para las reglas en lugar de las reglas para los seres humanos, consensuadas, a fin de cuentas, como son, esto es, artefactos del contrato social, no arquetipos inamovibles. Esta parte del carácter nacional ha contribuido a su prosperidad, sin duda, pero también a una cierta rigidez moral que justamente la presencia de inmigrantes ha contribuido a relajar. Una rigidez que está retornando bajo nuevas premisas y en distintas encarnaciones, y que ahora contribuye a que un pobre muchacho tenga que volver a su todavía muy empobrecido país después de haber echado raíces entre los polders.

¿Cuál será el próximo paso? ¿La desposesión del pasaporte holandés a aquellos que no tengan tres generaciones de ancestros germánicos? Exagero, por supuesto, pero es difícil no recordar a la vista de estos casos que Holanda fue el país de donde, porcentualmente, se deportaron más judíos hacia los campos de concentración que en ningún otro país ocupado, siendo su efectividad admirada por los regidores nazis del momento. Presumiblemente, quienes ayudaron a la deportación solo seguían reglas impuestas sobre ellos por los ocupadores y de las que los encargados no eran, a la larga, responsables, reglamentos que pudieron servir de excusa y justificación a actos en el fondo abominables, pero perfectamente ordenados y administrados. Ahora son otras reglas las que justifican un acto estúpido e inmoral, pero reglas al fin que tienen precedencia sobre el simple sentido común. Por todo ello, lo último que haré en el futuro será comprar la Dutch Blend de Pickwick, por más que la mezcla haya sido concebida por auténticos holandeses para los holandeses, por la sencilla razón de que no soy, a la luz del nuevo espíritu nacional, un holandés auténtico ni quiero serlo. Quizá lo que Mauro deba hacer es volver feliz a su país, hacerse empresario entre iguales, y venderles té angolés a los holandeses quienes, no se olvide, fueron los primeros que trajeron té a Europa, como parte de su aventura expansionista y colonial que les llevó a conquistar Indonesia, entre otros muchos países, tras una masacre o dos de los nativos. Porque negocios son negocios, aunque sea con Wilders y su banda.

2 pensamientos en “Dutch Blend

  1. Esta vez Frans no nos comenta alguna novela o la trayectoria de un novelista o los impresionantes bosques y lagos finlandeses. Ha descendido a la sucia realidad. Por todas partes se cierran los paises. Dinamarca, que fue un país ejemplar salvando miles de judios, a pesar de tener a los nazis ocupando su territorio, ahora ha reforzado sus fronteras. Sarkozy expulsa a gitanos. En Italia los concentran en guetos. Cuando este verano Italia se ha visto invadida por libios y tunecinos, el resto de la UE no ha querido hacerse cargo de qu era un problema de toda Europa. España sigue acogiendo a africanos que llegan en pateras,pero solo por unos dias. Luego los repatría a Africa. Sólo los menores de edad consiguen quedarse. En EEUU los estados limítrofes con Mejico están construyendo murallas.
    Queremos defender nuestros Estados de Bienestar impidiendo que otros puedan venir a ganarse la vida. Los paises mediterraneos por lo menos no somos de ojos azules, rubios y altos. Pero en Cataluña sobre todo están creciendo los partidos xenófobos. Todo esto es de muy difícil solución sobre todo cuando, además la tasa de paro está por las nubes.

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