Dos semanas

Lobisón

Lo decía Rubalcaba en Granada y se notaba que él mismo estaba asombrado. Desde la Conferencia Política hasta el Congreso del PSOE de Andalucía han pasado dos semanas en que todo ha salido bien, o al menos como él creía que debía salir. En este tiempo el PSC se ha desmarcado del soberanismo, lo que sólo puede considerarse un error si se olvida que la última encuesta, es de suponer que realizada antes, le dejaba en un cuarto lugar en intención de voto en Cataluña, por detrás de Ciutadans. Es muy posible que la nueva posición adoptada tenga un coste, pero no es fácil que sea mayor que el ya pagado.

En todo caso, era el escenario que Rubalcaba deseaba, y ha ido acompañado de malas noticias para el PP. El auto del juez Ruz afirmando que este partido han contado con una continua contabilidad B ha venido a recordar a la opinión pública el escándalo que pende sobre el gobierno, distrayendo la atención de las supuestas buenas noticias económicas con las que Rajoy querría encarar la segunda parte de la legislatura. Se insiste siempre en que los electores evalúan los escándalos de los partidos desde el ángulo de sus propias preferencias, y así es normalmente, pero el desplome del PP en Valencia parece indicar que no siempre es así, que en determinadas circunstancias —la crisis— o a partir de un cierto límite también los escándalos pasan factura.

La pregunta es si en estas circunstancias el PSOE podría volver a ser una opción relevante para los electores menos ideologizados. En Granada se ha ofrecido una imagen de unidad, Susana Díaz ha afirmado su voluntad de romper con cualquier práctica irregular del pasado, y el propio Zapatero ha arrancado lo que podría ser la reconstrucción de su imagen apoyada por la publicación de su libro sobre la crisis y el final de su gobierno. Es verdad que lo de elegir de telonero a Tony Blair, haya sido idea suya o de la editorial, nos hace rechinar los dientes a algunos, pero puede que no dañe a su recuperación de imagen.

Mientras, la economía ofrece dos caras. Si hubiera una relajación de las presiones austericidas de Bruselas, no es evidente que el gobierno fuera a beneficiarse de la promesa de bajar los impuestos en 2015, y en cambio es posible que las movilizaciones a favor de una política distinta tomaran más fuerza, y que las propuestas socialistas tuvieran más credibilidad. Pero si las cosas vienen mal dadas —con nuevos recortes económicos y de derechos— con toda seguridad será el gobierno el que pague la factura.

En este contexto se va a lanzar una ley descabellada de orden público y, si dios no lo remedia, una ley medieval de penalización de la interrupción voluntaria del embarazo. Es seguro que detrás de estos movimientos hay una estrategia de movilizar a los votantes más duros del PP, pero parece evidente que Rajoy corre el riesgo de dejar un erial en el centro del espectro político, que el PSOE podría aprovechar si siguiera su buena racha.