Dos orillas

Jon Salaberría

En estos tiempos de tribulación viven, sin embargo, las gentes de Izquierda Unida un momento feliz, refiriéndonos, claro está, a las expectativas electorales, pues obviamente comparten con la ciudadanía y especialmente con su militancia y votantes la preocupación por las nefastas consecuencias sociales de la crisis, como no podía ser de otro modo. De la práctica irrelevancia parlamentaria en 2008, con un discutido y solitario Gaspar Llamazares en la parte alta de los escaños de la izquierda del Congreso, hemos pasado a un situación política en la que las previsiones demoscópicas ponen de nuevo a la federación ante la posibilidad del soñado sorpasso, el anhelo que llevó al veterano Julio Anguita a la entente con José María Aznar en la turbulenta legislatura 1993-1996. El último CIS conocido (abril de 2013) concede a IU una estimación de voto directo del 7,1 % frente al 13,7 % que alcanzaría el PSOE. Dato que coloca a la formación liderada por Cayo Lara más cerca que nunca de las expectativas electorales del Partido Socialista. En la encuesta de Metroscopia para “El País”, correspondiente a la oleada del mismo mes de abril, la intención directa de voto para los socialistas caía bajo la prevista para IU, que obtendría un potencial 10,7 % frente al 8,8 % de los de Pérez Rubalcaba.

La cocina posterior determina (siempre teniendo en cuenta el dato determinante de una abstención sin precedentes que bien podría tener su primera expresión en las Elecciones al Parlamento Europeo de 2014) la hegemonía parlamentaria, en el ámbito político de la izquierda, de los socialistas. Pero este dato, que algunos egregios dirigentes de IU, como el emergente Alberto Garzón, consideran, más que cocinado, precocinado en el beneficio de un bipartidismo en franca decadencia, no sirve para moderar el entusiasmo, cuando no triunfalismo, de la formación de la izquierda alternativa. La visita reciente a España de Alexis Tsipras, líder de la Coalición de la Izquierda Radical (Syriza) en Grecia, ha sido un aliciente más para proclamar como objetivo político de IU la consecución de la hegemonía de la izquierda española, con el horizonte europeo de 2014 como primera estación del ascenso. Las confidencias de Rubalcaba al líder griego, de las que trasciende su reconocimiento del estado de salud políticamente precario del PSOE, y el llamamiento de Tsipras a IU para encabezar en España la sección local de una gran alianza roja, verde, violeta y mediterránea frente a las políticas de ajuste de la Troika han sido el acicate definitivo. Vuelve la doctrina de las dos orillas: monopolio de la posición en la izquierda por parte de IU (más toda una constelación multicolor de formaciones y colectivos) y ubicación de la socialdemocracia española en la otra orilla, junto a un Partido Popular con el que compartirían, en esta visión, el consenso en las cuestiones esenciales de la política económica y la construcción institucional del sistema. Lucha denodada contra el bipartidismo que comienza por la conquista de las bases electorales de un PSOE abandonado a su suerte. La insistencia durante las últimas jornadas por parte del equipo de Rubalcaba en un gran Acuerdo con el Partido Popular para llevar a Europa una posición común frente a las presiones, fundamentalmente, de Alemania, y exigir soluciones para el crecimiento, está dando alimento argumental a IU para incidir en esta visión, bastante simplista y suicida, y que llena de incertidumbre a la desmoralizada militancia socialista, que teme que dicho acuerdo suponga un visto bueno imprudente a más sacrificios (posteriores) exigidos desde la UE. Pensamos todos, por supuesto, en las pensiones. En este ambiente, Cayo Lara rechazaba reconocer el liderazgo de la oposición de izquierda en la persona de Rubalcaba, y algunas de las declaraciones de sus dirigentes y más reconocidos parlamentarios han ido en la dirección de poner tierra de por medio en la relación bilateral PSOE-IU. Lara atribuye a Rubalcaba menos credibilidad que a Rajoy, y retorna a la idea de que, habiendo formado parte del gobierno de Rodríguez Zapatero, forma Rubalcaba parte del problema, que no de las soluciones. El citado Alberto Garzón sentencia en la televisión pública que el PSOE es un partido de derechas, y el trazo grueso hace furor en las redes sociales, en las que este dirigente se ha revelado como efectivo comunicador. Solamente Llamazares mantiene cierta prudencia, esperando al definitivo tenor literal del Acuerdo.

La Izquierda Unida oficial, alentada por los pronósticos, huye de lo que considera abrazo del oso. La vía del acuerdo con los socialistas habría supuesto siempre el usufructo por los primeros del voto de izquierda en la vía de su propia recuperación, piensan, y apoyan el planteamiento en el hundimiento electoral de la IU de Llamazares en 2008, consumida por el apoyo a las políticas sociales de Zapatero y por el voto útil subsiguiente. Creo que yerra gravemente la dirección de IU si persiste en este camino. Camino que emprendió en vísperas del cambio político de 1996 Julio Anguita cuando, en una encrucijada electoral relativamente similar, en las Europeas de 1994 el PSOE no llegó al 30 % del voto escrutado y la coalición liderada entonces por el Califa obtenía un notable 13,5 %. Los resultados posteriores de esa estrategia llevaron a IU a la desintegración, a la persecución de los discrepantes y a la casi marginalidad política cuando su electorado no asimiló los posicionamientos estratégicos de la coalición, que beneficiaron el ascenso al poder de una derecha que volvió a consolidarse en 2000: el apresurado pacto Almunia-Frutos no sirvió para rectificar con credibilidad, y el desastre general se materializó en una única hegemonía, la del Partido Popular.

IU suele mirarse en el espejo de Syriza, pero la verdad es que la capacidad de la formación española para aglutinar la protesta social queda lejos de sus pretendidos correligionarios griegos. Pese a los esfuerzos de Izquierda Abierta, formación integrada en IU y liderada por Llamazares, para recuperar la vocación de movimiento político abierto que está en la génesis de la federación, queda lejos todavía la posible integración de sectores tan heterogéneos como las plataformas de afectados por las hipotecas, diferentes asociaciones vinculadas a las mareas, personalidades independientes, etc. en una sola opción electoral. Existen conversaciones, pero de no fraguar existirán más sujetos electorales en la izquierda de cara a las Europeas que fraccionarán el voto. El voto de izquierda que IU pretende, se encuentra en caladeros del centro-izquierda, en las bases socialistas, lo que demuestra la impostura del planteamiento de las dos orillas y del combate contra el bipartidismo. El voto que la IU de Lara anhela vendría potencialmente de las bases electorales de la socialdemocracia, insisto, por lo que jamás debilitaría las expectativas del Partido Popular. Por supuesto, el PSOE, en el peor momento político de su historia, respira todavía y no acaba de ser el PASOK sobre el que nos traía lamentables nuevas Alexis Tsipras en su reciente visita. El proceso que culminará con la Conferencia Política y la eventual convocatoria de primarias permite respirar a los socialistas, y es todavía aventurado dar por muerto al viejo partido de Pablo Iglesias, aunque los pronósticos sean lo peores.

De otra parte, servidor opina que la idea de la colaboración y del acuerdo entre la denominada izquierda alternativa y el socialismo democrático llevan a soluciones posibilistas que se materializan en resultados tangibles, que son hoy bandera visible de alternativa a las políticas del Partido Popular. Obviamente, me refiero al apoyo parlamentario que IU brinda al PSOE en Asturias y al Acuerdo por Andalucía que cumple ahora un año de ejecución desde la Junta de Andalucía. En ambos casos, las medidas legislativas y de gobierno se han producido desde un razonable consenso de las fuerzas de izquierda, desde un clima de respeto mutuo desconocido, y al contrario de lo profetizado por sus críticos dentro de IU, la perspectivas electorales de la federación en esas dos comunidades halagüeñas, más hoy que hace un año. No se prevé que el PSOE articule apoyos en detrimento de sus socios y sí que se prevé un hundimiento notable de las expectativas de un PP que rozaba (sobre todo en Andalucía) con las puntas de los dedos un relevo político histórico en forma de mayoría absoluta.

La vía del acuerdo y de la colaboración, desde el respeto a las respectivas identidades, está abierta a pesar de todo. Precisamente con motivo de este primer aniversario del acuerdo andaluz, el Vicepresidente de la Junta, Diego Valderas, manifestaba que esa vía debería ser exportable al resto del Estado y al resto de las instituciones. Cerrar cualquier canal de diálogo iría en detrimento de la alternativa política. Corresponde también al PSOE el compromiso en esta vía que reivindico: el resultado del inminente Pacto de Estado (que debería ser público, extensible al resto de las fuerzas políticas y sociales, y que no debería implicar sacrificios adicionales) tendrá consecuencias, también, en este ámbito.  

Desenterrar la doctrina de las dos orillas podría, de nuevo, llevar a un efímero triunfo político en forma de subida electoral (que quizá no dé para el sorpasso), pero a una más larga y estable etapa de hegemonía popular. Lo oportuno: diálogo y humildad, desterrando soberbia e intereses particulares en los diferentes agentes políticos y sociales de la izquierda. Es cuestión de esperanza.