Dos guerras

Frans van den Broek

Tenía los ojos de un azul intenso e inquieto que refulgía en todo su rostro, pero su expresión era agitada, acusatoria a ratos, alarmada incluso. Aunque habíamos hablado ya en varias ocasiones por razones profesionales -ella era desempleada y el que escribe era su persona de contacto en la oficina de apoyo social de Hilversum- seguía dirigiéndose a mí como “míster van den Broek”, a pesar de haberle pedido varias veces que me llamara por mi nombre, en contravención de las reglas del trabajo, por cierto, donde cualquier signo de intimidad con los clientes era considerado un paso en la dirección del abuso o del conflicto de intereses. Me pareció, sin embargo, que ella necesitaba más cariño que dinero, un oído presto a escucharla, o palabras que la animaran antes que secas explicaciones sobre las leyes del país o los derechos que la amparaban. Míster seguí siendo, no obstante, hasta el momento en que dejé de verla, pues así parecía sentirse cómoda y así lo dictaban las normas.

Danila procedía de la ex-Yugoslavia, de Bosnia, y había venido a Holanda como refugiada. Su padre decidió enviarlas a ella y sus hermanas fuera de Srebrenica justo antes que el supuesto enclave seguro cayera en manos de las fuerzas de Mladic, quienes lo tomaron casi sin resistencia de parte de los defensores de las Naciones Unidas que estaban a su cargo, un batallón holandés, para ironía del destino. Danila fue a parar a un país al que luego acusaría de haber entregado a todos los miembros masculinos de su familia a las huestes de Mladic, quienes ejecutaron a 8,000 bosnios musulmanes, la peor masacre en suelo europeo desde la segunda guerra mundial. Nunca supo qué pasó con su padre o con sus hermanos, o al menos no lo sabía entonces, muchos años después de la tragedia. Pasó por todos los sinsabores y humillaciones a los que son sometidos los refugiados en Europa, pero tuvo la suerte de ser admitida como tal en Holanda, y de adquirir la residencia restringida que se otorgaba a los bosnios entonces. Aprendió el idioma en un santiamén, como mujer inteligente que era, pero la lejanía, la pérdida de su familia, el poco contacto con la familia que le quedaba, que le había acompañado a Holanda, pero había sido puesta en centros de refugiados distintos y luego seguido caminos diversos, y vaya uno a saber qué cosas más, pudieron con su alma y la troncharon. Llegó la depresión inevitable, la ineptitud de los médicos, los fármacos que la dejaban aturdida y, para colmo, llegó un predador que se aprovechó de su debilidad para seducirla y convertirla en su amante, con promesas de todo tipo y sin cumplir ninguna. Un empresario que la descartó en cuanto no tuvo más uso para ella. Vi una foto del mentado, porque quiso mostrármela, y quizá porque todavía seguía apegada a él, aunque le reprochara su comportamiento insensible y cruel. Danila me dijo alguna vez que recordaba con frecuencia los tiros lejanos, los muertos por los caminos, las incursiones de los combatientes serbios, el hambre, la huida en un camión arreglado con pagos a militantes bosnios que además de luchar contra los serbios se aprovechaban de sus congéneres, y que odiaba con más fuerza el recuerdo de aquel hombre que el de los serbio-bosnios causantes de su tragedia familiar y personal. Como si toda su desgracia se hubiera concentrado en un hombre al que seguramente había amado, pero que había decidido abandonarla.

Un día, mientras me contaba todas estas cosas, se apareció un colega de apariencia marroquí y, de pronto, sin mediar razón alguna, empezó a gritarle que ella sabía lo que él quería, que conocía bien a los de su clase, que seguro que quería tener sexo con ella y que la juzgaba por no llevar velo y tener su radiante pelo dorado suelto, que seguro que la quería solo como amante, porque en su casa tenía a la esposa que hacía todo por él, y que se cuidara mucho de tratar con ella, porque ya no era lo que había sido alguna vez, una musulmana obediente y estudiosa que hacía todo lo que su padre decía, que ella había aprendido a luchar, a defenderse, a demandar sus derechos, y dijo otras cosas que no recuerdo o que mi memoria se negó a guardar por la confusión que me causó su ex-abrupto, por la vergüenza que pasé queriendo explicar a mi colega que todo estaba bajo control cuando no lo estaba, que no se preocupara, que era mi cliente y que estaba un poco nerviosa, pero no, ella no estaba nerviosa, no era víctima del estrés o de la falta de sueño, sino que se había vuelto loca y no había pastilla o píldora que la salvara en aquellos momentos, y solo pude callarla después de decirle que me estaba hiriendo, que me echarían del trabajo si no paraba, que no podríamos hablar más si eso pasaba. Después se echó a llorar, queda, sumisamente, sin dejar de decirme, “perdón, mister van den Broek, perdón”, y yo no sabía si abrazarla o no, si tomarle la mano, si meterle una patada a mi colega por amenazarla con echarla del local si no se detenía, si largarme de allí y del país para siempre y dejar de trabajar para ayudar a gente que sufre porque no lo soporto, si seguir las reglas y prohibirle la entrada o darle dinero sin razón, si mandarla al psiquiatra o a la playa más cercana, si ponerme a llorar también o desaparecer. Así pasaron muchos minutos, hasta que se levantó y se despidió, con una sonrisa cuya gravedad jamás podré imaginar, para no verla jamás. Me escribió una larga carta después, por la que comprendí que seguía psicótica, pero también que había decidido volver a tomar medicinas que la aturdieran y le dieran a sus ojos la grisura de los cielos del país que la había acogido y abandonado a su familia a su suerte allá en Srebrenica.

Todo esto ocurría poco después de la invasión de Irak en marzo del 2003, de la cual se cumplen diez años en estos días, una invasión ilegal que pocos apoyaron y menos comprendieron, acometida con mentiras y excusas, y que dividió a la intelectualidad europea. Una década atrás, Europa se había mostrado incapaz de evitar la sangría de Bosnia y no faltaron quienes pensaron que era obligación moral del mundo civilizado el destronar a un dictador que oprimía a su pueblo del modo brutal en que lo hacía Saddam Hussein. Pero las consecuencias fueron no menos atroces: cientos de miles de muertos y un país dividido y desarticulado al que la democracia, al menos de momento, no salva de la violencia. Al conmemorarse este hecho, no pude evitar que Danila viniera a mi memoria y me hiciera preguntarme si no ocurrieron las cosas a destiempo, si no hubiera estado plenamente justificado intervenir en Bosnia al primer indicio de Guerra, mientras que jamás lo estuvo en el caso de Irak. La respuesta a esta pregunta no la sabremos nunca, por supuesto, pero también he recordado las especulaciones históricas de Tolstoi, en las que a la larga nos dice que no nos está dado a los seres humanos el comprender del todo eventos tan complejos como las guerras (o cualquier evento histórico, para tal caso), pues lo que hacemos es interpretarlas después y buscar causas que expliquen las victorias o las derrotas, cuando todo pudo ser causa del azar y la casualidad. Y esto quizá sea cierto y también se aplique a las justificaciones de las guerras, pero el recuerdo de Danila, de sus ojos azules perdidos para siempre en alguna foresta desconocida, me hacen sospechar que a veces sí es posible saber qué hay que hacer y es solo nuestra estupidez lo que impide que actuemos de la manera correcta, como fue estupidez invadir un país que necesitaba liberarse de un tirano, pero no de esa manera insensata, descalabrada, arrogante.