Donde todo empieza

Millán Gómez

Si bien el año natural comienza el 1 de enero, la clase política, fiel a su carácter egocéntrico, inaugura su curso “laboral” en un período que va desde finales de agosto hasta principios de septiembre. Digamos que el horario donde tienen que “fichar” es orientativo. Lo deseable sería que nuestros representantes políticos hayan reflexionado y vengan con las pilas cargadas después del período estival. Ojalá la consecuencia de todo esto sea la consolidación de un clima político más sosegado que deje en agua de borrajas episodios precedentes de peleas donde nadie escucha a nadie cual discusión de colegio.

La crisis económica actual exige a nuestros representantes la mayor de las responsabilidades. Los últimos datos económicos parecen algo más alentadores, más en países más potentes que en España, la verdad sea dicha. De todos modos, el Gobierno ya alertó hace escasas fechas que el descenso del paro antes de las vacaciones era coyuntural y, una vez pasado el período estival, nos encontraríamos con datos diferentes. El motivo no es otro que durante las vacaciones existe una oferta de trabajo en el turismo y los sectores derivados de éste que no hay durante el resto del año. Aún así, todo parece indicar que estamos vislumbrando el final del túnel. También resulta sensato pensar que si la crisis llegó a España con mayor retraso que a otros países, también deberá finalizar más tarde.

Como es el Gobierno a quien le toca presentar iniciativas, es a quien tenemos que vigilar con mayor atención. Aunque ha tomado decisiones coherentes con su programa, se ha podido apreciar durante esta legislatura una sensación de improvisación en algunos momentos que desautoriza a quien tiene la responsabilidad de gobernar este país. Frente a la batería de iniciativas progresistas y modernizadoras que Zapatero ha adoptado en su primera legislatura, en este segundo cuatrienio hemos presenciado ciertos palos de ciego que emborronan su curriculum. Es bien cierto que la crisis lo ha monopolizado todo o casi todo, pero la sociedad debe exigir lo máximo a quien gestiona nuestro día a día. Los miembros del Gobierno socialista han pecado, en ocasiones, de realizar opiniones personales a micrófono abierto antes de contrastar de puertas a dentro, como sería lo lógico. Esperemos que hayan aprendido de los errores y no volvamos al apoyo de unos y a la desautorización de otros. Anguita cometió errores de bulto, pero sí tenía razón en una frase célebre: “programa, programa y programa”. 

La oposición, por su parte, se ha pasado las vacaciones dando rienda suelta a los delirios de las escuchas a miembros del PP. Se trata de intento de huida hacia delante para copar los medios de comunicación con críticas infundadas y, de este modo, conseguir que la presunta corrupción de miembros de su partido no salpicase día sí y día también las diferentes tertulias políticas. Este intento de pasar la patata caliente es éticamente indigno. El PP tiene muchas otras formas de criticar, con razón, al Gobierno pero cuando uno busca antes la crítica destructiva, obviando la legítima disidencia política, pierde toda la credibilidad y coloca a la actual oposición en un nivel claramente inferior a la de otros países de Europa Occidental. En definitiva, por muchos errores que cometa el Gobierno, si el PP es incapaz de presentar una alternativa sólida y creíble no conseguirán sino anestesiar cualquier intento de volver a gobernar este país.

Los próximos días serán un continuo devenir de buenas maneras que habitualmente caen en saco roto. Nuestra obligación como ciudadanos es mantenernos vigilantes como miembros de una sociedad crítica. Lo contrario es ir contra nuestros propios intereses. Los dos principales partidos deberían buscar los puntos de encuentro necesarios para hacer frente a la crisis y no utilizar electoralmente los problemas para recoger votos. La situación lo requiere y para ello es necesaria una fuerte dosis de responsabilidad. Aunque la lucha contra el desempleo tiene que ser la principal prioridad política, no se pueden dejar de lado otras cuestiones. El Gobierno adolece precisamente de iniciativas como si la densa legislatura anterior les hubiera dejado sin fuerzas y hubieran cubierto todas las líneas de su programa. Como no es así, es incomprensible la dificultad que están teniendo para poner encima de la mesa propuestas que mejoren este país. Se podrán quejar de muchas cosas, pero no de que no les hemos avisado con tiempo. Pónganse manos a la obra.